miércoles, 1 de febrero de 2012

Encuentros

Dos horas llevábamos de viaje y todavía no sentíamos las molestias propias de la falta de movilidad, sentados en los duros asientos de aquel pequeño utilitario. Era un día caluroso pese a encontrarnos en los albores de de septiembre, un mes que sirve de puente entre los sofocantes calores estivales y los primeros fríos que vienen de la mano del inminente otoño. El paisaje era monótono, infinitos campos de trigales, ya segados, eran atravesados por aquella mancha grisácea de alquitrán, la autovía por la que circulábamos a velocidad constante. Aquella visión me era familiar, recuerdos de mi vida en aquella dura meseta de inviernos heladores y veranos extenuantes. Un paisaje rotundo, franco, que se muestra al viajero tal y como es, a diferencia de lo que ocurre en los frondosos bosques o en las altas montañas que son cobijo de lo desconocido. El caminante que tiene a bien adentrarse en estas planicies, contempla un escenario casi desnudo, en donde el viento, único dueño de aquella tierra, circula libremente sin encontrar oposición en su caprichoso devenir.

En ocasiones, tras superar una loma, la rutina se rompe al divisar las ruinas de algún viejo castillo, del que solo se conserva un torreón agujerado por el tiempo, una pequeña iglesia, en la que la campana hace mucho que dejó de marcar las horas, o alguna que otra pequeña construcción arruinada por la ausencia de moradores.

Tras una breve parada necesaria para repostar y estirar un poco las piernas, continuamos el viaje hacia nuestro destino, que pese a conocido, seguía despertando en nosotros un ligero nerviosismo semejante a la primera vez, en la que quién sabe si el azar, nos condujo allí. Más de cinco años hacía ya desde la última vez que estuvimos. La vida se nos detuvo ante una riada de acontecimientos en la que nos vimos inmersos y que por desgracia llegaron en un período demasiado breve para asumirlos, (si es que un ser humano es capaz de asumir determinadas cosas) como son la enfermedad y la marcha de seres queridos, lo que nos sumió en un estado de tristeza y aislamiento.

De repente volvimos a ver la luz. Nuestras pupilas tuvieron que adaptarse al luminoso día, tras recorrer aquel largo túnel de tenues luces anaranjadas que, con una cadencia perfecta, se iban reflejando sobre el brillante capó del coche. Como si se tratase de una abertura a un nuevo mundo, atravesamos aquel sistema montañoso que separa la meseta de un nuevo escenario, en la que los tonos amarillos y polvorientos son sustituidos por los verdes y grises. El cambio de paisaje me hizo salir de mi ensimismamiento y fijarme en ella. Reposaba en el asiento trasero del coche con la mirada perdida en el horizonte. Mas de medio siglo sobre su rostro marcaba una expresión de cansancio, si bien su blanco cutis y sus ardientes ojos verdes eran testigo de una belleza que el tiempo, no había conseguido eclipsar. El peso de las responsabilidades, incluida la agotadora tarea de cuidar de su familia, el trabajo dentro y fuera del hogar, los numerosos desvelos y los propios achaques, fruto de nuestra naturaleza mortal, habían mermado a aquella mujer, sobre todo en su parte mas material, mas corporal, porque su esencia alimentada durante toda su vida con bellos ideales, y con una sensibilidad única, que se manifestaba a través de sus obras, ya fuera la pintura, la escritura o incluso la costura, se mantenía intacta aunque, como digo, no exenta de pagar el peaje a ese gran tirano, que los antiguos griegos conocían como Cronos.

En el asiento del copiloto, adormecido por el sonido de la radio, que en ese momento retransmitía el parte meteorológico con su aburrida monotonía de anticiclones y borrascas, viajaba él. La edad, similar a la de su mujer, y una historia tan parecida y tan distinta a la de ella. El castigo del trabajo diario, había consumido en parte a aquel hombre: Su vista, sus huesos, su carácter, pagaban el tributo a sus muchas horas de esfuerzo, a la ausencia de vacaciones, a los problemas diarios, si bien encontraba consuelo en una familia en la que volcó su vida y de la que, a su vez, obtuvo muchas satisfacciones.

Cada vez quedaba menos para la llegada. Aburrido ante las numerosas horas de viaje al volante, apreté un poco el acelerador, dentro siempre de los estrechos márgenes que nos permite la legislación de carreteras. El aire silbaba divertido por la una de la rendijas de una ventanilla, y nos inundaba el coche con un nuevo olor, un nuevo aroma, que automáticamente nos trajo a la cabeza la imagen del destino al que nos dirigíamos. A veces los olores dejan en nuestra memoria una marca más fuerte que las propias imágenes o incluso las palabras. Para unas personas acostumbradas a un clima tan seco, era agradable percibir esa sensación de humedad que impregnaba el pequeño habitáculo del vehículo, a la vez que nuestra vista se recreaba con una naturaleza que crecía exuberante alimentada por las numerosas lluvias que precipitaban en aquella región septentrional.

Desde pequeño me ha gustado viajar. Quizá sea una reminiscencia de nuestro pasado nómada en el que recorríamos grandes distancias en busca del sustento y de unas condiciones mas favorables en las que vivir o tal vez sea sólo una metáfora de nuestra propia vida, en la que desde que nacemos vamos recorriendo un camino con mayor o menor fortuna, tratando de encontrar ese anhelado bien que es la Felicidad y que escondido entre la maleza, se muestra sólo a aquellos viajeros que tienen la paciencia de detenerse a buscarla.

El giro de la llave del contacto detuvo el motor y puso fin a nuestro largo viaje. Algo anquilosados por las muchas horas sentados en el coche, pusimos pie a tierra. Un escenario conocido se reflejaba en nuestras retinas. ¡Qué agradable sensación la de regresar a un lugar y comprobar que todo sigue igual, que nada ha cambiado, y pararse a pensar que quizá el paso del tiempo sea sólo una mentira que nos cuentan los mayores para atemorizarnos!. Así, con un punto de inquietud, avanzamos unos cuantos pasos para salvar los pocos metros que nos separaban de la orilla. Sí, de nuevo ese rumor, ese vaivén exacto, como el sonido de un diapasón, alertaba a nuestro cerebro y le anunciaba que por fin volvíamos a encontrarnos con el mar, ¡nuestro soñado encuentro con el mar!.

En los primeros momentos la vista se alza sobre el horizonte infinito tratando inútilmente de poner fin a aquella fotografía. Acostumbrados al escenario urbano, semejante al de una celda, repleto de muros y obstáculos que nos rodean y nos agobian, contemplar aquellos kilómetros sin fin provocaba en nuestro ánimo una sensación de paz difícilmente descriptible. Pocas horas quedaban ya de día, el sol cansado, después de una larga jornada, recogía su manto de luz y calor, pidiendo permiso al majestuoso mar para tumbarse sobre su regazo a descansar, dejando, de este modo, que la luna tomase su relevo y descargara suavemente filones de plata sobre aquella lámina espumosa de agua.

Antes del ocaso decidimos caminar sobre aquel humilde paseo de tablas horizontales, que nos permitían pasear sin humedecer nuestros pies. Todo apuntaba a que la noche seria calmada. Una ligera brisa apenas si conseguía mover los verdes laureles que crecían de cara a aquel inmenso océano. Y tras unos minutos de silenciosa caminata, el efecto del mar junto a nosotros nos inundó de una gratificante y poco usual serenidad, porque aunque quizá, no fuéramos totalmente conscientes de ello, el motivo de aquel viaje era encontrarnos de nuevo con nosotros mismos, siendo aquel verde mar, un mero detonante. El peso de los días, la monotonía, la rutina del trabajo, de nuestras numerosas obligaciones, va tapando la luz de nuestra esencia misma al igual que la salitre tapona los poros de nuestra piel. Sin tiempo para nada o con tiempo para todo, nos vamos diluyendo, desgastando como rocas por efecto del bravo oleaje los días de borrasca y nos convertimos en granos de arena conformando una masa uniforme de gente gris que abandonó, en el camino, parte de su esencia más humana.

Así ella, por unos instantes, olvidaba sus pesares, sus fastidiosas tareas que llenan sus horas en, la ahora, lejana meseta, y dejaba paso a su ser mas íntimo, mas delicado, recibiendo una paz que los días le niegan, recargando el verde de sus ojos con aquel mar que le esperaba pacientemente. En ausencia del estúpido ruido de la ciudad que contamina nuestra mente y nos conduce a un estado de excitación constante (baldía excitación), haciéndonos actuar como aquellos muñequitos que se movían al son de unas palmadas, ella podía, al menos, mirarse dentro, y comprobar cómo los surcos y manchas de su piel no eran sólo un fenómeno externo. Quizá sin tiempo ya para esa quimera de juventud que llaman felicidad, aspiraba a un estado más elevado de bienestar, aquel que viene de la mano de la tranquilidad, del reposo de aquel mar, que enclaustrado en la ría, es incapaz de enfurecerse.

El, por su parte, prefería introducirse en aquellas frías aguas, en las que el cuerpo al sumergirse siento un placentero despertar. Allí en ese estado de ingravidez , los problemas quedaban lejos, bastaba con introducir la cabeza, cerrando los ojos para no irritarlos con la sal, para sentir un agradable silencio roto sólo por los cientos de burbujas provocadas al respirar y que como aves espantadas, ascendían tratando de escapar de su líquida prisión. Y avanzar nadando a ninguna parte, sabiendo que los límites en aquel mar son los propios límites de la resistencia humana y que la otra orilla queda tan lejana que no hay motivos para alcanzarla. En ese estado de suspensión el cuerpo se torna ligero, las piernas no duelen, el agua mece suavemente, y a diferencia de lo que ocurre en el deambular por tierra firme, no se sufre daño en ningún momento.

Y allí en ese escenario privilegiado, por fin cayó la noche. Todo estaba en calma, el mar, fatigado de todo el día, parecía moverse con la misma delicadeza de una madre al acunar a su hijo, arrojando tímidas olas a la costa.

Agotados por el largo viaje, nos retiramos a descansar. En nuestra cabeza se asentaban cientos de imágenes y sensaciones familiares que de nuevo volvíamos a encontrar en aquel lugar tan lejos de nuestra casa pero tan cerca de nuestro ser. Se presagiaba una noche tranquila, con el sosegado sueño que provoca saber que mañana, volveremos a encontrarnos con nuestro mar.