viernes, 28 de julio de 2017

Tarde de verano

La atracción de lo desconocido, la ruptura de lo rutinario, el misterio que se esconde detrás de un nuevo rostro.  El acceso a un nuevo universo, desconocido, fascinante como todo aquello que ignoramos, eso supone conocer a una nueva persona.

Llevamos la pesada carga de estar siempre con nosotros,  prisioneros constantes de nuestra mente, nuestras alegrías y nuestras miserias, a base de repetirse, se nos vuelven insoportables. Al igual que los sentimientos, manoseados groseramente en nuestro día a día, han dejado de tener el más mínimo interés.

La cotidianeidad destruye todo lo que toca; el hogar, el refugio confortable de nuestro ser, sólo es válido para los instantes que dura una tormenta, pero una vez que está se ha ido, con el sol ya en lo alto del horizonte, se nos torna en cruel prisión que nos impide disfrutar de los colores que la naturaleza nos ofrece.

Maduramos dicen, preferimos vivir en nuestra conocida isla, que arrojarnos a un mar traicionero en el que las posibilidades de acabar en sus profundidades desincentivarían hasta la promesa de arribar a las costas de la mismísima Atlántida.

Así, nos convertimos en pequeñas prisiones andantes, lo exterior se nos ha convertido en indiferente, como si fuéramos completamente autosufientes, ignorando que necesitamos que la lluvia nos moje con frecuencia.

La ciudad, ese agujero infame para la propia vida, mantiene a sus habitantes distantes, lejanos, desconfiados, desinteresados y, lo que es peor, desapasionados.

El nefasto utilitarismo ha ocupado todo nuestro ser, hasta las propias relaciones humanas destilan esta pestilencia infecta. El reloj y el dinero han contribuido a ello y campan por las calles impunemente asesinando todo lo que tocan.

Hemos conseguido vivir en palacio, pero el palacio solo tiene mármol y soledad, desde nuestro trono sólo vemos vacío, pero estamos en palacio, eso creemos que es lo importante porque hemos dirigido nuestra vida hacia ese fin.

Quiero hablar contigo, compartir nuestro tiempo, un minuto o una vida, eso es lo de menos, mi tiempo quizá sea infinito. No busco ningún fin, compréndelo. No persigo una relación romántica, ni sexo, ni un compañero de pádel ni que me ayudes a poner una lámpara, deja esos menesteres para el lunes.

Me conformo con que me mires, me hables sin prisa de lo que verdad anhelas, tus verdaderos deseos, no los que has adquirido a través de la publicidad. Deja lo cotidiano, trata de llegar al centro de lo que eres, ya que a base de ocultarlo corres el riesgo de no ser nada, una hormiga más en este hormiguero delirante.

Desnudarse de todos nuestros ropajes, no necesitamos patria, ni trabajo, ni siquiera familia para este viaje. Prometo que después, te permitiré regresar a tu casa, a tu confortable sofá, aunque quizá ya no te interese tanto.


viernes, 22 de mayo de 2015

Ternura

Retomamos la vuelta a la escritura la cual he tenido bastante tiempo olvidada, no por falta de ideas, sino más bien por la falta de motivación por dejarlas escritas. Cada vez siento más pudor a la hora de escribir mis pensamientos, quizá por pura timidez o por lo chocante que resulta, a veces, leer mis propias ideas cuando pasado el tiempo, se olvida el motivo que dio lugar a tales disquisiciones, el cuál quizá se escapó una noche mientras dormía y la puerta se encontraba sin vigilancia.

Hace poco, en una casa de un pueblo de Toledo, una mujer de mediana edad me enseñaba con orgullo antiguos retales de costura con los que tanto ella, como su abuela, habían aprendido a coser (una actividad de esas que antaño realizaban las mujeres desde que eran una niñas). Se trataba de unos trapitos, unas humildes telas, amarilleadas por el paso del tiempo que recogían distintas técnicas y cenefas de vivos colores.

Al contemplar aquellas figuras despertó en mí una profunda sensación de ternura y melancolía. En aquel mundo rural, pobre hasta cotas que hoy días cuesta entender, aquellas mujeres habían regalado parte de su sensibilidad en esos hilos de colores, los cuales, con una paciencia infinita, habían sido capaces de entretejer.

Poco importaba que su cotidianiedad fuera “arrasada” por una vida sin ningún tipo de comodidad y estuviera llena de momentos precarios en donde el dolor y el sufrimiento tenían permiso para entrar en las almas sin pedir ningún tipo de permiso.

Me imagino aquellas manos, ya sean blancas y suaves en el caso de las niñas, o llenas de manchas y venas abultadas en las mujeres más mayores, centrando su atención y su creatividad, en una labor, que, si bien tenía un claro enfoque práctico (remendar calcetines, coser botones y arreglar camisas), era todo un arte.

En su vida gris, esos hilos de colores era algo maravilloso, propio casi de la magia en un mundo donde el único color existente lo proporcionaban los elementos naturales (el blanco amarillento del sol castellano, el verde puro del trigal, el ocre del polvo…) pero que, en la mayor parte de las ocasiones, se presentaba como una agresión al propio cuerpo (a través del penoso trabajo agrícola) y al espíritu (el miedo por la propia supervivencia).

Ante aquel medio hostil, que ha sido el medio en que la humanidad se ha desenvuelto desde sus orígenes, ni la dura rutina, ni los abusos del poder contra los más desfavorecidos, ni la miseria y el hambre, ni la enfermedad y la muerte habían podido cercenar la sensibilidad, el gusto por el color, la esperanza y en definitiva la ternura de aquellas mujeres.

Ternura, algo que hoy en día en un entorno infinitamente más confortable, es algo que muchas personas no han tenido la suerte de sentir en su piel. Algunos habrán sentido un dulzor empalagoso propio del que proporcionan los actuales edulcorantes, los cuales endulzan de más pero sin dejar esa sensación auténtica que proporciona el azúcar.

Se habrán emocionado en un cine viendo una historia romántica donde se nos ofrece un amor impostado, falso y rápido, que sólo se queda en las capas más superficiales. Eso no es ternura, la ternura son como las raíces de los robles, profundas y muy ramificadas, contamina nuestro pensamiento a diario, y en mi caso, ocasiona un terrible espanto, cuando noto la ausencia de ella en las miradas, en los gestos, incluso cuando yo mismo, en algunas ocasiones, actúo dejándola al margen.

Rápidamente me arrepiento y trato de buscarla de nuevo, igual que un osezno busca a su madre en cuando siente la soledad. Miro a todas partes agobiado y recibo el consuelo cuando algo, de nuevo, la trae a mi mente, como puede ser el regalo de un amigo, el dibujo de un niño, esa mascota que pasea por el parque o la mirada de una chica.

Y es que me parece increíble que en un mundo tan frío y asustado, la ternura no haya sido erradicada al igual que se erradicaron algunas enfermedades. Es sorprendente que todavía siga entre nosotros, que nos consuele, que nos caliente y nos deje llorar sin necesidad de un motivo.


jueves, 7 de agosto de 2014

Una tarde de verano

Una minúscula hoja seca fue arrastrada por el viento hasta quedar atrapada en aquella espectacular melena. Molesta por aquel atrevimiento, rápidamente deslizó sus delicados dedos entre el pelo para retirar la mota que, caprichosa, quedó adherida al abrigo de su delicado perfume.

Pese al movimiento de la cabeza, su precioso pelo volvió a colocarse de manera natural, cayendo generoso sobre unos hombros que, aquella tarde, lucían descubiertos debido al intenso calor estival y que adelantaban la presencia de un sugerente cuerpo de mujer. El incidente no alteró para nada aquella entretenida conversación que mantenía con aquel chico que le acompañaba, en el cual podría apreciarse cierta turbación por tratarse, quizá, de un primer encuentro.

Sus ojos iban y venían no queriendo fijar lo que pudiera resultar una mirada incómoda, aunque al igual que un reloj, regresaban al mismo sitio tras realizar una rotación completa volviendo a empezar un curioso peregrinaje sin destino fijado. Siempre he creído que los ojos son la entrada al interior de las personas, por eso los tímidos bajan la mirada, los arrogantes se cubren con gafas de sol, y los simples miran sin mirar. Reconozco que me provocaba cierto vértigo sostenerlos, sobre todo en aquella mirada que poseía el fuego encendido, sometiendo a mi mente a una rara dicotomía al tratar de seguir la conversación, por un lado de su boca, y por otro, de sus pupilas de gata. 

Y es que en ese caso no era fácil encontrar el final de su mirar por más que observaba curioso, como un niño que se asoma, intrigado, al brocal de un pozo. La piel era tersa, y sin marcas visibles, lo cual la delataba como una veinteañera recién estrenada en esa fabulosa década que, por capricho del tiempo cruel, pasa rápida, y en muchas ocasiones de manera insustancial.

Aunque lo que desde un primer momento más me sorprendió fue su sonrisa. En un mundo dominado por la tristeza latente, aquella sonrisa me traía aire fresco, era imposible no quedar prendado de ella, como si el alma, acostumbrada al color gris del día a día, necesitara de esa paleta infinita de colores que irradiaba de aquellos bellos pliegues de su cara, reviviendo mi espíritu, como el moribundo revive milagrosamente al inhalar el oxigeno puro que emana de una botella.

Y así, el tiempo transcurría entremezclado entre esos bellos compases que regalaban su bello rostro. Todo lo que decía cobraba un sentido especial, todas sus palabras vibraban al tempo que marcaba su boca, intensificados por la profundidad de su mirar, lo cual delataba una mente inquieta, deseosa de volar más allá de los convencionalismos diarios, queriendo viajar lejos de lo que el paisaje de aquel pueblo era capaz de ofrecerla.

Porque no existe belleza sin inteligencia, o mejor dicho, si existe, pero es tan vacía que rápidamente pierde el interés del que la contempla. En este caso, estaba seguro, que aunque los rigores del tiempo castigasen su ardorosa piel, su luz continuaría alumbrando a aquellos que tengan la suerte de permanecer a su lado.

APH


viernes, 9 de agosto de 2013

Tres pequeñas historias de muerte (I)

Volviendo a escribir unas breves líneas de tosca prosa, he pensado relatar tres pequeñas historias las cuales quizá no tengan nada en común.

La primera de ellas habla de la vida de Karen Launcame o Karen Bach. Imagino que a la mayoría de los lectores este nombre no le diga nada. Realmente no es un personaje famoso, forma parte de ese mundo sórdido de las películas para adultos, ese mundo de bajas pasiones y deseos ocultos.

Karen nació en el seno de una familia de clase alta en la bella localidad francesa de Lyon. Su padre era francés y su madre marroquí, lo que dio como resultado una belleza especial mezcla de refinamiento francés y misterio árabe. La juventud fue como la de cualquier niña, con su colegio, sus rodillas llenas de heridas de rodar por el suelo y sus primeros sueños en el aire. Quizá se enamoró de aquel niño que en un recreo le robó un beso furtivo.

Karen no podía imaginar cual sería su futuro. Ser abogado, médico o incluso juez, rondaba por su cabeza, pero otras veces, cuando los estudios se volvían más cuesta arriba, pensaba en abandonarlo todo y vivir una vida más intensa y rápida, alejada del tedio y del sacrificio que supone estudiar una carrera, y más a edades en las que la sangre se encuentra en plena ebullición y la cabeza se pierde en las nebulosas de la inmadurez.

Y de este modo pasaron los años, superando la rutina sin grandes contratiempos, más allá de los quehaceres diarios que mataban su tedio. Así, llego ese momento, en que se transita a la vida adulta y se abandona para siempre la inocencia de la juventud. Tenía 17 años cuando algo en su interior se rasgó y anunció que su mundo ya era otro distinto.

Pocos años más tarde, en pleno auge de la música electrónica que se produjo al inicio de la década de los 90, en una de las aquellas discotecas, Karen conoció a la que posteriormente seria su marido, un Dj. que se ganaba un dinero extra pinchando en aquellas glamourosas salas. Se trató de un flechazo, ambos eran jóvenes y bellos, tenía todo el mundo por delante.

En aquellas conversaciones tan interesantes que suelen ocurrir en la cama, tras los momentos de unión amorosa, ella le confesó que le encantaría casarse y ante todo, formar una familia con muchos hijos, porque los niños le volvían loca. Era una anhelo que llevaba dentro desde hacía mucho tiempo atrás, y ahora, con la seguridad que otorga tener una pareja, parecía que podía conseguir.

Al poco tiempo de la boda, la pareja comenzó a sufrir problemas económicos. Su marido, que se movía mucho en el mundo de la noche, la propuso ganarse un dinero extra, rodando una película X. Al principio, a Karen le pareció una idea descabellada, pero poco a poco la idea de mejorar su economía le animo a dar el paso.

Así comenzó a rodar.  Y su situación económica mejoró, pero el destino movió los resortes del amor, y aquella pareja puso fin a su camino en común.

No obstante, ella continuó participando en este tipo de películas. Poco a poco fue labrándose un nombre, llegando a rodar con los mejores directores europeos, con producciones de cierto calado para este tipo de cine, participando al final de su carrera en películas de productores de América, la meca del cine de la carne.

Su imagen ante la cámara siempre destilaba un halo de tristeza. Participó en todo tipo de escenas, con prácticas de sexo oral, anal, dobles penetraciones y orgías. Su belleza racial, una estilizada figura, le hacía muy apreciada por los amantes del género que buscaban una mujer alejada de los típicos "plásticos" del las producciones americanas las cuales presentan escenas más "masivas" ya sea por el perfil de las actrices, argumentos más simplones, ausencia de decorados, y un sexo más irreal, si cabe, frente al cine europeo que era algo más complejo, buscando el morbo más en las situaciones que en el propio acto en sí.

Pese a su "experiencia" a Karen nunca le gustó este mundo. Sufría ante determinadas escenas, sobre todos las que implicaban sexo anal, y en alguna ocasión se lamentó del trato que recibía tras rodar alguna escena, donde empapada de todo tipo de fluidos, ni siquiera recibía una toalla para secarse, "una vez acabada la escena, no eres nadie"-comentó en una entrevista. En alguna de sus producciones puede verse que efectivamente distaba mucho de disfrutar ante determinados tipos de escenas, y si bien normalmente los consumidores de este tipo de cine suelen reparar poco en el "alma" de las actrices, para aquellos seguidores y entendidos de este "arte" el cierto disgusto con que realizaba ciertas prácticas, le convertía en una actriz con un alto grado de morbo.

El destino pareció darle una oportunidad de la mano del polémico film "Viólame", una road movie, que se presentó en festival de Cannes, un alegato feminista lleno de sexo explicito y sangre nunca visto en una cinta "convencional", y que removería los estómagos más sensibles ( a mi me lo removió). Abandonando su nombre de guerra, Karen Bach intentó a partir de este momento de hacerse un hueco en el cine convencional, dejando a un lado el cine X.

Y cuando todo parecía cambiar, el 28 de enero del año 2005, nuestra heroína apareció muerta en el apartamento de su novio en París, tras consumir una dosis letal de temazepam, sin que nadie pudiera sospechar este trágico final.

Ese día, los telediarios comentaron las aburridas noticias de siempre, y ninguno se hizo eco de su muerte, que pasó desapercibida como la mayoría de los humanos. 

Su alma atormentada, encontró la liberación abandonado un mundo que no llego a entender del todo. Todavía sus películas siguen rodando por internet, y muchos hombres encuentran liberación visionando sus escenas sin saber si quiera el intenso mundo que había detrás de esta bella mujer y que no se por qué motivo estoy contando ahora, intentando quizá luchar contra el anonimato del tiempo.

19 de enero de 1973- 28 de enero de 2005 R.I.P.



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viernes, 19 de abril de 2013

Ferrari


De nuevo sentado en esta misma piedra. Acabo de regresar del exilio, de horribles guerras en sitios lejanos, tan lejanos que ni siquiera sabía que existían. El cuerpo viene magullado, el corazón fatigado y la mente turbada.

Regreso a mi hogar, a esta casa que me albergó tantos años, en un reino, Castilla, que ni si quiera existe ya, que sólo aparece en apergaminados libros de historia. Fuera del tiempo y del lugar, quizá tampoco mi existencia sea real, por más que me afane en gritar: ¡¡¡ESTOY AQUÍ!!!

Los amigos, los pocos que existieron, se fueron a lugares más cálidos y cómodos, y mis viejas glorias recorren este páramo infinito. Alfonso, no se puede luchar contra los elementos, ¿es que no has aprendido la lección? Alguna vez te sentiste poderoso, yo te di tu fuerza, te doté de herramientas mentales para que el viaje fuera más placentero, pero tu alma era rebelde, en lo más profundo de tu ser, se desencadenó una profunda lucha que no has sabido aplacar con el paso del tiempo.

Conozco perfectamente lo que te aflige ahora, has visto horrores que otras personas directamente no habrían soportado, muriendo de espanto o, en el mejor de los casos, quedando traumatizadas de por vida. Sin duda eres uno de los nacidos bajo el signo del Toro, sensible y fuerte al mismo tiempo, tentando por los placeres de la vida sobre los que debes ejercer una continua represión, incomprendido en muchos de tus ideales, los cuales, la mayoría de los seres que se arrastran por el suelo, no son capaces ni si quiera de intuir. Venus, tu estrella, te hace sentirte atraído por la sensualidad y eso, a veces ha sido, tu perdición.

Alfonso debes comprender que se puede llevar el burro a la fuente, pero no se  le puede obligar a beber. No eres el Cid Campeador, ni puedes hacer prodigios propios de un Ser superior. Has intentado sacar a gente del pozo, pero reconoce que el pulso te ha temblado, quizá superado por la empresa que tenías que atender y ese temor ha estado a punto de costarte una caída hacia esas aguas oscuras. No te lo digo en tono de crítica, no te lo pusieron nada fácil, el que se ahogaba en el pozo no sólo no te ofrecía su mano, si no que tiraba de ti hacía abajo.

Te has criado en una familia ejemplar, gente sencilla pero firme en sus ideas, y sobre todo generosos, gente que da más de lo que espera,  con unos ideales, que equivocados o no, cumplen todos los días. A veces has criticado su tozudez, pero nunca olvides que eres un afortunado y cuando pase el tiempo, lo verás claro. Sabes que tienes un ángel de la guarda que cuida de ti, que muchas veces te ha tendido la mano cuando estabas en el desierto de la desesperación.

No es fácil ser así, tu sufrimiento ha sido inmenso, los seres con mayor capacidad aman, ríen y aman en cantidades tan elevadas que harían explotar el corazón, si ese caudal corriera por la vena de los otros. Pero el Ser Supremo da a cada uno lo que puede soportar, no lo olvides, y ante todo, no te enfades con los niños, son sólo eso niños, que viven en su mundo de fantasía, pero que la mayoría de las veces, sólo sienten miedo y lo único que buscan es protección, sin entrar en otras consideraciones.

Deja que jueguen, cuando maduren, se darán cuenta de cosas que tu ahora sabes, pese a que cuando llegue ese momento, tu, quizá, ya no estés en este mundo. Dialoga con ellos, respétalos, pero no te frustres si no te entienden, simplemente no son capaces.

Tienes la arrogancia de las personas de buen corazón, tu alegría vital, pese a todo es enorme, porque tu amas la vida, la amas en todos sus aspectos, la muerte te ha tentado tantas veces, que ahora te agarras a la vida con todas las fuerzas. Pero esa actitud hará que los niños te tachen de arrogante, repito, perdónaselo, ellos todavía no han alcanzado un grado elevado de reflexión ni de abstracción mental y te miraran con desprecio e incomprensión.

Y ahora, debo irme, he reparado tu armadura, y he vuelto a afilar tu espada, toma mi consuelo en tu pecho. El futuro te reserva una gran sorpresa, ahora no puedo adelantarte en qué consiste, pero será lo que te merezcas, porque, al final, el tiempo da a cada cuál lo que se merece y puede asumir, y para acabar, conociendo tu afición por los coches, te digo que no todo el mundo puede conducir un Ferrari ;)



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viernes, 15 de marzo de 2013

Luna nueva

La habitación se encontraba en penumbras.Un intenso olor a hierba quemada inundaba aquel pequeño piso, impregnando mi ropa de ese aroma dulce que brotaba de las velas que ella había colocado en varias esquinas para alumbrar aquel pequeño hogar.

La tarde, fuera de aquellas paredes era fría. El viento del norte azotaba sin piedad las ventanas salpicadas de pequeñas manchas de barro. Hacía tiempo que no se limpiaban, mostrando una dejadez que algún maniático de la limpieza habría considerado intolerable.

Lo cierto es que se respiraba bastante desorden. No obstante, lo que más me llamaba la atención de aquel piso no era tanto aquel pequeño caos, si no la ausencia de vida. Era como si ella no viviera allí, como si sólo acudiera a dormir, como una especie de madriguera en la que refugiarse del brutal exterior. No había proyecto vital en aquellos muros. Un pequeño radiador eléctrico se afanaba en proporcionar calor, pero rápidamente huiría por los resquicios de unos corazones con demasiadas grietas para mantener una temperatura constante.

Su pálido rostro se iluminó de repente, reflejado por la blancura del fondo del buscador de internet que usaba en ese momento. Me dijo que esperara unos minutos que tenía que encontrar algo. No pregunté que era aquello que la tenía tan ocupada porque realmente no me importaba. Cuando la relación de confianza es tan profunda, los silencios no son incómodos. No necesitaba mantener un ruido constante en sus oídos para tapar mis pensamientos o edulcorar el ambiente con palabras que serían rápidamente olvidadas. Me limitaba a contemplar cómo sus finos dedos se deslizaban por aquel pequeño teclado con una velocidad endiablada.

Con una leve sonrisa cerró la tapa del portátil, y tras beber un vaso de agua, se acomodó en el sofá donde yo me encontraba jugueteando con el teléfono móvil. De repente sonó aquel silbido que anunciaba la entrada de un nuevo mensaje en aquel terminal inteligente. Con una mueca de desencanto hizo como si no hubiera oído nada y continúo hablándome como si tal cosa. Disimulando comprobé que se trataba de un mensaje sin interés, otra de las cientos de imágenes sin gracia que mandan los amigos, pero al levantar la mirada, comprobé que su mueca había cambiado, mostrando un evidente enfado.

Por un segundo mi mente hizo amago de explicar la naturaleza del mensaje, pero una intimidad sobrevenida y quizá un atisbo de crueldad me hicieron sellar los labios, continuando con aquella insustancial conversación como si tal cosa. El silencio se impuso. Por unos instantes me arrepentí de haber provocado aquella situación. Realmente no me agradaba hacerla sufrir pese a que los dos hacíamos como si nada ocurriera en aquella conversación entre amigos, porque, quizá, nada ocurría y todo era fruto de una imaginación excitada.

Pero antes de que pudiera si quiera reaccionar, como punzada por una aguja invisible, se lanzó sobre aquel terminal coreano y en un arrebato propio de una persona fuera de sus cabales, me lo arrancó de las manos y lo lanzó contra la pared provocando un estallido de piezas, que saltaron por los aires como pequeños meteoros de plástico.

Arrepentida quizá, sus ojos se enrojecieron anunciando un llanto que se acumulaba en su interior desde hacia quien sabe cuánto tiempo. No pudo continuar, y en un rápido movimiento me abalancé sobre ella y, agarrándola con una mano firmemente por el cuello la mordí, llenado mi boca de un sabor que me era muy familiar y marcando aquella frágil columna con un escandaloso hematoma.  Asustada, trato de apartarme de su lado, empujándome hacia el otro lado del sofá. Me deje caer sin ofrecer resistencia, y durante unos segundos las miradas se mantuvieron fijas, inmóviles, pétreas, mezclando todo tipo de sensaciones. Quiso hablar, o gritar no sé, pero sus labios no dijeron nada.

Mi pulso acelerado no se conformó con eso. Lentamente avancé hacía el extremo del sofá en la que ella se sentaba. Su rostro destilaba miedo, pero la expresión de su cuerpo no era de temor, de hecho, observando mi acercamiento se mantuvo inmóvil esperando aquel encuentro entre los cuerpos. Agarré su blusa y con un fuerte tirón la desabroché, escuchando como algunos botones caían al suelo con un sonido similar al de gotas de lluvia golpeando contra el cristal de las ventanas. Acerqué mi rostro a su vientre. El contacto con mi incipiente barba hizo que su rubio bello se erizara, emitiendo un leve suspiro por aquella boca de sensuales labios.

Recorrí su torso muy lentamente llenando mis pulmones de su esencia, sintiendo las palpitaciones de su corazón acelerado a través de mis labios, que humedecidos por la excitación, se acercaban hacía su boca en una carrera sin meta conocida. Cerró los ojos esperando ese beso anunciado, pero me alejé de su boca  y dirigiéndome veloz al lóbulo de su oreja, lo mordí delicadamente al tiempo que le susurraba al oído:- Dime que no me quieres-

De repente, su rostro enrojecido por el calor, se tornó en un blanco helado. Dudó, pero al final, con una voz entrecortada me contestó:- No te quiero, he intentado olvidarte ya, sabes que así es mejor, de hecho, no sé porque estás haciendo esto-.

¿Esto?- la contesté al tiempo que, cogiendo el cinturón de su bata, le ataba aquellas frágiles muñecas, pasando el cordón entre los barrotes de su cama, dejándola inmovilizada y permitiendo sólo el movimiento de sus piernas que se abrían y cerraban levemente en un baile nervioso.

-Yo tampoco te quiero ya, de hecho desde que te fuiste de mi vida, todo ha ido mejor. Esperando un revoloteo furioso de sus piernas apreté mis muslos contra las suyos, pero lo cierto es que, no sé si por una cuestión de agotamiento físico o por otros motivos, estos sólo repetían un leve movimiento ascendente y descendente, en una cadencia rítmica como el movimiento de las aspas de un molino.

El color volvió a su rostro. De nuevo volvimos a tener contacto visual. Las miradas se tornaron duras, una lágrima brotó por mi mejilla y cayendo por su abdomen, se perdió en las profundidades de su ser, dejando un fino sendero brillante que indicaba el camino de mi deseo. Un calor repentino me confirmó que había cruzado aquella puerta, y mi cuerpo respondió con un nuevo compás que se aceleraba y ralentizaba por momentos, como si estuviéramos escalando el inaccesible monte del pecado.

Aprovechando su indefensión, giré su cuerpo, quedando sentado sobre aquel voluptuoso trasero de una suavidad sedosa. Tumbándome cerca de su oído volví a susurrarle, mientras rompía una nueva barrera de su cuerpo: - El dolor en si, es inútil, da igual lo que yo haya sufrido o lo que tú puedas sufrir, de esta vida saldrás sin él.

Un pequeño quejido salió de su ser, provocado por aquel cuerpo que intentaba profanar su alma. Ella trataba de darme una respuesta pero aquella presión martilleaba su cabeza y la esclavizaba a aquel deseo frenético. 

- No, no, no…- era lo único que acertaba a decir, mientras rompía a sudar, con esa mezcla de miedo y placer. Aceleré el ritmo, y noté que mi piel se había sensibilizado hasta niveles extremos, sintiendo el roce de cada pliegue, de cada aliento, de cada sollozo. Otra lágrima brotó de mis ojos instantes después de derramar el líquido de mis pasiones.

-¿Sabes porque te odio? le susurre mientras ella se recuperaba de la excitación. Una vez recuperada la libertad en las manos y con un valor que me sobrecogió, se acerco a mi boca y a escasos milimetros, aguantando la distancia con una precisión matemática para evitar el roce de nuestros labios, me atravesó con una media sonrisa: - Por que no puedes borrarme de tu mente.

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domingo, 3 de marzo de 2013

Noche

Tengo que hacer un alto. El ritmo de mis pasos es demasiado rápido para seguirlos. En la senda del olvido me hallo.

La dejé sobre esta piedra, este frío granito. Estaba herida , llega de cortes, algunos profundos en el corazón, y muchas magulladuras por toda la piel. Su mirada era triste, pero conservaba algo de vida todavía  Ahora regreso y no hay nada, ni siquiera se conservan sus huesos, algo con lo que poder consolarme. Las fieras la debieron despedazar y devorar aquella piel que otrora calmaba el frío de mi alma. 

La niebla del bosque era espesa y estaba anocheciendo. ¿A donde debía ir ahora? Las lechuzas me miraron al pasar y con un grito que espanto mis huesos, me hicieron sentir el aliento del infierno. Los caminos se me cruzaban y era incapaz de encontrar el que conducía  mi hogar. ¿Qué hogar? Regresar aquella cueva llena de humedades y oscuridades que no me dejaba descansar en aquellas gélidas noches invernales. 

No había salida en aquel laberinto de matorral y árboles retorcidos. Los únicos sonidos que oía eran el latido de mi corazón acelerado por el miedo y el crujido de las hojas muertas que hacia meses reposaban en el suelo esperando ser desplazadas por el viento a su antojo.

En aquel oscuro bosque el avance era imposible. Daba igual en la dirección que caminaras, nunca se encontraba el final de aquella pesadilla, aquello no tenia ni principio ni fin ,la ausencia de luz impedía tomar referencias y continuamente se pasaba por terrenos que ya habían sido pisados.

La luna se velaba por nubes, venus la estrella más brillante, esa noche no me iluminaba. En un acto de desesperación comencé a correr pero tropecé y caí por un agujero, a un profundo pozo. Malherido exhale un último grito de desesperación chillando su nombre hasta que aquellas criaturas se abalanzaron sobre mi y, en unos pocos segundos, fui reducido a un montón de carne sanguinolenta y huesos quebrados.

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