Déjame que te cuente
Al final, un beso marca nuestro fin, si se puede llamar fin a aquello que nunca existió. Miento, si existió, lo sentimos, quizá sólo fue un momento, déjame que guarde ese recuerdo.
Algo faltó, no cayó esa última gota que hace que el embalse reviente y baje valle abajo con la fuerza sobrenatural de los elementos desbocados. Desbocada fluía la sangre cuando te acercabas en esas tardes de marzo, en ese rinconcito del día donde el sol muestra su lado más benigno y nos deja entrever lo que la voluptuosa primavera nos enseñara días más tarde.
Fue todo rápido, un mismo destino nos llevo a aquellas aulas frías, llenas de caras extrañas, de distintos acentos pero quizá de las mismas ilusiones. Cerca de la ventana estabas sentada, ¿te miraba a ti o miraba la luz? Miraba la misma cosa.
El día que fuimos al museo, contemplamos las pinturas y ellas a su vez contemplaron la historia que estábamos intentando pintar con nuestras toscas manos y temblorosos pinceles, algo a lo que no supimos o no supe darle forma.
En la caótica noche madrileña cenamos, ver un poco más pude, ¿que vi? No se, no quise saber ciertas cosas o quise saberlas todas. Hambre no tenía, pero hubiera gustoso comido de tu boca lo que en ese momento hubieras querido darme. Pero es peligroso desbocar la pasión, porque como sabes, una vez soltada, cabalga veloz hacia parajes desconocidos aunque en ese momento deseados.
Pero no, sólo silencio y un sabor muy amargo me queda. No por lo que no fue, si no por lo que te llevas a esas bellas tierras que espero poder pisar algún día. Si leyeras esto, no lo entenderías quizá, pero este silencio me dejó más dolido que la mayor de las bofetadas que, seguramente, por otra parte mereciera.
Me falto algo de luz para encontrar la salida y por eso antes que perderte a ti, preferí tragar este veneno….
Déjame que te cuente.