La mañana despertó sumida en
la tristeza.
Un cielo gris, y una tenue neblina, no alentaban a salir de casa. No
obstante, estaba acostumbrado a pedalear
en días similares, ya que en Euskadi, los inviernos eran así.
La noche había sido agradable, pese a que su mujer, con un embarazo avanzado tenía dificultades
para descansar. Para Iñaki, dormir al lado de ella era sumamente placentero.
Notaba el movimiento del bebé, le gustaba acariciar aquella enorme tripa, tersa
y brillante como un pequeño sol. El milagro de la vida se mostraba en todo su esplendor
y le hacía alimentar, más si cabe, el amor hacía su mujer. Era consciente de lo
maravilloso del sexo femenino, seres capaces de crear vida en un acto supremo
de amor. Tan delicadas y tan fuertes, tan racionales y tan pasionales,
complemento de las almas perdidas de los varones.
Después de una rápida ducha, se
enfundó su traje de ciclismo. El tejido de lycra le proporcionaba un estimulo
agradable al presionar la desarrollada musculatura de sus cuádriceps. De esta
guisa, desayunó con el sonido tenue de una mini cadena en la que, en aquel
momento, sonaban música rock, energizando de esta forma, un aire cargado del aroma
de café. En su tazón, Iñaki, acabó con los últimos copos de avena. Siempre le
repugno aquella textura pastosa de la misma, pero como al tratarse de un
alimento tan energético, la comía con frecuencia.
Tras un último beso a su
mujer, y a su tripa, bajó al garaje de su casa, en donde dormían sus
bicicletas. Esa mañana dudó, realmente le apetecía rodar por el monte, pero al
encontrarse en una fase de su entrenamiento en la que quería mejorar el fondo,
optó por la bicicleta de carretera. Así, tras ajustarse el casco, salió por la
puerta del garaje que le despidió con un desagradable chirrido de goznes, el
cual llegó a sus oídos como un mal presagio.
Los primeros kilómetros
siempre eran un poco duros. Debía superar unas fuertes pendientes para
abandonar aquel valle donde descansaba el chalet adosado donde vivían y que
tanto esfuerzo había costado comprar. La vida de un ciclista profesional es
dura y corta, y las remuneraciones van de la mano de los éxitos deportivos, que
no siempre llegan cuando uno necesita.
El arcén de la carretera se
encontraba mojado e Iñaki trataba de no pisar la raya pintada por el peligro de
los resbalones. Una vez que las piernas se encontraron calientes, cambió al
plato grande y se instaló en una cómoda velocidad de crucero cercana a los 40 kilómetros
hora. Con el paso de los kilómetros y la monotonía de la carretera, se aisló en
sus pensamientos. Recordó sus inicios en el ciclismo de la mano de su padre,
que fue quien le introdujo en este mundo. Recordaba aquella primera bici, con
sus ruidosos ruedines, los miles de kilómetros que recorrió por el pueblo,
atronando a los vecinos al rodar por aquellas calles empedradas. El día que le
quitaron los ruedines fue uno de los mayores disgustos de su vida, pero pronto
aprendió a mantener el equilibrio sobre las dos ruedas. Así otras bicis fueron
pasando por su vida, de todas ellas guardaba un especial cariño porque todas
estuvieron ligadas a buenos momentos.
Echando la vista atrás,
pensó en sus primeras carreras por los montes vascos, en donde deslumbró por su
enorme potencial. Desde esa primera carrera sólo habían pasado poco más de 13
años, pero ahora a sus 29, aquello le parecía remotísimo. Recordó sus cientos
de hora de avión, los campeonatos del mundo, y por supuesto, su querido diploma
olímpico en los Juegos Olímpicos de Pekín, en 2008.
Pero también su mente se
ocupó de todos esos malos momentos. De entre todos destacaba su enfermedad.
Aquel maldito hipertiroidismo que casi le cuesta la vida. El peregrinaje por decenas
de médicos y hospitales hasta que dieron con su mal. Recordaba cómo, aquel día,
su corazón se puso a 225 pulsaciones, cuando nunca superaba las 185 en máximo
esfuerzo. Dos años casi perdidos en su vida, con un sufrimiento doble, el
primero por ese estado de debilidad máxima y el segundo tener que dejar la
bicicleta apartada.
Otras lesiones también le
castigaron, así como múltiples averías mecánicas que le privaron, en más de una
ocasión, de un éxito deportivo. Pero los nacidos bajo el signo de la Fuerza,
nunca son derrotados.
De repente, un pequeño
repecho le sacó de sus pensamientos al tener que subir un par de piñones para
relajar el castigo a las piernas. Pese a acercarse al ocaso de su carrera
deportiva, se encontraba pleno. Tenía gran cantidad de proyectos en su cabeza.
Además su primer hijo le tenía en un estado de euforia constante. Por fin iba a
ser padre, le enseñaría todo lo que él sabía, le iniciaría en el mundo de la
bici y en otros deportes, le inculcaría el amor a la familia y a aquella
maravillosa tierra vasca de luces y sombras.
Las señales horarias pitaron
en el viejo radiocasete de aquel Renault Clio gris de 20 años de antigüedad.
Manuel regresaba a casa después de una noche trabajando como voluntario en la
Cruz Roja. Sus ojos se cerraron por un momento y al abrirlos de nuevo sintió un
golpe seco que quebró parcialmente la luna delantera del vehículo y agarrotó su
corazón hasta el punto de sentir que estallaba por dentro.
Iñaki yacía en el suelo. La
débil protección del casco, no evitó que su cabeza sufriera los daños mortales
que, súbitamente, acabaron con su vida. No sufrió. No, el destino cruel no
quiso ensañarse con su alma. La última pedalada, el último aliento, el último
pensamiento y luego un golpe seco, calor y por último oscuridad.
A veces, la pérdida de un
desconocido nos sume en una honda tristeza, a veces los paralelismos nos
sorprenden.
Descansa en paz Iñaki.
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