martes, 18 de diciembre de 2012

Dos ruedas


La mañana despertó sumida en la tristeza. 

Un cielo gris, y una tenue neblina, no alentaban a salir de casa. No obstante,  estaba acostumbrado a pedalear en días similares, ya que en Euskadi, los inviernos eran así.

La noche había sido agradable, pese a que su mujer, con un embarazo avanzado tenía dificultades para descansar. Para Iñaki, dormir al lado de ella era sumamente placentero. Notaba el movimiento del bebé, le gustaba acariciar aquella enorme tripa, tersa y brillante como un pequeño sol. El milagro de la vida se mostraba en todo su esplendor y le hacía alimentar, más si cabe, el amor hacía su mujer. Era consciente de lo maravilloso del sexo femenino, seres capaces de crear vida en un acto supremo de amor. Tan delicadas y tan fuertes, tan racionales y tan pasionales, complemento de las almas perdidas de los varones.

Después de una rápida ducha, se enfundó su traje de ciclismo. El tejido de lycra le proporcionaba un estimulo agradable al presionar la desarrollada musculatura de sus cuádriceps. De esta guisa, desayunó con el sonido tenue de una mini cadena en la que, en aquel momento, sonaban música rock, energizando de esta forma, un aire cargado del aroma de café. En su tazón, Iñaki, acabó con los últimos copos de avena. Siempre le repugno aquella textura pastosa de la misma, pero como al tratarse de un alimento tan energético, la comía con frecuencia.

Tras un último beso a su mujer, y a su tripa, bajó al garaje de su casa, en donde dormían sus bicicletas. Esa mañana dudó, realmente le apetecía rodar por el monte, pero al encontrarse en una fase de su entrenamiento en la que quería mejorar el fondo, optó por la bicicleta de carretera. Así, tras ajustarse el casco, salió por la puerta del garaje que le despidió con un desagradable chirrido de goznes, el cual llegó a sus oídos como un mal presagio.

Los primeros kilómetros siempre eran un poco duros. Debía superar unas fuertes pendientes para abandonar aquel valle donde descansaba el chalet adosado donde vivían y que tanto esfuerzo había costado comprar. La vida de un ciclista profesional es dura y corta, y las remuneraciones van de la mano de los éxitos deportivos, que no siempre llegan cuando uno necesita.

El arcén de la carretera se encontraba mojado e Iñaki trataba de no pisar la raya pintada por el peligro de los resbalones. Una vez que las piernas se encontraron calientes, cambió al plato grande y se instaló en una cómoda velocidad de crucero cercana a los 40 kilómetros hora. Con el paso de los kilómetros y la monotonía de la carretera, se aisló en sus pensamientos. Recordó sus inicios en el ciclismo de la mano de su padre, que fue quien le introdujo en este mundo. Recordaba aquella primera bici, con sus ruidosos ruedines, los miles de kilómetros que recorrió por el pueblo, atronando a los vecinos al rodar por aquellas calles empedradas. El día que le quitaron los ruedines fue uno de los mayores disgustos de su vida, pero pronto aprendió a mantener el equilibrio sobre las dos ruedas. Así otras bicis fueron pasando por su vida, de todas ellas guardaba un especial cariño porque todas estuvieron ligadas a buenos momentos.

Echando la vista atrás, pensó en sus primeras carreras por los montes vascos, en donde deslumbró por su enorme potencial. Desde esa primera carrera sólo habían pasado poco más de 13 años, pero ahora a sus 29, aquello le parecía remotísimo. Recordó sus cientos de hora de avión, los campeonatos del mundo, y por supuesto, su querido diploma olímpico en los Juegos Olímpicos de Pekín, en 2008.

Pero también su mente se ocupó de todos esos malos momentos. De entre todos destacaba su enfermedad. Aquel maldito hipertiroidismo que casi le cuesta la vida. El peregrinaje por decenas de médicos y hospitales hasta que dieron con su mal. Recordaba cómo, aquel día, su corazón se puso a 225 pulsaciones, cuando nunca superaba las 185 en máximo esfuerzo. Dos años casi perdidos en su vida, con un sufrimiento doble, el primero por ese estado de debilidad máxima y el segundo tener que dejar la bicicleta apartada.  

Otras lesiones también le castigaron, así como múltiples averías mecánicas que le privaron, en más de una ocasión, de un éxito deportivo. Pero los nacidos bajo el signo de la Fuerza, nunca son derrotados.

De repente, un pequeño repecho le sacó de sus pensamientos al tener que subir un par de piñones para relajar el castigo a las piernas. Pese a acercarse al ocaso de su carrera deportiva, se encontraba pleno. Tenía gran cantidad de proyectos en su cabeza. Además su primer hijo le tenía en un estado de euforia constante. Por fin iba a ser padre, le enseñaría todo lo que él sabía, le iniciaría en el mundo de la bici y en otros deportes, le inculcaría el amor a la familia y a aquella maravillosa tierra vasca de luces y sombras.

Las señales horarias pitaron en el viejo radiocasete de aquel Renault Clio gris de 20 años de antigüedad. Manuel regresaba a casa después de una noche trabajando como voluntario en la Cruz Roja. Sus ojos se cerraron por un momento y al abrirlos de nuevo sintió un golpe seco que quebró parcialmente la luna delantera del vehículo y agarrotó su corazón hasta el punto de sentir que estallaba por dentro.

Iñaki yacía en el suelo. La débil protección del casco, no evitó que su cabeza sufriera los daños mortales que, súbitamente, acabaron con su vida. No sufrió. No, el destino cruel no quiso ensañarse con su alma. La última pedalada, el último aliento, el último pensamiento y luego un golpe seco, calor y por último oscuridad.

A veces, la pérdida de un desconocido nos sume en una honda tristeza, a veces los paralelismos nos sorprenden.

Descansa en paz  Iñaki.


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miércoles, 5 de diciembre de 2012

Cenizas


Somos seres finitos. 

Si finitos, como una pequeña estrella que está condenada a apagarse, con una pérdida progresiva de energía e ilusión. Nuestra naturaleza biológica nos configura como seres llenos de limitaciones. No podemos volar autónomamente, ni atravesar el ancho mar, una irrisoria variación de grados en la temperatura ambiente provoca nuestro malestar, altera nuestros ritmos, incluso provoca nuestra muerte.

Así nuestra limitada mente, asume este rol, y nos hace este trance vital más liviano, y como si nos inyectara un narcótico, nos proporciona placer, añadiendo nuevas cadenas y lastres, a nuestra pequeña mochila.

En un sistema enemigo de la inteligencia, (pero Inteligencia con mayúscula) nos aborregan y nos dejamos aborregar. Nos niegan la luz, y no somos capaces ni siquiera de percibirla desde las alcantarillas en la que vivimos. Así vemos enemigos donde no los hay, balando como ovejas, y dejamos que nos nieguen el pan, entendido como alimento del alma.

Salgo a la calle y el aire es irrespirable. Sólo veo gris, nieva ceniza en la ciudad desierta.

¿Para que os movéis si no vais a ninguna parte? No podéis avanzar porque ni pisáis el suelo ni percibís el cielo. Así dais vueltas en la rueda del hámster, configurada como una rutina semanal programada como las actividades diarias de un penal.

¿Para qué vais acompañados si estáis solos? Esa mano que das es una unión tan débil que no durará más que lo que tarda en sudar y hacer desagradable el contacto, soltándola entre falsas lágrimas de una tristeza fingida.

¿Para qué reís si vuestra risa suena como el cacarear de una gallina? Si no sale del alma, la risa es sólo una mueca que arruga nuestra cara.

Así en esta dinámica en la que vivís, ofrecéis toda una suerte de rasgos que desprecian el propio regalo que es la vida. Os hacéis desconfiados hacia los demás, juzgáis sin saber. Hacer de juez desde una naturaleza imperfecta como la nuestra, es, en todo caso, un sinsentido, pero además, hacerlo desde la perspectiva de aquel que vive en el subsuelo es aberrante. De este modo, el tonto pasa por listo, el vago por inteligente, el inmaduro por sensible, el inconstante por estresado y viceversa, el sabio es tachado de prepotente, el inteligente es tratado como un inadaptado, el que es capaz de mantener una conversación profunda por pedante, y demás juicios vomitados desde un estomago en el que se mezclan a partes iguales ignorancia y envidia.

Los conceptos puros de amor, libertad, amistad, alegría, nunca estuvieron más lejos.

Aquellos que dinamitan los muros y cortan las cadenas, sobrevuelan los límites culturales con el que nos adoctrinaron. Esto es peligroso, sólo los valientes, los decididos, o los temerarios, dan alguna vez este paso. Desde esta altura el vértigo es constante. Pero una vez superados los primeros mareos, la sensación es increíble.

Eres capaz de conectar con las almas, ellas te hablan directamente, el amor no se limita al amor de alcantarilla del que “disfrutan” muchos, en los que sólo hay interés económico, emocional, vital, o peor aún, una rutina alienante. Amas en el sentido amplio, y eso es maravilloso. Es un amor omnicomprensivo. Esto no quiere decir que nos hagamos unos libidinosos, ni que nos comportemos compulsivamente. Sentimos el amor pleno, y nuestra alma se inflama como el queroseno. Amor inteligente, amor de muchos quilates, aderezada por una pasión en la que nos calamos hasta los huesos.

En este estado no tienes prejuicios de ninguna clase, porque los factores que manejamos son producto de la inteligencia. Los otros, pues otros son. Nos movemos en realidades paralelas, no nos mezclamos.

Y la alegría aparece sin forzarla, no la impostamos, no la atraemos con regalos, somos felices sin querer.

Los de la “caverna” de nuevo nos tacharan de soñadores, idealistas, frikis o en el mejor de los casos, de locos. No nos entenderán al igual que no son capaces de entender como el universo se expande día a día. No todo el mundo es tan valiente, su materialismo les ha destruido y lo peor de todo, es que no lo saben. De nuevo desperdician el regalo de la vida, al igual que el estomago lleno de comida basura, desprecia la mayor de las delicias culinarias.

Y desde esta altura,  la vida en color ofrece paisajes de postal, olores de París, sensaciones intensas, calores del alma, disfrute pleno de los sentidos…

Pero tranquilos niños, la tapa de la alcantarilla no queda sellada, y siempre estará encantada de recibirnos de nuevo, si algún día los mareos nos hacen insoportable la existencia.

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miércoles, 24 de octubre de 2012

La estrella


Llevaba tiempo queriendo escribir sobre ello. Algunas veces, los objetos, son destinatarios de nuestro cariño por esa capacidad innata que tenemos los humanos de sentir afecto. En este caso se trata de mi viejo Mercedes (serie w124) pero se me hace extensible a todas las series antiguas, que conocí desde mi niñez (W126, W116, W201, R129, W107, W123 hasta las más “recientes” W210 y la impresionante W140, entre otras que recuerdo así de memoria). 


Desde niño he sido un aficionado al mundo de los coches. Era una pasión. Con 5 o 6 años ya era capaz de distinguir decenas de modelos y marcas que circulaban por nuestras antiguas carreteras. Mi pobre madre tenía que sufrir aquella letanía de nombres inconexos cuando viajando conmigo, le “informaba” de todos los coches que pasaban a nuestro lado. A esa temprana edad ya tenía algunos modelos preferidos, que podían ir desde los modestos SEAT Fura hasta el lujurioso Lamborghini Countach. Pero a medida que fui creciendo, empecé a fijarme en aquellos modelos grandotes, de líneas elegantes y coronados por una estrella plateada en lo alto del capó.


Antiguamente en España, se veían muy pocos Mercedes. Éramos un país que comenzaba a desarrollarse, pero que arrastraba un atraso secular. Es por ello que los SIMCA y los SEAT eran legión frente aquellos automóviles alemanes. Sólo los políticos, grandes empresarios o ricos terratenientes eran capaces de acceder a estos vehículos, los cuales, se convirtieron en una forma más de ostentación y de demostración de “alto status”.


Es importante recordar que muchos de estos vehículos alcanzaban precios similares al que podría tener una vivienda media en aquellos años, de ahí su carácter exclusivo. Bien es cierto que junto con Mercedes, otras marcas ofrecían aún más lujo y distinción como puede ser Rolls, Bentley o Jaguar, por citar algunas. Sin entrar en polémicas con los amantes de estas marcas exclusivas, para mí, Mercedes se situaba un escalón por encima en cuanto a innovación, seguridad activa y pasiva, y sobre todo, lo que es más importante, fiabilidad mecánica. Las marcas inglesas ofrecían potentes motores, y unos acabados excelentes con predominios de elementos de lujo, tales como tapicerías exclusivas, uso de maderas nobles, y otros pequeños detalles de confort. Pero su precio de adquisición (y de mantenimiento) desórbitados, una electrónica muy frágil, consumos disparatados y una fiabilidad dudosa convertían a estos vehículos en caprichos de jeques del petróleo.


El lema del fundador, un señor alemán de retrato en blanco y negro, era claro, “lo mejor o nada”. Entendía que vender un producto que no estuviera lo suficientemente probado era sencillamente una falta de respeto para el consumidor. Y este lema marcó el trabajo de los ingenieros de Mercedes durante décadas.
En una época con pocas ayudas informáticas, el trabajo humano era esencial. En el desarrollo de un vehículo se destinaban muchos años. Algunos modelos necesitaron una década para poder salir al mercado. Se hacían maquetas a tamaño real, se probaban los motores hasta la extenuación, se hacían miles de kilómetros por todo tipo de superficies y terrenos y en las condiciones más adversas posibles. En cuanto a la calidad de los materiales empleados, era máxima. No se buscaba el lujo superfluo, si en vez de madera de nogal se tenía que usar plástico, este cumplía las más altas exigencias de fiablidad. Se cuidaban al máximo los detalles. Nada se dejaba al azar. Así, resumiendo las virtudes de estos vehículos por partes:


Motores: La gama de motores siempre fue bastante amplia. En general en los modelos reseñados anteriormente, se partía de cilindradas y potencias no excesivamente altas (normalmente 2000 cm3) hasta casi los 6000 cm3 (con excepción del w116, 450, que montaba un 6.9) y con un rango de potencias que iban desde los 60cv hasta más de 300cv en los motores V8 (y en el exclusivo y más reciente V12). Destacar, que Mercedes fue la pionera en el uso de motores diesel. Desde muy temprano, se interesó por este combustible, propio de barcos, y fue perfeccionándolo hasta conseguir unas potencias y una suavidad aceptable para un vehículo de alta gama. Fueron estos motores diesel de amplia cilindrada y poca potencia, los que dieron la fama de fiabilidad a esta marca.  Todavía en muchos países de África y Asia pueden verse unidades en funcionamiento, algunas con más de 1.000.000 de kilómetros en sus maltrechas carrocerías a punto de la desintegración física.
Otro de los objetivos de la marca fue, desde muy pronto, el ahorro de combustible, sobre todo a raíz de la crisis del petróleo de 1973. Los consumos, si bien, hoy día serían objeto de los sueños más calientes de los dueños de las petroleras, eran contenidos para el estado de la tecnología de la época. Así era posible bajar de los 10 litros en muchos modelos, haciendo conducción tranquila, cuando muchos competidores se acercaban peligrosamente a los 20 o los rebasaban según circunstancias.


Seguridad. Este fue otro de los puntos, en mi opinión, más destacados. Desde muy pronto Mercedes se preocupo de la seguridad de sus vehículos. Los estudios de seguridad pasiva se conseguían haciendo cientos de pruebas de choque, que podían ir desde las tradicionales colisiones, frontales, laterales y traseras hasta otras menos típicas, como arrojar un vehículo en caída libre desde una grúa para que colisionara de frente en la caída, como hacerlo rodar como una croqueta varias vueltas de campana, para comprobar la dureza y rigidez estructural. También comenzaron a implantar zonas de deformación programada, para que en caso de colisión, se pudiera mantener un espacio de supervivencia para los ocupantes del vehículo. Estas zonas se conseguían a través de una ingeniería especial en las carrocerías, aunque en ocasiones, se recurría a soluciones más sencillas como colocar la rueda de repuesto de tal forma en la base del maletero, que en caso de alcance, amortiguase la energía de la colisión.
El interior del coche estaba también íntegramente diseñado en pos de la seguridad. Así, por ejemplo, se eliminaron aristas, se emplearon materiales absorbentes y flexibles (se hacía estrellar un huevo sobre ellos para comprobar el grado de absorción), volantes colapsables para minimizar daños en el pecho, o un avance, que todavía hoy día sigue sin estar presente en todos las marcas, los pedales retráctiles, que en caso de colisión, minimizaban daños en pies y piernas.


Estos avances hoy día hacen casi reír, pero comparado con coches coetáneos, eran impresionantes. Mención especial al Airbag, por el que Mercedes apostó fuertemente, siendo la primera marca en montarlo en un vehículo de serie (modelos W107 y W123) y primero en el doble airbag (conductor y acompañante) en el majestuoso W126. El uso del Airbag fue acompañado de cinturones con pretensores, que garantizaban una sujeción extra en caso de impacto. También apostó fuertemente por el ABS, uno de los mayores logros de seguridad en la historia de la automoción. El primer modelo en montarlo, si no me falla la memoria, fue el W116, en el año 1979. (Como posteriormente fue el ESP, que del que también fue pionero, pero eso ya es otra historia).


Confort. La política de Mercedes, al menos en la mayoría de los modelos de la época, y que comparte con otras marcas germanas, es ofrecer una interminable (y costosa) lista de extras. Es decir, se ofrecía un gran coche, una gran “base”, pero se prescindía de elementos de equipamiento que otras “marcas menores” ofrecían. Así, se producían situaciones cómicas, como que un coche que costaba en 1985, 10.000.000 de pesetas (unos 60.000 euros) y que equipaba un motor de 300 cv, no montaba elevalunas eléctricos de serie, y  en cambio un Ford Orión de apenas 1.000.000 de pesetas, si lo ofrecía. No obstante, luego la lista de extras era interminable, por ejemplo, las más curiosas en mi opinión, entre otras (dependiendo de época y modelo claro está):

  • Doble botiquín (todos los Mercedes montaban uno).
  • Termómetro de temperatura exterior.
  • Depósito de combustible de 90 litros.
  • Tapicería “Velour”.
  • Asientos “ortopédicos” (daban masaje) y calefactables (en versiones posteriores también con aire fresco).
  • 5ª marcha. Durante muchos años Mercedes no fue partidaria de cinco velocidades y todos sus coches de esta época venían con 4, cuando ya la mayoría de las marcas montaban 5 velocidades (los famosos Renault 5, 9 y 11 que lo destacaban como un avance con una chapita en el maletero). Asi que durante mucho tiempo fue un extra que había que pagar.
  • Calefacción programable. (Permitía que la calefacción se encendiese a una hora programada, para entrar al coche caliente).
  • Climatizador bizona (en un coche de 1980).
  • Extintor.
  • Sistema 4MATIC ( sistema de tracción a las 4 ruedas).



Mi W124, 260E

Se trataba de una versión “rebajada” del 300E, por motivo de impuestos. Era el acceso a los 6 cilindros (ya que el modelo inferior, el 230E era un 4 cilindros). La potencia entregada era de unos 170 cv (variaba unos cv arriba, en función de si la versión venía con catalizador o sin él). El mío venía sin catalizar. Este motor era una delicia de suavidad. El sonido era muy fino. En bajas rpm, era muy perezoso, pero en altas rugía como una fiera. Era un prodigio de elasticidad, podías meter la tercera velocidad a 40 por hora y estirarla hasta un máximo  (según manual) de 160 km/h!!!!
Montaba la famosa inyección electrónica Bosch KE- JETRONIC (que con los años podía dar problemas, como en mi caso).
Una de las cosas más destacadas de estos modelos era su suave rodar, su aplomo. Esta sensación se conseguía gracias a un magnifico chasis, un excelente aislamiento, y un elaborado conjunto de suspensiones. Montaba un eje trasero multibrazo, un avance que hoy día se destaca como una virtud en muchos modelos actuales (recuérdese el famoso Ford Focus y su fama de estabilidad), en un coche de hace 30 años!!!


En el interior contaba con tapicería de cuero, que pese a la edad estaba, impoluta, 4 elevalunas eléctricos, calefacción bizona y ABS, entre otros. 
El maletero era impresionante, rondando los 500 litros de carga.
Ahora pequeños detalles que me encantaban:
  • El coche se entregaba con 5 llaves. Una de ellas, venía sin montura, envuelta en una fundita de plástico, para que se pudiese llevar por ejemplo en la cartera, para caso de emergencia.
  • El botiquín. Con gasas, tijeras de calidad, y pastillas.
  • Las ópticas traseras tenían forma escalonada. Esto era una firma de identidad de los mercedes hasta la década de los 90. Ello conseguía que las luces fueran visibles en todas las condiciones, impidiendo que barro o nieve las cubriese totalmente.
  • Las salidas de agua del parabrisas, tenían unos cables que mandaban calor, para impedir que cuando helase, pudiera salir agua igualmente.
  • El limpiaparabrisas. Un prodigio de la técnica. Se trataba de un unibrazo, que realizaba un movimiento lateral y ascendente que barría la práctica totalidad del parabrisas con una suavidad de funcionamiento que nunca he vuelto a ver en un coche. (Otra de las cosas  que abandonó Mercedes en la actualidad).
  • La capacidad de giro. Gracias a un sistema de dirección especial, era capaz de maniobrar en muy poco espacio, facilitando enormemente el aparcado.
  • La comodidad de los asientos (se decía que eran diseñados bajo criterios médicos).
  • Avisador luminoso del cinturón de seguridad (adelantado a la época).
  • Testigo de bombillas fundidas.
  • Por los aireadores centrales nunca salía aire caliente, para evitar el sopor en el conductor.
  • Tracción trasera, con sus “sensaciones”
  • Una sensación de seguridad y clase al volante especiales.


Cada vez que veo una máquina de estas ir al desgüace, siento un nudo en el estómago, y me invade una tristeza al pensar, el cuidado y la pasión que fueron empleadas en estos vehículos excepcionales y yo diría que irrepetibles.


Todas las marcas mencionadas son propiedad se sus respectivos  dueños.


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lunes, 15 de octubre de 2012

New York


¿Carla me estas escuchando?
Si, si, perdona, quizá es que me he levantado un poco cansada hoy, o puede que no haya calentado bien las cuerdas…


Carla, se sentó y suspiró profundamente, mientras su tutor, buscaba algo entre los papeles que se amontonaban sobre aquel viejo “Steinway & Sons”. Ella, agradeció aquella pausa, porque realmente aquel día no se encontraba bien.  Notaba una opresión en el pecho, una falta de energía y motivación, que la incapacitaba para la clase de ese día. Hacía 3 años ya que Clara había obtenido una beca para estudiar canto en Nueva York, gracias a la relación sentimental que mantenía con el director del Coro de Jóvenes Promesas, y que le posibilitó dejar su trabajo en Madrid y abordar un futuro prometedor en el mundo del canto lírico.


Durante este tiempo, lejos de su casa, no había tenido excesiva nostalgia, más allá del recuerdo de aquellas cremitas de verduras tan ricas que hacía su madre. Tras muchos años de depresión, era una mujer capaz de mantener sus pensamientos en orden, y evitaba, a toda costa, almacenar pensamientos negativos en su cabeza. Pero, aquella mañana, quizá la copiosa lluvia que caía sobre la mega urbe, había mojado algún rincón, que ella pensaba que estaba a cubierto, y se notó dudar. Su relación marchaba bien, su novio, pesé a la diferencia de edad, era capaz de darle lo que ella necesitaba. Había alguna faceta en concreto, que él no era capaz de cubrir, pero Carla, era muy autosuficiente en muchas cosas, y en esa, también.


De repente, su tutor, le hizo salir de estas reflexiones.

-Sé que estas “Cantatas” son duras, el alemán antiguo está claro que no es tu fuerte-  añadió Peter, que así se llamaba su tutor. Tenemos que evitar esa palatización inglesa o la actuación del sábado será un desastre.

-Sabes que mi alemán ha mejorado muchísimo, y además, ¿crees que el público va a distinguir estos pequeños matices?- añadió Clara, en una defensa pueril, puesto que ella era la primera que buscaba la perfección en cada nota que salía de su laringe.

Y tras este diálogo, volvió a sentir, que su corazón se ralentizaba.  Recordó lo mucho que le gustaba el alemán a Alfredo. Pensó en lo mucho que habría mejorado en estos tres últimos años. Y por un momento la nostalgia abrazó su pecho. La relación se había roto de forma definitiva poco antes de volar a Estados Unidos, pero aquella ruptura nunca tuvo ninguna credibilidad. Simplemente fue un paso adelante, una reacción a un inmovilismo que a Carla, en aquel momento de juventud, la exasperaba.


Peter, descontento, pesé a notarla lejos de allí, siguió con la lista de mejoras que esperaba de una cantante, en su opinión, con tanto futuro.

-Otra cosa que debes poner especial atención es al “vibrato”-comentó.

-No me acaba de convencer como lo ejecutas. En mi ya amplia experiencia puedo decirte que, una de las cosas que hacer sobresalir a una cantante lírica es dominarlo. Como sabes,  los pulsos de flujo de aire emitidos desde la glotis y su modulación es la variación de la frecuencia fundamental y la amplitud a lo largo de varios ciclos, La regularidad de la frecuencia entre un ciclo y otro es un signo de destreza vocal- explicó con un dogmatismo propio de docente universitario.

Clara odiaba los tecnicismos, y si bien entendía donde residía el problema, puso cara de aburrimiento. Peter, trató de hacer la explicación menos áspera,

-El “vibrato” hace que la voz suene agradable, viva, excitante, cálida, menos mecánica que un tono plano, da naturalidad al sonido vocal. La mayoría de los cantantes lo consideran un elemento deseable, un ornamento o una característica de sus voces- puntualizó y acto seguido le hizo una demostración, acompañado del piano.


Aquellas breves notas, la turbaron de nuevo. Estaba irreconocible, aquel corazón era lo que ahora vibraba, y como despertado de un sueño, se rebelaba contra aquel destino. Por un momento, se notó extraña. En un lugar lejano, con gente gris programados como robots, que no tenían tiempo ni para comer, y se subalimentaban con aquella basura gastronómica que vendían esos puestos callejeros tan típicos de esta ciudad.  Había despertado de un coma y reclamaba calor. ¿Y su novio no podía dárselo? Ahora lo veía como un padre, o un protector, pero nunca como un novio. Los 15 años de diferencia de edad, le pesaron como 15 toneladas.  La pasión enterrada, rompiendo el ataúd, le abofeteó su bello rostro y le reclamó lo que era suyo.


De repente tuvo necesidad de gritar, el aire se hacía irrespirable, se notaba como un animal encerrado en una jaula. Cogió el móvil y quiso llamar. Su fino dedo recorrió rápido aquella pantalla táctil, pero no encontró lo que estaba buscando. Necesitaba hablar con él, ninguna otra cosa le preocupaba ahora.


Peter, preocupado, trato de tranquilizarla. Pensó que aquella turbación se debía a un exceso de trabajo. Le trajo un vaso de agua, que Carla bebió de un solo trago. Ante la falta de mejora, decidió que lo mejor sería llevarla a casa. Allí la dejó. Ella, como un zombie se arrastró hacia la cama, y como pudo, sin desvestirse, se arropo fuertemente. Tiritaba, su cuidada mandíbula, sólo era capaz de pronunciar un nombre…


De repente, una llamada hizo vibrar su móvil… 



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jueves, 11 de octubre de 2012

30/2


Clara cerró el cajón de golpe. Aquella camiseta que se acababa de probar no le quedaba nada bien, y pese haber sido una de sus favoritas, la metió arrugada de nuevo en el cajón. Inmersa en la soledad de su habitación, volvió a mirarse en el espejo. Últimamente era capaz de pasarse horas observándose,  eclipsada por aquel nuevo cuerpo que  intentaba reconocer hasta en sus más íntimos rincones.


Le gustaba peinarse su larga melena. La tendencia de aquella generosa cabellera morena era rizarse, cosa que a Clara le irritaba profundamente. Y por eso, se pasaba las horas con su cepillo, recorriéndola de arriba abajo hasta que sus delgados brazos no podían ya más. En ese momento, su pelo negro mostraba ya un atractivo brillo azabache. Pese a todo este esfuerzo, las puntas describían una ligera ondulación en la parte más baja, y ella se las agarraba tratando de conseguir, a base de tirones, una rectitud germánica en aquel precioso pelo.


Una vez acabó aquella tortura capilar, sus pequeñas y estilizadas manos, con unas uñas cortas pintadas clandestinamente de rojo (ya que su madre le tenía prohibido todo tipo de maquillaje o pintura)  se detuvieron en su pecho. Quizá era la parte de su cuerpo que más había cambiado. Todavía se acordaba cuando poco tiempo atrás jugaba con su primo en la piscina, con todo él descubierto. Un buen día, su madre, decidió que era mejor que empezara a taparse la parte de arriba, sin que ella en aquel momento entendiese el motivo que le hacía diferente a su primo. Ahora sus pechos habían crecido considerablemente, muy por encima de la media de las compañeras de su clase. Cansada de aquel sujetador infantil, lleno de colorines y ositos, soltó el enganche, y liberó sus voluptuosos senos. Su forma era armoniosa, le gustaba acariciárselos ya que la piel era más suave que la propia seda. A veces se los apretaba suavemente, y notaba como sus rosados pezones, sufrían un engrosamiento considerable, sin que Clara supiera muy bien el motivo.


A su edad, había perdido parte de su inocencia. Los chicos de su clase, hacían chistes sobre pechos, y comprobó con cierto desagrado, cómo su profesor de tecnología, detenía sus ojos un tiempo excesivo sobre el escote de su uniforme, cuando se sentaba en las primeras filas del aula. Pablo, no obstante, solo era capaz de dirigirla miradas clandestinas, cuando pensaba que ella estaba distraída o salía a la pizarra a resolver aquellos problemas  matemáticos.


Segura en aquel cuarto en semipenumbra, Clara se quitó la parte de debajo de su pijama. Aquella parte de su cuerpo, le provocaba cierto rechazo. La increíble suavidad de todo su cuerpo, se rompía por aquella franja coronada por una línea de un pelo de un grosor distinto, que a ella le parecía demasiado fuerte. Una de sus amigas ,en una charla a través del chat del Tuenti, le comentó que ella eliminaba aquellos desordenados pelos, dejando una continuidad de suavidad por todo el cuerpo. Pero Clara no se atrevía a dar aquel paso. Cogió unas tijeras del bote de lápices, aquellas tijeras de colores usados para trabajos en el colegio y que todavía conservaba, y se las acercó. No obstante, no se atrevió a cortar. Volvió a guardar las tijeras y acaricio tímidamente toda la zona. No le gustaba hacerlo, porque notaba una incómoda humedad que la hacía sentirse sucia, sobre todo cuando en clase, sin saber muy bien por qué motivo, notaba ese calor.


Pero ahora después de la ducha que acaba de darse, detuvo rápido aquella exploración y rápidamente colocó su ropa interior. Además su madre estaría a punto de llegar a casa del trabajo y como siempre, entraría sin permiso en la habitación para preguntarla que tal iba con los exámenes. Por eso, acabó de vestirse. Se puso una camiseta rosa, con partes de pedrería, y unos pantalones vaqueros oscuros, que debido a su excesivo ajuste, remarcaban un trasero firme y demasiado generoso para una chica de su edad. Con cierto complejo por su altura, (sacaba casi una cabeza a Pablo), evitaba cualquier posible tacón y por eso se colocó sus Converse negras. Su madre odiaba aquellas zapatillas, que además había adornado con unos cordones de colores brillantes, porque en su opinión estaban ya para tirarlas.


De un rincón a tras mano del armario sacó una cajita. Allí guardaba todo su pequeño arsenal de maquillaje. Sabía que si su madre lo descubría, se lo tiraría a la basura sin miramientos. Cogió el lápiz de ojos, y con un pulso firme, se pinto la raya, haciendo que sus bonitos ojos verdes destacasen aún más. Acto seguido agarró aquel tubito que contenía el rímel, pero descartó aplicarlo sobre las pestañas. Estas eran largas y curvadas, no necesitaba cargarlas de ese unte pegajoso. A lo que no quiso renunciar fue a la sombra de ojos. Abrió un estuche que contenía 4 colores, y sin pensarlo, mancho su dedo índice de aquel pigmento de color indefinido. Cerró uno de sus ojos y lo aplicó sobre el párpado, repitiendo el mismo proceso con el otro ojo. Pestañeo, una par de veces, y quedó medianamente convencida de su obra. Lo cierto es, que tenía una mirada cautivadora, mezcla de una belleza innata,  juventud y una atractiva inocencia. Con la brocha manchada de color, dudó si aplicarse colorete, pero de inmediato, cambió de opinión dejando aquella suave brocha. Su piel era inmaculada. Presentaba algún pequeño granito, contra los que ella luchaba día y noche, explotando su blanco contenido. Pero la piel de su rostro era tersa, fina, y con un color rosado, lleno de vida. Sus labios eran rojo intenso, a ella le parecían algo exagerados, sobre todo el superior, con una anchura y carnosidad exuberante. Por eso, Clara prefería no hacerlos destacar, y se limitaba a aplicar un cacao o vaselina de una cajita rosa. Con ese ligero brillo la boca se hacía realmente irresistible, sobre todo cuando sonriendo tímidamente mostraba aquella dentadura de nieve.


Una vez concluido el proceso, guardó todo en la caja, escondiéndola en su armario de nuevo. Sobre la mesita de noche, reposaban varios frascos de cristal de formas curiosas e irregulares. Escogió uno en forma de balón de futbol y se aplicó dos pulverizaciones sobre el pecho y sobre aquel estilizado cuello que todavía nadie había recorrido.

Así, lanzando un beso al espejo de su habitación, agarró su cazadora, y salió a la calle. No sabía si Pablo la esperaba ya...




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miércoles, 3 de octubre de 2012

Octubre del 2010


El viento volvió a hacer crujir aquella ventana de madera. Una ráfaga curiosa, se coló entre alguno de los muchos resquicios que esta dejaba haciéndome sentir un ligero escalofrio. En un acto reflejo me acurruque en su regazo. Mi oído fue a parar cerca de su pecho. Sólo los latidos de aquel joven corazón rompían el silencio de la estancia. Su rítmico compás me producía una tranquilidad difícilmente descriptible. Cuánta paz, que inmensa calma sentía a su lado. Ella, sin abrir sus preciosos ojos, movió su mano acariciando mi cabeza, limpiando mi mente de cualquier temor o negatividad que pudiera albergar. Los problemas que antaño me atormentaban volaban lejos con aquel contacto, como si se tratara de una curación milagrosa.
Su olor me era ya familiar, que suave esencia emanaban los poros de su piel. Era un aroma que quedaba impregnado en mi ropa y que luego, horas después cuando ya no disfrutaba de su presencia, era capaz de recordarme a mi amada. El tiempo a su lado parecía detenerse. Era como entrar en otra realidad en donde el cruel minutero era anulado; podía estar horas así, callado, sin hablar, o simplemente murmurando algo al oído en un estado de ataraxia.
Me sentía afortunado. Ella era un alma sensible capaz de entenderme. 

Su corta edad, no era impedimento para que nuestras visiones del mundo fueran similares. Ella, paciente como sólo una persona verdaderamente enamorada es capaz de ser, entendió mis circunstancias y subordinó todo lo demás a nuestro amor. Nuestra inicial lejanía al vivir en distintas ciudades, y unas experiencias muy distintas fueron anuladas por nuestro verdadero cariño. Yo iniciaba una nueva vida a su lado, ahora todo aquello quedaba lejos, y poco a poco iniciamos un proceso de engranaje. Nuestros respectivos defectos fueron expuestos con calma, sin malsana pasión y comenzamos a corregirlos convencidos de que aquello era lo mejor para ambos.


Su gran inteligencia emocional, la dotaba de aptitudes envidiables. Era igualmente capaz de apagar mi a veces temperamental carácter de Tauro, como de agitar mi ánimo cuando este alguna vez se encontraba bajo. Sabía que así me hacía casi invencible. Fuera de esas pequeñas discordancias, ella sabía que mi dedicación hacia ella era total. Por su parte, y fruto de esa gran inteligencia con que la dotó la naturaleza, era dócil cuando debía serlo. Yo trataba de enseñarla, le hice entender que sin saber, que sin conocimiento, sólo seriamos animales o, peor aún, cosas. Sé que algunos temas le aburrían o no entendía del todo, pero no se revelaba como una niña, se limitaba a ponerme una mirada especial con la que yo entendía que debía cesar en mi empeño. Nunca fui una persona impositiva. Además, con ella no era necesario. Sabia negociar, así nunca teníamos la sensación de que uno se salía siempre con la suya.

Cierto es, que ella alguna vez tendía a la tristeza, pero esta siempre se curaba con un abrazo, un paseo, o simplemente hablando. Respetaba su espacio vital, las almas a veces necesitan recargarse en una soledad necesaria, que sin llegar a ser patológica, forma parte de la misma esencia humana.


Los años, la experiencia nos enseña que en esta vida tendremos siempre la sensación, no sé si cierta o no, de dar más que recibir. En nuestra relación no nos rebajábamos a esas pequeñeces. Había meses en los que uno estaba a tope y regalaba su energía a la otra persona y viceversa. No llevábamos un libro de cuentas.


Éramos francos el uno con el otro, pero siempre con delicadeza, las cosas se decían con consideración y en su momento oportuno. No como ataques o reproches. No obstante asumíamos nuestros errores y pasábamos a corregirlos, dándole la importancia que merecían. Nunca nos enfadamos por un comentario de este tipo. Ya que existe gente que te piden franqueza y luego se sienten gravemente ofendidos cuando se la das.
Pero lo cierto es que en nuestro vínculo las discusiones eran mínimas. Los dos gozábamos de un sentido del humor parecido y eso limaba muchas asperezas. Si bien el mío tendía a ser más negro y nihilista, ambos nos reíamos con las tonterías que, como bálsamo, aparecían en el día a día.


Ella se quería y así era capaz de querer a otra persona. Los dos nos sentíamos valorados y eso hacía muy fuerte el vínculo. Creíamos que éramos los mejores, el mundo exterior nos importaba lo justo.


P.D. :Ayer viendo la tele, en un programa, que por vergüenza no citaré, llevaron a unas parejitas de ancianos que llevaban más de 50 años casados y no sé cuantos de novios. Los contertulios trataron de hacer mofa de ellos, ridiculizando aquella fidelidad, aquellos besos que tardaban meses en llegar, haciendo apología encubierta de los amores actuales. Fueron vistos como una especie de imbéciles sacados de una película del tiempo del blanco y negro. Sólo quiero decir que, con el paso del tiempo, que pone todo en su lugar, se demostrará quienes han sido los verdaderos imbéciles.

El tiempo que gran justiciero de los justos…

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lunes, 1 de octubre de 2012

Sábado

Me retorcí tratando de buscar el móvil en el bolsillo de aquel traje. La butaca protestó ante aquel brusco movimiento con un sonoro crujido, que pasó desapercibido debido al ruido que provocaba en la sala la gente que intentaba acomodarse. Pulsé el botón de apagado de aquel móvil para evitar alguna llamada inoportuna. Al volver a depositarlo en el bolsillo de la chaqueta, recordé, con cierta nostalgia, cómo Clara criticaba aquel aparatito por considerarlo un artilugio poco adaptado a los tiempos modernos. Ahora después de todo lo ocurrido, aquella queja me resultó graciosa. En el fondo, ella tenía razón. La manía por no adaptarse a las nuevas tecnologías sólo era una resistencia fútil ante la que, años más tarde, todas las personas “civilizadas” acabábamos rindiendo pleitesía, y entre los que, como no podía ser de otro modo, se encontraba este beduino.

La imagen de Clara me recordó el motivo por el cual estaba allí. Era un sábado cualquiera, uno de esos anhelados días por los que mataría cuando los lunes suena el despertador a las 6.30 de la mañana; sin embargo luego al llegar la fecha, esos maravillosos planes que rondaban mi cabeza durante la semana , se me iban al traste, generalmente a causa de una soledad que difícilmente conseguía romper con agradables compañías. Pero aquel sábado era distinto, no quería empezar con mi letanía de quejas y decidí salir sólo de casa. Me apetecía ponerme un traje, estaba un poco cansado de mi atuendo “sport” y embutido en aquella prenda de color azul marino, salí a la calle aquella tarde otoñal, de la mano de aquella tímida tristeza.


Reconozco que la música clásica a veces se me hacía excesivamente aburrida. No tenía problema en reconocerlo pesé a ser tachado de Dios sabe qué, por los amantes del género, aquellos que lo mismo escuchan cantatas barrocas, piezas románticas o música clásica contemporánea disfrutando con todos los géneros y compositores posibles. Pero el cartel que proponía aquel auditorio para ese día, realmente me pareció interesante. Entre las piezas de la actuación, se incluía la presencia de un coro, que interpretaría varias obras.

 En un momento de tormento espiritual, un conjunto coral podía servir para elevar el alma del fango al que normalmente le conduce la vida cotidiana. Con orden cuasi militar los integrantes del coro hicieron su aparición en el escenario, con esa solemnidad propia de los grandes momentos. La verdad que con aquellos ropajes monótonos, que anulan la individualidad, era realmente difícil reparar en un rostro en concreto. No obstante, aquella tarde me encontraba muy cerca del escenario, y gracias a ello pude contemplar todo con suficiente precisión. Como si se tratara de una señal divina, el foco que alumbraba la escena fue a pararse durante unos segundos en aquella cara. Mis ojos, al igual que las mariposas que quedan cautivadas por la luz de una lámpara en la noche, no pudieron resistir y se clavaron en ella. Un escalofrio me recorrió todo el cuerpo notando una presión insoportable en el cráneo, como si fuera a explotar. Aquel rostro me atrapó. Se trataba de una chica joven, no sabría precisar la edad, pero claramente no alcanzaba todavía la treintena. La piel era clara, sin rasgos crueles del paso del tiempo. Los ojos claros, se perdían en el fondo del auditorio sin perseguir un objetivo, denotaban una fuerza especial. Pese a su serenidad, unas gotas de tristeza purgaban por salir de ellos, pero, quizá debido a la emoción del momento, conseguían mantener una serenidad sensual. Las pestañas eran largas, y en cada pestañeo acentuaban la belleza de los ojos, como un complemento maravilloso. Si algo consigue cautivarme en una mujer son sus labios. La boca, ese órgano que nos mantiene con vida, gracias a los alimentos del cuerpo, los que comemos a diario, y los del alma, los besos, era simplemente perfecta. La carnosidad y su precioso color rosado hacia despertar una necesidad imperiosa de besarlos. Era una boca generosa, llena de vida, afortunado aquel que hubiera podido sentirla cerca. Los demás rasgos faciales eran matemáticamente armoniosos, como si la nariz o las orejas, tuvieran miedo de romper aquella obra perfecta.


Como consecuencia de un gesto del director del coro, esbozó una sonrisa que acabó de turbarme y acelerar el pulso hasta niveles cercanos a la taquicardia. A partir de ese momento, mi exterior, como si un agujero espacial lo hubiera absorbido todo, quedo limitado a su imagen. Comenzó la actuación, las voces surgieron con fuerza, levantando al cielo las notas de la partitura. Como consecuencia del notable esfuerzo que requería aquella pieza, que hoy día no soy capaz de recordar su nombre, ella sufrió un momentáneo enrojecimiento que realzó aún más su atractivo, como si la sangre que recorría su cuerpo, la presentara como un ser pleno de vida. Fruto quizá de mi turbación, por un momento quise percibir que sus ojos se detenían por un momento en mi figura, en un gesto momentáneo de humanidad que le hacía descender de los altares a los que aquellas maravillosas voces le habían ascendido.


 Después todo ocurrió rápido. La obra llegó a su fin, y los aplausos comenzaron a atronar el auditorio. Como consecuencia del palmeo, la señora que ocupaba el asiento contiguo, dejó caer uno de los pendientes de perlas que llevaba. En un gesto de cortesía comencé a buscarlo debajo de las butacas, palpando cada rincón de aquel suelo enmoquetado. Al poco, conseguí encontrarlo entre las bisagras de uno de aquellos arcaicos butacones. No sé cuánto tiempo transcurrió, pero fue el suficiente para que me perdiera la ordenada salida del escenario de los miembros del coro.

 Como aquel que es despertado por un ruido súbito de un sueño agradable, perdiendo la esencia del mismo, traté de hacer que mi mente volviera a verse inundado por el calor de su imagen. Pero, como un enfermo adicto a su medicación, necesité más que un leve recuerdo, y corrí presuroso hacia la salida, tratando de colocarme en una posición desde donde comprobar todas y cada una de las personas que abandonaban aquel lugar. Pero mi pretensión fue infructuosa. Uno a uno fueron abandonando el auditorio, algunos solitarios, otros con familiares, novios, maridos…Luchando por no reconocer lo evidente, aproximadamente tras una hora que se me hizo interminable, se cerraron de forma definitiva las puertas y mi esperanza de volver a verla, se diluyó de forma definitiva, al igual que un hielo en una copa de wisky.

Me incorporé de aquel frio banco de piedra, y abrazando de nuevo la tristeza, caminé sin dirección hacia ningún lugar, perdiéndome entra la solitaria muchedumbre que a esas horas colmaba el metro de Madrid.


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viernes, 28 de septiembre de 2012

Mentira

Aviso: 1) El siguiente texto narra un hecho de ficción, tanto en lo que se refiere a los personales, situaciones, ubicaciones o cualquier otro aspecto en él contenido.

2) El autor en su libertad creativa, no se responsabiliza de los efectos que él mismo pueda tener en los hipotéticos lectores.

3) El texto fue escrito en una hora y quince minutos, de ahí que puedan aparecer errores ortográficos o gramaticales, pero la naturaleza del texto requería una rápida escritura.

PAX VOBISCUM

Una vibración en la mesita sobre la que reposaba aquel artilugio inteligente, la sacó de su adormecimiento. Su rostro, que mostraba claros signos de cansancio debido a su trabajo nocturno, se iluminó. A través de la pantalla se iniciaba una conversación con aquel nuevo viejo amigo, con la emoción incipiente del que inicia un viaje desde hace tiempo esperado.

Hacía mucho tiempo que conocía a Pablo. Su mala memoria le impedía recordar exactamente en qué año de instituto fueron compañeros de clase. Una ligera mueca moduló sus sensuales labios, al recordar aquellos tiempos grises de reclusión en esa cárcel, en la que supuestamente la enviaron a que aprendiera. En aquel momento, ella era una chica desgarbada, casi siempre ausente, sólo conversaba con una o dos chicas de su clase, las menos tontas en su opinión. Para ella, aquellos chavales, infectados de granos, solo eran personajes hormonados de una realidad agobiante. Pablo no era así, aunque en aquel tiempo su contacto se reducía al poco espacio que dejaban las agotadoras clases del viejo instituto y, a decir verdad, tampoco era capaz de recordar si en aquel momento albergaba ya algún sentimiento hacía él.

Pero por el caprichoso destino, y gracias siempre a la ayuda de las tecnologías de la comunicación ellos pudieron conservar su pequeña amistad.

El día era soleado, los rayos del un sol asustado ya por la presencia de su verdugo otoñal, acariciaban su inmaculada piel, agradeciendo recibir un calor que su corazón había dejado de percibir desde no sabía cuándo. Puntual, Pablo llegó paseando hasta su casa. En su interior, pese a los recientes acontecimientos de una poco apacible relación de pareja, albergaba una nueva ilusión, propiciada por el nuevo contacto con Clara. Sus sentimientos no eran quizá claros, era obvio que seguía sintiendo algo por su pareja, pero la rutina, la falta de una intimidad necesaria, y un carácter de tendencia triste y compulsiva, había puesto la soga a un preso agonizante ya, desde quien sabe cuándo.

Por su parte Clara, trataba de buscar lo que su mente quebradiza, le demandaba. Su estado actual, su agobio vital, y una pareja de la que hacía tiempo creía no recibir lo que ella necesitaba, la empujaron a dar aquel paso. No obstante, en el fondo de su joven ser, un sentimiento profundo se colaba entre las rendijas de su deseo, y como el verdugo que ejecuta a un siniestro asesino por orden de un superior, un pequeño punto negro manchaba aquella nueva singladura.

Pablo subió hasta su pequeño apartamento. Un nido que ella había acomodado a su gusto y que había adecentado en previsión del encuentro. Tras un primer amigable contacto, Clara se sentó en el blanco sofá. De nuevo un nuevo pensamiento asaltó su mente. Aquel sofá nunca le gustó en exceso, además demasiados recuerdos manchaban aquel símil de piel blanca, en donde los pantalones se quedaban adheridas en los meses de más calor.

Pablo prefirió no sentarse. No eran nervios lo que le impedía una postura más cómoda, quizá deseaba esperar un poco antes de un acercamiento. Al igual que el agua de lluvia se filtra por las grietas de la roca granítica de aquel pueblo de la sierra, Pablo consciente o inconscientemente se coló entre las fisuras de una relación que parecía no avanzar. Y lo hizo muy bien, porque supo mostrar la cara que Clara necesitaba en ese momento. Su pareja le seguía gustando pero le sacaba de quicio. Pablo en cambio era distinto. Físicamente mostraba un cuerpo trabajado por horas de gimnasio. Para ella, aquello no era importante, pero una vez que pudo comprobar su marcado abdominal, sintió un súbito calor. Ella le consideraba un chico atractivo. Por su parte, su dialogo y su actitud, así como aficiones fue lo que más caló en aquella niña de veintitantos años. Mostraba una fragilidad sentimental que la atraía. Presentaba rasgos que ella también creía poseer, ambos creían moverse en un mundo hostil, un mundo de incomprensión, unas relaciones que no les satisfacían.

Clara se notaba a gusto, en aquel momento desconocía si había conseguido matar o, solamente aturdir, aquellos sentimientos ahora inapropiados de amor hacia su ex pareja. Pablo, en su mente analítica de informático, supo leer el momento, y sin gran esfuerzo por su parte, dejó que ella sacara a relucir lo que ocultó en otros momentos de su vida. Fruto de esa comodidad, la anfitriona de un salto se incorporó a su nuevo piano. Se trataba de otra máquina, lejos del encanto de aquellos antiguos pianos de cola fabricados en cálida madera. Se encontraba prácticamente nuevo. Montones de partituras se agolpaban sobre el mismo. Dejo que su mente volara e improvisó. Sus delicadas y la vez fuertes manos, de dedos largos y estilizados, marcaron unas notas que calentaron el aire de aquel pequeño salón. Su estilo musical no era malo. Lejos de un virtuosismo sólo alcanzable por décadas de dedicación, ejecuto aquella melodía. Pablo, desconocía aquella pieza, pero cada nota le acercaba más hacia aquel cuerpo de mujer.

De pronto, al pasar la hoja de la breve partitura, que se sujetaba con un improvisado atril, este cayó al suelo, interrumpiendo el sonido. Pablo, atento, se agacho y en ese instante mágico que se produce la primera vez que se besa, sus labios se juntaron. Clara sintió un ligero temblor quizá fruto de su tensión acumulada. Noto unos labios más finos que los de su anterior pareja, y un sabor distinto, pero también agradable. Pablo no besaba mal, y ella sintió placer. Lejos de interrumpirse, ambos continuaron con aquel intercambio, en donde las lenguas en un baile sin fin, trataban de buscar los rincones de unas sensaciones nuevas e intrigantes.

Al poco, al movimiento de las bocas se acompaño de unas caricias que recorrieron los cuerpos. Clara recorrió el torso del joven, disfrutando de aquel cuerpo con más horas de pesas que de necesaria lectura. El por su parte, en un primero momento acaricio su espalda, esperando abordar zonas más intimas. Pronto sus manos acariciaron sus pechos. Al principio fue un contacto fugaz, tímido, casi pasajero, temiendo quizá una reacción negativa por parte de su amada. Pero Clara, embargada por el arrebato que causa eso que creemos entender como amor, permitió que Pablo recorriera su cuerpo, un cuerpo que antaño su expareja recorría con una pasión desenfrenada.

Se notaba cierta falta de práctica en aquellos movimiento amatorios, Pablo, hacía tiempo, que se limitaba a unos pocos besos con su pareja. Pero Clara, agradeció aquella “torpeza” inicial y un comportamiento menos intrusivo en zonas a los que amantes con más necesidad, recurren rápidamente sin entender la compleja excitación femenina.

Mientras, en la calle, el sol huía ya hacia su retiro nocturno con prisa, como si temiera que la noche le cogiera en su carrera. El aire fuera estaba cargado de una tristeza difícilmente soportable.

Mientras, Clara seguía examinado el cuerpo de su amado. Su idea, si es que hay ideas en esos momentos, era no llegar más allá, máxime cuando él le había confesado, sin pudor alguno, su actual estado de falta de libido. No obstante y pese a lo que Pablo le contó, y que ella, con una pizca quizá de inocencia quiso creer, noto un firme abombamiento debajo de aquellos tejanos. Al tacto se percibía, un atributo generoso, pero, sin saber muy bien por qué motivo, prefirió esperar, y Pablo respondió, sincronizándose en los tempos amatorios.

Al fin, y puesto que el tiempo era escaso, porque para Clara su tiempo era siempre agobiante, ambos se sintieron colmados, y en un fin progresivo, sus bocas pidieron un descanso , cerrando aquel capitulo bebiendo agua en un vaso de esos que regalaban en aquellos establecimientos de comida rápida que su ex pareja le solía llevar para su disgusto.

Tras cerrar la puerta y organizar su rebelde pelo moreno, Clara, bajo una excusa que ya poco importa, cogió su teléfono y llamó.

Fuera, la tristeza que llevaba toda la tarde fraguándose, se coló por las rendijas de la ventana que ahora ventilaba una tarde de amor.

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miércoles, 1 de febrero de 2012

Encuentros

Dos horas llevábamos de viaje y todavía no sentíamos las molestias propias de la falta de movilidad, sentados en los duros asientos de aquel pequeño utilitario. Era un día caluroso pese a encontrarnos en los albores de de septiembre, un mes que sirve de puente entre los sofocantes calores estivales y los primeros fríos que vienen de la mano del inminente otoño. El paisaje era monótono, infinitos campos de trigales, ya segados, eran atravesados por aquella mancha grisácea de alquitrán, la autovía por la que circulábamos a velocidad constante. Aquella visión me era familiar, recuerdos de mi vida en aquella dura meseta de inviernos heladores y veranos extenuantes. Un paisaje rotundo, franco, que se muestra al viajero tal y como es, a diferencia de lo que ocurre en los frondosos bosques o en las altas montañas que son cobijo de lo desconocido. El caminante que tiene a bien adentrarse en estas planicies, contempla un escenario casi desnudo, en donde el viento, único dueño de aquella tierra, circula libremente sin encontrar oposición en su caprichoso devenir.

En ocasiones, tras superar una loma, la rutina se rompe al divisar las ruinas de algún viejo castillo, del que solo se conserva un torreón agujerado por el tiempo, una pequeña iglesia, en la que la campana hace mucho que dejó de marcar las horas, o alguna que otra pequeña construcción arruinada por la ausencia de moradores.

Tras una breve parada necesaria para repostar y estirar un poco las piernas, continuamos el viaje hacia nuestro destino, que pese a conocido, seguía despertando en nosotros un ligero nerviosismo semejante a la primera vez, en la que quién sabe si el azar, nos condujo allí. Más de cinco años hacía ya desde la última vez que estuvimos. La vida se nos detuvo ante una riada de acontecimientos en la que nos vimos inmersos y que por desgracia llegaron en un período demasiado breve para asumirlos, (si es que un ser humano es capaz de asumir determinadas cosas) como son la enfermedad y la marcha de seres queridos, lo que nos sumió en un estado de tristeza y aislamiento.

De repente volvimos a ver la luz. Nuestras pupilas tuvieron que adaptarse al luminoso día, tras recorrer aquel largo túnel de tenues luces anaranjadas que, con una cadencia perfecta, se iban reflejando sobre el brillante capó del coche. Como si se tratase de una abertura a un nuevo mundo, atravesamos aquel sistema montañoso que separa la meseta de un nuevo escenario, en la que los tonos amarillos y polvorientos son sustituidos por los verdes y grises. El cambio de paisaje me hizo salir de mi ensimismamiento y fijarme en ella. Reposaba en el asiento trasero del coche con la mirada perdida en el horizonte. Mas de medio siglo sobre su rostro marcaba una expresión de cansancio, si bien su blanco cutis y sus ardientes ojos verdes eran testigo de una belleza que el tiempo, no había conseguido eclipsar. El peso de las responsabilidades, incluida la agotadora tarea de cuidar de su familia, el trabajo dentro y fuera del hogar, los numerosos desvelos y los propios achaques, fruto de nuestra naturaleza mortal, habían mermado a aquella mujer, sobre todo en su parte mas material, mas corporal, porque su esencia alimentada durante toda su vida con bellos ideales, y con una sensibilidad única, que se manifestaba a través de sus obras, ya fuera la pintura, la escritura o incluso la costura, se mantenía intacta aunque, como digo, no exenta de pagar el peaje a ese gran tirano, que los antiguos griegos conocían como Cronos.

En el asiento del copiloto, adormecido por el sonido de la radio, que en ese momento retransmitía el parte meteorológico con su aburrida monotonía de anticiclones y borrascas, viajaba él. La edad, similar a la de su mujer, y una historia tan parecida y tan distinta a la de ella. El castigo del trabajo diario, había consumido en parte a aquel hombre: Su vista, sus huesos, su carácter, pagaban el tributo a sus muchas horas de esfuerzo, a la ausencia de vacaciones, a los problemas diarios, si bien encontraba consuelo en una familia en la que volcó su vida y de la que, a su vez, obtuvo muchas satisfacciones.

Cada vez quedaba menos para la llegada. Aburrido ante las numerosas horas de viaje al volante, apreté un poco el acelerador, dentro siempre de los estrechos márgenes que nos permite la legislación de carreteras. El aire silbaba divertido por la una de la rendijas de una ventanilla, y nos inundaba el coche con un nuevo olor, un nuevo aroma, que automáticamente nos trajo a la cabeza la imagen del destino al que nos dirigíamos. A veces los olores dejan en nuestra memoria una marca más fuerte que las propias imágenes o incluso las palabras. Para unas personas acostumbradas a un clima tan seco, era agradable percibir esa sensación de humedad que impregnaba el pequeño habitáculo del vehículo, a la vez que nuestra vista se recreaba con una naturaleza que crecía exuberante alimentada por las numerosas lluvias que precipitaban en aquella región septentrional.

Desde pequeño me ha gustado viajar. Quizá sea una reminiscencia de nuestro pasado nómada en el que recorríamos grandes distancias en busca del sustento y de unas condiciones mas favorables en las que vivir o tal vez sea sólo una metáfora de nuestra propia vida, en la que desde que nacemos vamos recorriendo un camino con mayor o menor fortuna, tratando de encontrar ese anhelado bien que es la Felicidad y que escondido entre la maleza, se muestra sólo a aquellos viajeros que tienen la paciencia de detenerse a buscarla.

El giro de la llave del contacto detuvo el motor y puso fin a nuestro largo viaje. Algo anquilosados por las muchas horas sentados en el coche, pusimos pie a tierra. Un escenario conocido se reflejaba en nuestras retinas. ¡Qué agradable sensación la de regresar a un lugar y comprobar que todo sigue igual, que nada ha cambiado, y pararse a pensar que quizá el paso del tiempo sea sólo una mentira que nos cuentan los mayores para atemorizarnos!. Así, con un punto de inquietud, avanzamos unos cuantos pasos para salvar los pocos metros que nos separaban de la orilla. Sí, de nuevo ese rumor, ese vaivén exacto, como el sonido de un diapasón, alertaba a nuestro cerebro y le anunciaba que por fin volvíamos a encontrarnos con el mar, ¡nuestro soñado encuentro con el mar!.

En los primeros momentos la vista se alza sobre el horizonte infinito tratando inútilmente de poner fin a aquella fotografía. Acostumbrados al escenario urbano, semejante al de una celda, repleto de muros y obstáculos que nos rodean y nos agobian, contemplar aquellos kilómetros sin fin provocaba en nuestro ánimo una sensación de paz difícilmente descriptible. Pocas horas quedaban ya de día, el sol cansado, después de una larga jornada, recogía su manto de luz y calor, pidiendo permiso al majestuoso mar para tumbarse sobre su regazo a descansar, dejando, de este modo, que la luna tomase su relevo y descargara suavemente filones de plata sobre aquella lámina espumosa de agua.

Antes del ocaso decidimos caminar sobre aquel humilde paseo de tablas horizontales, que nos permitían pasear sin humedecer nuestros pies. Todo apuntaba a que la noche seria calmada. Una ligera brisa apenas si conseguía mover los verdes laureles que crecían de cara a aquel inmenso océano. Y tras unos minutos de silenciosa caminata, el efecto del mar junto a nosotros nos inundó de una gratificante y poco usual serenidad, porque aunque quizá, no fuéramos totalmente conscientes de ello, el motivo de aquel viaje era encontrarnos de nuevo con nosotros mismos, siendo aquel verde mar, un mero detonante. El peso de los días, la monotonía, la rutina del trabajo, de nuestras numerosas obligaciones, va tapando la luz de nuestra esencia misma al igual que la salitre tapona los poros de nuestra piel. Sin tiempo para nada o con tiempo para todo, nos vamos diluyendo, desgastando como rocas por efecto del bravo oleaje los días de borrasca y nos convertimos en granos de arena conformando una masa uniforme de gente gris que abandonó, en el camino, parte de su esencia más humana.

Así ella, por unos instantes, olvidaba sus pesares, sus fastidiosas tareas que llenan sus horas en, la ahora, lejana meseta, y dejaba paso a su ser mas íntimo, mas delicado, recibiendo una paz que los días le niegan, recargando el verde de sus ojos con aquel mar que le esperaba pacientemente. En ausencia del estúpido ruido de la ciudad que contamina nuestra mente y nos conduce a un estado de excitación constante (baldía excitación), haciéndonos actuar como aquellos muñequitos que se movían al son de unas palmadas, ella podía, al menos, mirarse dentro, y comprobar cómo los surcos y manchas de su piel no eran sólo un fenómeno externo. Quizá sin tiempo ya para esa quimera de juventud que llaman felicidad, aspiraba a un estado más elevado de bienestar, aquel que viene de la mano de la tranquilidad, del reposo de aquel mar, que enclaustrado en la ría, es incapaz de enfurecerse.

El, por su parte, prefería introducirse en aquellas frías aguas, en las que el cuerpo al sumergirse siento un placentero despertar. Allí en ese estado de ingravidez , los problemas quedaban lejos, bastaba con introducir la cabeza, cerrando los ojos para no irritarlos con la sal, para sentir un agradable silencio roto sólo por los cientos de burbujas provocadas al respirar y que como aves espantadas, ascendían tratando de escapar de su líquida prisión. Y avanzar nadando a ninguna parte, sabiendo que los límites en aquel mar son los propios límites de la resistencia humana y que la otra orilla queda tan lejana que no hay motivos para alcanzarla. En ese estado de suspensión el cuerpo se torna ligero, las piernas no duelen, el agua mece suavemente, y a diferencia de lo que ocurre en el deambular por tierra firme, no se sufre daño en ningún momento.

Y allí en ese escenario privilegiado, por fin cayó la noche. Todo estaba en calma, el mar, fatigado de todo el día, parecía moverse con la misma delicadeza de una madre al acunar a su hijo, arrojando tímidas olas a la costa.

Agotados por el largo viaje, nos retiramos a descansar. En nuestra cabeza se asentaban cientos de imágenes y sensaciones familiares que de nuevo volvíamos a encontrar en aquel lugar tan lejos de nuestra casa pero tan cerca de nuestro ser. Se presagiaba una noche tranquila, con el sosegado sueño que provoca saber que mañana, volveremos a encontrarnos con nuestro mar.