La alfombra roja guiaba hacia la entrada de aquella sala. Era la primera vez que acudía a aquella discoteca, de la que había oído hablar muchas veces. El reloj marcaba cerca de las 4 de la mañana, cuando tras superar una cola de gente impaciente por entrar, nos introdujimos en el interior. Se notaba que era un sitio elegante. Todos los porteros y personal de asistencia vestían trajes con discretas corbatas, que conseguían disimular aquellos colosales cuerpos trabajados en el gimnasio. Su rictus, serio, proporcionaba una imagen de profesionalidad.
Tras el obligado paso por el ropero, donde descansaban aquellos abrigos abandonados precipitadamente por sus dueños, pasamos a la sala principal. Nada más entrar, la potencia de la música comenzó a alterar nuestra percepción. Caminamos unos cuantos metros, avanzando entre los asistentes, algunos de los cuales nos miraban curiosos, mientras nosotros, algo aturdidos, tratábamos de alcanzar la barra como punto desde el que empezar a tomar referencias.
Una vez alcanzada, comencé a analizar el interior. La música de aquel sitio era agradable, con ritmos muy bailables, muchos de ellos, versiones conocidas que habían sufrido su correspondiente puesta al día con el obligado “remix”. El sistema de luces, era intenso con miles de LED, que barrían todo el espacio de baile, en un intenso ir y venir de colores dispuestos en forma de haz. Por un momento, me centré en pedir la copa que regalaban con la entrada. Los 15 euros incluían una consumición, cantidad, que dado el nivel de la sala, no se me antojaba demasiado caro. Como siempre fui fiel a mi Ballantines, si bien indique a la camarera que me lo pusiera flojito con un leve movimiento de la mano. Ella me sonrió dejando al aire una sensual boca, sin que yo pudiera responder más que con otra tímida sonrisa, en aquel ambiente “arrasado” por los decibelios.
Una vez con aquel elixir en la mano, y tras el pertinente sorbo para poder vaciar el botellín del refresco de cola, continúe observando. Estratégicamente colocados, se situaban los gogos, que bailaban con un movimiento sensual. En concreto había tres chicas. La primera de rasgos latinos, se contoneaba cerca de la barra con un movimiento repetitivo en el que con frecuencia dejaba que su trasero fuera el centro de atención de los asistentes. Su ropa consistía en un sujetador y una braguita algo disimulado por un minivestido de rejilla. No obstante el gesto duro de su cara le quitaba bastante interés para mí.
Otra de las gogos era una rubia de rasgos caucásicos. Su baile era más variado, alternaba el movimiento de los brazos y las piernas con ritmo rápido. Su pecho era pequeño, muy prieto por el top que vestía, si bien un chaleco de piel cubría algo su cuerpo las piernas estaban totalmente desnudas, unas piernas interminables ayudadas por unos tacones imposibles.
La tercera chica fue la que más me gustó. Era una chica alta, de pelo largo y rizado, con preciosos tirabuzones que dulcificaban aún más una cara de muñeca. Su maquillaje era sencillo, con una ligera sombra de ojos azulada, un tenue toque de colorete, pero unos labios pintados de un rojo intenso, que si bien, no me suelen parecer bonitos, a ella le quedaban realmente bien. Era un look muy ochentero. Me recordaba alguna actriz cuyo nombre ha sido ya olvidado. Su expresión, si bien mostraba cierta luz que proporciona ser el centro de atención de la masa y el sentirse bella y deseada, conservaba cierta inocencia, de niña tímida que la hacía aún más atractiva. Vestía un cuero negro, que tapaba sus pequeños pechos, fruto de un cuerpo muy dado al ejercicio. Por el contrario, su culo era realmente llamativo. Sus proporciones eran, quizá un poco exageradas para ese cuerpo, pero su redondez, y su rápido movimiento lo convertían en un elemento de deseo incluso para los lívidos más mortecinos. Ella se retorcía sobre el escenario, haciendo unos descensos de cintura en la que dejaba que su pubis se abriera y cerrara, en un movimiento, que en aquella chica, no parecía obsceno ni vulgar. Y siempre con una sonrisa en aquella ardorosa boca.
Comencé a bailar, acompasando con el ritmo de la música, el movimiento de piernas y manos. Al principio me sentí un poco torpe, como frío, pero centré la atención en la gogó y rápidamente, sin casi quererlo, acompasé mis movimientos a los suyos. Sin darme apenas cuenta, la gente comenzó a marcharse, y el local poco a poco fue vaciándose. Desde una de las esquinas en las que me situaba, fui avanzando hasta colocarme en línea recta a la plataforma en la estaba subida, dentro de su campo de visión. Ella me miró, pero no alteró su baile. Yo cada vez me encontraba más cerca de la tarima, bailando cada vez más agitado. Estaba tan cerca que notaba su aroma, un olor suave, como a sándalo. Nubes de su esencia llegaban a mi nariz a cada movimiento de aquel lujurioso pelo. No sé si fruto de la enajenación mental transitoria o del wisky, tuve la idea de subirme con ella, pero la descarté rápidamente , ya que los gorilas de seguridad me habrían bajado de inmediato, arruinando aquel momento mágico.
No creo que ella notara mi presencia, porque continuaba agitándose al ritmo de los “beats” sin que gotas de sudor apareciesen en esa piel perfecta y satinada, imbuida en el ritmo de la noche. De repente, tropezó sutilmente y en un acto de maestría, cayó al suelo, ligera como una pluma, disimulando el traspié y ejecutando un movimiento de apertura de piernas en el suelo. Y estando ahí, separados por escasos 30 cm, alargó su fino brazo y acaricio suavemente mi cara, incorporándose rápidamente. En ese instante perdí, totalmente el ritmo y tuve que parar bruscamente, momento en que casualmente, el Dj. terminó la sesión dejando a la sala sumida en un inesperado silencio. Ella se detuvo también y bajando la mirada, en un contacto visual que duró un infinito, me lanzó un beso que me llego al alma y me hizo olvidar...
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