martes, 18 de diciembre de 2012

Dos ruedas


La mañana despertó sumida en la tristeza. 

Un cielo gris, y una tenue neblina, no alentaban a salir de casa. No obstante,  estaba acostumbrado a pedalear en días similares, ya que en Euskadi, los inviernos eran así.

La noche había sido agradable, pese a que su mujer, con un embarazo avanzado tenía dificultades para descansar. Para Iñaki, dormir al lado de ella era sumamente placentero. Notaba el movimiento del bebé, le gustaba acariciar aquella enorme tripa, tersa y brillante como un pequeño sol. El milagro de la vida se mostraba en todo su esplendor y le hacía alimentar, más si cabe, el amor hacía su mujer. Era consciente de lo maravilloso del sexo femenino, seres capaces de crear vida en un acto supremo de amor. Tan delicadas y tan fuertes, tan racionales y tan pasionales, complemento de las almas perdidas de los varones.

Después de una rápida ducha, se enfundó su traje de ciclismo. El tejido de lycra le proporcionaba un estimulo agradable al presionar la desarrollada musculatura de sus cuádriceps. De esta guisa, desayunó con el sonido tenue de una mini cadena en la que, en aquel momento, sonaban música rock, energizando de esta forma, un aire cargado del aroma de café. En su tazón, Iñaki, acabó con los últimos copos de avena. Siempre le repugno aquella textura pastosa de la misma, pero como al tratarse de un alimento tan energético, la comía con frecuencia.

Tras un último beso a su mujer, y a su tripa, bajó al garaje de su casa, en donde dormían sus bicicletas. Esa mañana dudó, realmente le apetecía rodar por el monte, pero al encontrarse en una fase de su entrenamiento en la que quería mejorar el fondo, optó por la bicicleta de carretera. Así, tras ajustarse el casco, salió por la puerta del garaje que le despidió con un desagradable chirrido de goznes, el cual llegó a sus oídos como un mal presagio.

Los primeros kilómetros siempre eran un poco duros. Debía superar unas fuertes pendientes para abandonar aquel valle donde descansaba el chalet adosado donde vivían y que tanto esfuerzo había costado comprar. La vida de un ciclista profesional es dura y corta, y las remuneraciones van de la mano de los éxitos deportivos, que no siempre llegan cuando uno necesita.

El arcén de la carretera se encontraba mojado e Iñaki trataba de no pisar la raya pintada por el peligro de los resbalones. Una vez que las piernas se encontraron calientes, cambió al plato grande y se instaló en una cómoda velocidad de crucero cercana a los 40 kilómetros hora. Con el paso de los kilómetros y la monotonía de la carretera, se aisló en sus pensamientos. Recordó sus inicios en el ciclismo de la mano de su padre, que fue quien le introdujo en este mundo. Recordaba aquella primera bici, con sus ruidosos ruedines, los miles de kilómetros que recorrió por el pueblo, atronando a los vecinos al rodar por aquellas calles empedradas. El día que le quitaron los ruedines fue uno de los mayores disgustos de su vida, pero pronto aprendió a mantener el equilibrio sobre las dos ruedas. Así otras bicis fueron pasando por su vida, de todas ellas guardaba un especial cariño porque todas estuvieron ligadas a buenos momentos.

Echando la vista atrás, pensó en sus primeras carreras por los montes vascos, en donde deslumbró por su enorme potencial. Desde esa primera carrera sólo habían pasado poco más de 13 años, pero ahora a sus 29, aquello le parecía remotísimo. Recordó sus cientos de hora de avión, los campeonatos del mundo, y por supuesto, su querido diploma olímpico en los Juegos Olímpicos de Pekín, en 2008.

Pero también su mente se ocupó de todos esos malos momentos. De entre todos destacaba su enfermedad. Aquel maldito hipertiroidismo que casi le cuesta la vida. El peregrinaje por decenas de médicos y hospitales hasta que dieron con su mal. Recordaba cómo, aquel día, su corazón se puso a 225 pulsaciones, cuando nunca superaba las 185 en máximo esfuerzo. Dos años casi perdidos en su vida, con un sufrimiento doble, el primero por ese estado de debilidad máxima y el segundo tener que dejar la bicicleta apartada.  

Otras lesiones también le castigaron, así como múltiples averías mecánicas que le privaron, en más de una ocasión, de un éxito deportivo. Pero los nacidos bajo el signo de la Fuerza, nunca son derrotados.

De repente, un pequeño repecho le sacó de sus pensamientos al tener que subir un par de piñones para relajar el castigo a las piernas. Pese a acercarse al ocaso de su carrera deportiva, se encontraba pleno. Tenía gran cantidad de proyectos en su cabeza. Además su primer hijo le tenía en un estado de euforia constante. Por fin iba a ser padre, le enseñaría todo lo que él sabía, le iniciaría en el mundo de la bici y en otros deportes, le inculcaría el amor a la familia y a aquella maravillosa tierra vasca de luces y sombras.

Las señales horarias pitaron en el viejo radiocasete de aquel Renault Clio gris de 20 años de antigüedad. Manuel regresaba a casa después de una noche trabajando como voluntario en la Cruz Roja. Sus ojos se cerraron por un momento y al abrirlos de nuevo sintió un golpe seco que quebró parcialmente la luna delantera del vehículo y agarrotó su corazón hasta el punto de sentir que estallaba por dentro.

Iñaki yacía en el suelo. La débil protección del casco, no evitó que su cabeza sufriera los daños mortales que, súbitamente, acabaron con su vida. No sufrió. No, el destino cruel no quiso ensañarse con su alma. La última pedalada, el último aliento, el último pensamiento y luego un golpe seco, calor y por último oscuridad.

A veces, la pérdida de un desconocido nos sume en una honda tristeza, a veces los paralelismos nos sorprenden.

Descansa en paz  Iñaki.


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miércoles, 5 de diciembre de 2012

Cenizas


Somos seres finitos. 

Si finitos, como una pequeña estrella que está condenada a apagarse, con una pérdida progresiva de energía e ilusión. Nuestra naturaleza biológica nos configura como seres llenos de limitaciones. No podemos volar autónomamente, ni atravesar el ancho mar, una irrisoria variación de grados en la temperatura ambiente provoca nuestro malestar, altera nuestros ritmos, incluso provoca nuestra muerte.

Así nuestra limitada mente, asume este rol, y nos hace este trance vital más liviano, y como si nos inyectara un narcótico, nos proporciona placer, añadiendo nuevas cadenas y lastres, a nuestra pequeña mochila.

En un sistema enemigo de la inteligencia, (pero Inteligencia con mayúscula) nos aborregan y nos dejamos aborregar. Nos niegan la luz, y no somos capaces ni siquiera de percibirla desde las alcantarillas en la que vivimos. Así vemos enemigos donde no los hay, balando como ovejas, y dejamos que nos nieguen el pan, entendido como alimento del alma.

Salgo a la calle y el aire es irrespirable. Sólo veo gris, nieva ceniza en la ciudad desierta.

¿Para que os movéis si no vais a ninguna parte? No podéis avanzar porque ni pisáis el suelo ni percibís el cielo. Así dais vueltas en la rueda del hámster, configurada como una rutina semanal programada como las actividades diarias de un penal.

¿Para qué vais acompañados si estáis solos? Esa mano que das es una unión tan débil que no durará más que lo que tarda en sudar y hacer desagradable el contacto, soltándola entre falsas lágrimas de una tristeza fingida.

¿Para qué reís si vuestra risa suena como el cacarear de una gallina? Si no sale del alma, la risa es sólo una mueca que arruga nuestra cara.

Así en esta dinámica en la que vivís, ofrecéis toda una suerte de rasgos que desprecian el propio regalo que es la vida. Os hacéis desconfiados hacia los demás, juzgáis sin saber. Hacer de juez desde una naturaleza imperfecta como la nuestra, es, en todo caso, un sinsentido, pero además, hacerlo desde la perspectiva de aquel que vive en el subsuelo es aberrante. De este modo, el tonto pasa por listo, el vago por inteligente, el inmaduro por sensible, el inconstante por estresado y viceversa, el sabio es tachado de prepotente, el inteligente es tratado como un inadaptado, el que es capaz de mantener una conversación profunda por pedante, y demás juicios vomitados desde un estomago en el que se mezclan a partes iguales ignorancia y envidia.

Los conceptos puros de amor, libertad, amistad, alegría, nunca estuvieron más lejos.

Aquellos que dinamitan los muros y cortan las cadenas, sobrevuelan los límites culturales con el que nos adoctrinaron. Esto es peligroso, sólo los valientes, los decididos, o los temerarios, dan alguna vez este paso. Desde esta altura el vértigo es constante. Pero una vez superados los primeros mareos, la sensación es increíble.

Eres capaz de conectar con las almas, ellas te hablan directamente, el amor no se limita al amor de alcantarilla del que “disfrutan” muchos, en los que sólo hay interés económico, emocional, vital, o peor aún, una rutina alienante. Amas en el sentido amplio, y eso es maravilloso. Es un amor omnicomprensivo. Esto no quiere decir que nos hagamos unos libidinosos, ni que nos comportemos compulsivamente. Sentimos el amor pleno, y nuestra alma se inflama como el queroseno. Amor inteligente, amor de muchos quilates, aderezada por una pasión en la que nos calamos hasta los huesos.

En este estado no tienes prejuicios de ninguna clase, porque los factores que manejamos son producto de la inteligencia. Los otros, pues otros son. Nos movemos en realidades paralelas, no nos mezclamos.

Y la alegría aparece sin forzarla, no la impostamos, no la atraemos con regalos, somos felices sin querer.

Los de la “caverna” de nuevo nos tacharan de soñadores, idealistas, frikis o en el mejor de los casos, de locos. No nos entenderán al igual que no son capaces de entender como el universo se expande día a día. No todo el mundo es tan valiente, su materialismo les ha destruido y lo peor de todo, es que no lo saben. De nuevo desperdician el regalo de la vida, al igual que el estomago lleno de comida basura, desprecia la mayor de las delicias culinarias.

Y desde esta altura,  la vida en color ofrece paisajes de postal, olores de París, sensaciones intensas, calores del alma, disfrute pleno de los sentidos…

Pero tranquilos niños, la tapa de la alcantarilla no queda sellada, y siempre estará encantada de recibirnos de nuevo, si algún día los mareos nos hacen insoportable la existencia.

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