viernes, 15 de marzo de 2013

Luna nueva

La habitación se encontraba en penumbras.Un intenso olor a hierba quemada inundaba aquel pequeño piso, impregnando mi ropa de ese aroma dulce que brotaba de las velas que ella había colocado en varias esquinas para alumbrar aquel pequeño hogar.

La tarde, fuera de aquellas paredes era fría. El viento del norte azotaba sin piedad las ventanas salpicadas de pequeñas manchas de barro. Hacía tiempo que no se limpiaban, mostrando una dejadez que algún maniático de la limpieza habría considerado intolerable.

Lo cierto es que se respiraba bastante desorden. No obstante, lo que más me llamaba la atención de aquel piso no era tanto aquel pequeño caos, si no la ausencia de vida. Era como si ella no viviera allí, como si sólo acudiera a dormir, como una especie de madriguera en la que refugiarse del brutal exterior. No había proyecto vital en aquellos muros. Un pequeño radiador eléctrico se afanaba en proporcionar calor, pero rápidamente huiría por los resquicios de unos corazones con demasiadas grietas para mantener una temperatura constante.

Su pálido rostro se iluminó de repente, reflejado por la blancura del fondo del buscador de internet que usaba en ese momento. Me dijo que esperara unos minutos que tenía que encontrar algo. No pregunté que era aquello que la tenía tan ocupada porque realmente no me importaba. Cuando la relación de confianza es tan profunda, los silencios no son incómodos. No necesitaba mantener un ruido constante en sus oídos para tapar mis pensamientos o edulcorar el ambiente con palabras que serían rápidamente olvidadas. Me limitaba a contemplar cómo sus finos dedos se deslizaban por aquel pequeño teclado con una velocidad endiablada.

Con una leve sonrisa cerró la tapa del portátil, y tras beber un vaso de agua, se acomodó en el sofá donde yo me encontraba jugueteando con el teléfono móvil. De repente sonó aquel silbido que anunciaba la entrada de un nuevo mensaje en aquel terminal inteligente. Con una mueca de desencanto hizo como si no hubiera oído nada y continúo hablándome como si tal cosa. Disimulando comprobé que se trataba de un mensaje sin interés, otra de las cientos de imágenes sin gracia que mandan los amigos, pero al levantar la mirada, comprobé que su mueca había cambiado, mostrando un evidente enfado.

Por un segundo mi mente hizo amago de explicar la naturaleza del mensaje, pero una intimidad sobrevenida y quizá un atisbo de crueldad me hicieron sellar los labios, continuando con aquella insustancial conversación como si tal cosa. El silencio se impuso. Por unos instantes me arrepentí de haber provocado aquella situación. Realmente no me agradaba hacerla sufrir pese a que los dos hacíamos como si nada ocurriera en aquella conversación entre amigos, porque, quizá, nada ocurría y todo era fruto de una imaginación excitada.

Pero antes de que pudiera si quiera reaccionar, como punzada por una aguja invisible, se lanzó sobre aquel terminal coreano y en un arrebato propio de una persona fuera de sus cabales, me lo arrancó de las manos y lo lanzó contra la pared provocando un estallido de piezas, que saltaron por los aires como pequeños meteoros de plástico.

Arrepentida quizá, sus ojos se enrojecieron anunciando un llanto que se acumulaba en su interior desde hacia quien sabe cuánto tiempo. No pudo continuar, y en un rápido movimiento me abalancé sobre ella y, agarrándola con una mano firmemente por el cuello la mordí, llenado mi boca de un sabor que me era muy familiar y marcando aquella frágil columna con un escandaloso hematoma.  Asustada, trato de apartarme de su lado, empujándome hacia el otro lado del sofá. Me deje caer sin ofrecer resistencia, y durante unos segundos las miradas se mantuvieron fijas, inmóviles, pétreas, mezclando todo tipo de sensaciones. Quiso hablar, o gritar no sé, pero sus labios no dijeron nada.

Mi pulso acelerado no se conformó con eso. Lentamente avancé hacía el extremo del sofá en la que ella se sentaba. Su rostro destilaba miedo, pero la expresión de su cuerpo no era de temor, de hecho, observando mi acercamiento se mantuvo inmóvil esperando aquel encuentro entre los cuerpos. Agarré su blusa y con un fuerte tirón la desabroché, escuchando como algunos botones caían al suelo con un sonido similar al de gotas de lluvia golpeando contra el cristal de las ventanas. Acerqué mi rostro a su vientre. El contacto con mi incipiente barba hizo que su rubio bello se erizara, emitiendo un leve suspiro por aquella boca de sensuales labios.

Recorrí su torso muy lentamente llenando mis pulmones de su esencia, sintiendo las palpitaciones de su corazón acelerado a través de mis labios, que humedecidos por la excitación, se acercaban hacía su boca en una carrera sin meta conocida. Cerró los ojos esperando ese beso anunciado, pero me alejé de su boca  y dirigiéndome veloz al lóbulo de su oreja, lo mordí delicadamente al tiempo que le susurraba al oído:- Dime que no me quieres-

De repente, su rostro enrojecido por el calor, se tornó en un blanco helado. Dudó, pero al final, con una voz entrecortada me contestó:- No te quiero, he intentado olvidarte ya, sabes que así es mejor, de hecho, no sé porque estás haciendo esto-.

¿Esto?- la contesté al tiempo que, cogiendo el cinturón de su bata, le ataba aquellas frágiles muñecas, pasando el cordón entre los barrotes de su cama, dejándola inmovilizada y permitiendo sólo el movimiento de sus piernas que se abrían y cerraban levemente en un baile nervioso.

-Yo tampoco te quiero ya, de hecho desde que te fuiste de mi vida, todo ha ido mejor. Esperando un revoloteo furioso de sus piernas apreté mis muslos contra las suyos, pero lo cierto es que, no sé si por una cuestión de agotamiento físico o por otros motivos, estos sólo repetían un leve movimiento ascendente y descendente, en una cadencia rítmica como el movimiento de las aspas de un molino.

El color volvió a su rostro. De nuevo volvimos a tener contacto visual. Las miradas se tornaron duras, una lágrima brotó por mi mejilla y cayendo por su abdomen, se perdió en las profundidades de su ser, dejando un fino sendero brillante que indicaba el camino de mi deseo. Un calor repentino me confirmó que había cruzado aquella puerta, y mi cuerpo respondió con un nuevo compás que se aceleraba y ralentizaba por momentos, como si estuviéramos escalando el inaccesible monte del pecado.

Aprovechando su indefensión, giré su cuerpo, quedando sentado sobre aquel voluptuoso trasero de una suavidad sedosa. Tumbándome cerca de su oído volví a susurrarle, mientras rompía una nueva barrera de su cuerpo: - El dolor en si, es inútil, da igual lo que yo haya sufrido o lo que tú puedas sufrir, de esta vida saldrás sin él.

Un pequeño quejido salió de su ser, provocado por aquel cuerpo que intentaba profanar su alma. Ella trataba de darme una respuesta pero aquella presión martilleaba su cabeza y la esclavizaba a aquel deseo frenético. 

- No, no, no…- era lo único que acertaba a decir, mientras rompía a sudar, con esa mezcla de miedo y placer. Aceleré el ritmo, y noté que mi piel se había sensibilizado hasta niveles extremos, sintiendo el roce de cada pliegue, de cada aliento, de cada sollozo. Otra lágrima brotó de mis ojos instantes después de derramar el líquido de mis pasiones.

-¿Sabes porque te odio? le susurre mientras ella se recuperaba de la excitación. Una vez recuperada la libertad en las manos y con un valor que me sobrecogió, se acerco a mi boca y a escasos milimetros, aguantando la distancia con una precisión matemática para evitar el roce de nuestros labios, me atravesó con una media sonrisa: - Por que no puedes borrarme de tu mente.

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domingo, 3 de marzo de 2013

Noche

Tengo que hacer un alto. El ritmo de mis pasos es demasiado rápido para seguirlos. En la senda del olvido me hallo.

La dejé sobre esta piedra, este frío granito. Estaba herida , llega de cortes, algunos profundos en el corazón, y muchas magulladuras por toda la piel. Su mirada era triste, pero conservaba algo de vida todavía  Ahora regreso y no hay nada, ni siquiera se conservan sus huesos, algo con lo que poder consolarme. Las fieras la debieron despedazar y devorar aquella piel que otrora calmaba el frío de mi alma. 

La niebla del bosque era espesa y estaba anocheciendo. ¿A donde debía ir ahora? Las lechuzas me miraron al pasar y con un grito que espanto mis huesos, me hicieron sentir el aliento del infierno. Los caminos se me cruzaban y era incapaz de encontrar el que conducía  mi hogar. ¿Qué hogar? Regresar aquella cueva llena de humedades y oscuridades que no me dejaba descansar en aquellas gélidas noches invernales. 

No había salida en aquel laberinto de matorral y árboles retorcidos. Los únicos sonidos que oía eran el latido de mi corazón acelerado por el miedo y el crujido de las hojas muertas que hacia meses reposaban en el suelo esperando ser desplazadas por el viento a su antojo.

En aquel oscuro bosque el avance era imposible. Daba igual en la dirección que caminaras, nunca se encontraba el final de aquella pesadilla, aquello no tenia ni principio ni fin ,la ausencia de luz impedía tomar referencias y continuamente se pasaba por terrenos que ya habían sido pisados.

La luna se velaba por nubes, venus la estrella más brillante, esa noche no me iluminaba. En un acto de desesperación comencé a correr pero tropecé y caí por un agujero, a un profundo pozo. Malherido exhale un último grito de desesperación chillando su nombre hasta que aquellas criaturas se abalanzaron sobre mi y, en unos pocos segundos, fui reducido a un montón de carne sanguinolenta y huesos quebrados.

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