viernes, 28 de julio de 2017

Tarde de verano

La atracción de lo desconocido, la ruptura de lo rutinario, el misterio que se esconde detrás de un nuevo rostro.  El acceso a un nuevo universo, desconocido, fascinante como todo aquello que ignoramos, eso supone conocer a una nueva persona.

Llevamos la pesada carga de estar siempre con nosotros,  prisioneros constantes de nuestra mente, nuestras alegrías y nuestras miserias, a base de repetirse, se nos vuelven insoportables. Al igual que los sentimientos, manoseados groseramente en nuestro día a día, han dejado de tener el más mínimo interés.

La cotidianeidad destruye todo lo que toca; el hogar, el refugio confortable de nuestro ser, sólo es válido para los instantes que dura una tormenta, pero una vez que está se ha ido, con el sol ya en lo alto del horizonte, se nos torna en cruel prisión que nos impide disfrutar de los colores que la naturaleza nos ofrece.

Maduramos dicen, preferimos vivir en nuestra conocida isla, que arrojarnos a un mar traicionero en el que las posibilidades de acabar en sus profundidades desincentivarían hasta la promesa de arribar a las costas de la mismísima Atlántida.

Así, nos convertimos en pequeñas prisiones andantes, lo exterior se nos ha convertido en indiferente, como si fuéramos completamente autosufientes, ignorando que necesitamos que la lluvia nos moje con frecuencia.

La ciudad, ese agujero infame para la propia vida, mantiene a sus habitantes distantes, lejanos, desconfiados, desinteresados y, lo que es peor, desapasionados.

El nefasto utilitarismo ha ocupado todo nuestro ser, hasta las propias relaciones humanas destilan esta pestilencia infecta. El reloj y el dinero han contribuido a ello y campan por las calles impunemente asesinando todo lo que tocan.

Hemos conseguido vivir en palacio, pero el palacio solo tiene mármol y soledad, desde nuestro trono sólo vemos vacío, pero estamos en palacio, eso creemos que es lo importante porque hemos dirigido nuestra vida hacia ese fin.

Quiero hablar contigo, compartir nuestro tiempo, un minuto o una vida, eso es lo de menos, mi tiempo quizá sea infinito. No busco ningún fin, compréndelo. No persigo una relación romántica, ni sexo, ni un compañero de pádel ni que me ayudes a poner una lámpara, deja esos menesteres para el lunes.

Me conformo con que me mires, me hables sin prisa de lo que verdad anhelas, tus verdaderos deseos, no los que has adquirido a través de la publicidad. Deja lo cotidiano, trata de llegar al centro de lo que eres, ya que a base de ocultarlo corres el riesgo de no ser nada, una hormiga más en este hormiguero delirante.

Desnudarse de todos nuestros ropajes, no necesitamos patria, ni trabajo, ni siquiera familia para este viaje. Prometo que después, te permitiré regresar a tu casa, a tu confortable sofá, aunque quizá ya no te interese tanto.