miércoles, 24 de octubre de 2012

La estrella


Llevaba tiempo queriendo escribir sobre ello. Algunas veces, los objetos, son destinatarios de nuestro cariño por esa capacidad innata que tenemos los humanos de sentir afecto. En este caso se trata de mi viejo Mercedes (serie w124) pero se me hace extensible a todas las series antiguas, que conocí desde mi niñez (W126, W116, W201, R129, W107, W123 hasta las más “recientes” W210 y la impresionante W140, entre otras que recuerdo así de memoria). 


Desde niño he sido un aficionado al mundo de los coches. Era una pasión. Con 5 o 6 años ya era capaz de distinguir decenas de modelos y marcas que circulaban por nuestras antiguas carreteras. Mi pobre madre tenía que sufrir aquella letanía de nombres inconexos cuando viajando conmigo, le “informaba” de todos los coches que pasaban a nuestro lado. A esa temprana edad ya tenía algunos modelos preferidos, que podían ir desde los modestos SEAT Fura hasta el lujurioso Lamborghini Countach. Pero a medida que fui creciendo, empecé a fijarme en aquellos modelos grandotes, de líneas elegantes y coronados por una estrella plateada en lo alto del capó.


Antiguamente en España, se veían muy pocos Mercedes. Éramos un país que comenzaba a desarrollarse, pero que arrastraba un atraso secular. Es por ello que los SIMCA y los SEAT eran legión frente aquellos automóviles alemanes. Sólo los políticos, grandes empresarios o ricos terratenientes eran capaces de acceder a estos vehículos, los cuales, se convirtieron en una forma más de ostentación y de demostración de “alto status”.


Es importante recordar que muchos de estos vehículos alcanzaban precios similares al que podría tener una vivienda media en aquellos años, de ahí su carácter exclusivo. Bien es cierto que junto con Mercedes, otras marcas ofrecían aún más lujo y distinción como puede ser Rolls, Bentley o Jaguar, por citar algunas. Sin entrar en polémicas con los amantes de estas marcas exclusivas, para mí, Mercedes se situaba un escalón por encima en cuanto a innovación, seguridad activa y pasiva, y sobre todo, lo que es más importante, fiabilidad mecánica. Las marcas inglesas ofrecían potentes motores, y unos acabados excelentes con predominios de elementos de lujo, tales como tapicerías exclusivas, uso de maderas nobles, y otros pequeños detalles de confort. Pero su precio de adquisición (y de mantenimiento) desórbitados, una electrónica muy frágil, consumos disparatados y una fiabilidad dudosa convertían a estos vehículos en caprichos de jeques del petróleo.


El lema del fundador, un señor alemán de retrato en blanco y negro, era claro, “lo mejor o nada”. Entendía que vender un producto que no estuviera lo suficientemente probado era sencillamente una falta de respeto para el consumidor. Y este lema marcó el trabajo de los ingenieros de Mercedes durante décadas.
En una época con pocas ayudas informáticas, el trabajo humano era esencial. En el desarrollo de un vehículo se destinaban muchos años. Algunos modelos necesitaron una década para poder salir al mercado. Se hacían maquetas a tamaño real, se probaban los motores hasta la extenuación, se hacían miles de kilómetros por todo tipo de superficies y terrenos y en las condiciones más adversas posibles. En cuanto a la calidad de los materiales empleados, era máxima. No se buscaba el lujo superfluo, si en vez de madera de nogal se tenía que usar plástico, este cumplía las más altas exigencias de fiablidad. Se cuidaban al máximo los detalles. Nada se dejaba al azar. Así, resumiendo las virtudes de estos vehículos por partes:


Motores: La gama de motores siempre fue bastante amplia. En general en los modelos reseñados anteriormente, se partía de cilindradas y potencias no excesivamente altas (normalmente 2000 cm3) hasta casi los 6000 cm3 (con excepción del w116, 450, que montaba un 6.9) y con un rango de potencias que iban desde los 60cv hasta más de 300cv en los motores V8 (y en el exclusivo y más reciente V12). Destacar, que Mercedes fue la pionera en el uso de motores diesel. Desde muy temprano, se interesó por este combustible, propio de barcos, y fue perfeccionándolo hasta conseguir unas potencias y una suavidad aceptable para un vehículo de alta gama. Fueron estos motores diesel de amplia cilindrada y poca potencia, los que dieron la fama de fiabilidad a esta marca.  Todavía en muchos países de África y Asia pueden verse unidades en funcionamiento, algunas con más de 1.000.000 de kilómetros en sus maltrechas carrocerías a punto de la desintegración física.
Otro de los objetivos de la marca fue, desde muy pronto, el ahorro de combustible, sobre todo a raíz de la crisis del petróleo de 1973. Los consumos, si bien, hoy día serían objeto de los sueños más calientes de los dueños de las petroleras, eran contenidos para el estado de la tecnología de la época. Así era posible bajar de los 10 litros en muchos modelos, haciendo conducción tranquila, cuando muchos competidores se acercaban peligrosamente a los 20 o los rebasaban según circunstancias.


Seguridad. Este fue otro de los puntos, en mi opinión, más destacados. Desde muy pronto Mercedes se preocupo de la seguridad de sus vehículos. Los estudios de seguridad pasiva se conseguían haciendo cientos de pruebas de choque, que podían ir desde las tradicionales colisiones, frontales, laterales y traseras hasta otras menos típicas, como arrojar un vehículo en caída libre desde una grúa para que colisionara de frente en la caída, como hacerlo rodar como una croqueta varias vueltas de campana, para comprobar la dureza y rigidez estructural. También comenzaron a implantar zonas de deformación programada, para que en caso de colisión, se pudiera mantener un espacio de supervivencia para los ocupantes del vehículo. Estas zonas se conseguían a través de una ingeniería especial en las carrocerías, aunque en ocasiones, se recurría a soluciones más sencillas como colocar la rueda de repuesto de tal forma en la base del maletero, que en caso de alcance, amortiguase la energía de la colisión.
El interior del coche estaba también íntegramente diseñado en pos de la seguridad. Así, por ejemplo, se eliminaron aristas, se emplearon materiales absorbentes y flexibles (se hacía estrellar un huevo sobre ellos para comprobar el grado de absorción), volantes colapsables para minimizar daños en el pecho, o un avance, que todavía hoy día sigue sin estar presente en todos las marcas, los pedales retráctiles, que en caso de colisión, minimizaban daños en pies y piernas.


Estos avances hoy día hacen casi reír, pero comparado con coches coetáneos, eran impresionantes. Mención especial al Airbag, por el que Mercedes apostó fuertemente, siendo la primera marca en montarlo en un vehículo de serie (modelos W107 y W123) y primero en el doble airbag (conductor y acompañante) en el majestuoso W126. El uso del Airbag fue acompañado de cinturones con pretensores, que garantizaban una sujeción extra en caso de impacto. También apostó fuertemente por el ABS, uno de los mayores logros de seguridad en la historia de la automoción. El primer modelo en montarlo, si no me falla la memoria, fue el W116, en el año 1979. (Como posteriormente fue el ESP, que del que también fue pionero, pero eso ya es otra historia).


Confort. La política de Mercedes, al menos en la mayoría de los modelos de la época, y que comparte con otras marcas germanas, es ofrecer una interminable (y costosa) lista de extras. Es decir, se ofrecía un gran coche, una gran “base”, pero se prescindía de elementos de equipamiento que otras “marcas menores” ofrecían. Así, se producían situaciones cómicas, como que un coche que costaba en 1985, 10.000.000 de pesetas (unos 60.000 euros) y que equipaba un motor de 300 cv, no montaba elevalunas eléctricos de serie, y  en cambio un Ford Orión de apenas 1.000.000 de pesetas, si lo ofrecía. No obstante, luego la lista de extras era interminable, por ejemplo, las más curiosas en mi opinión, entre otras (dependiendo de época y modelo claro está):

  • Doble botiquín (todos los Mercedes montaban uno).
  • Termómetro de temperatura exterior.
  • Depósito de combustible de 90 litros.
  • Tapicería “Velour”.
  • Asientos “ortopédicos” (daban masaje) y calefactables (en versiones posteriores también con aire fresco).
  • 5ª marcha. Durante muchos años Mercedes no fue partidaria de cinco velocidades y todos sus coches de esta época venían con 4, cuando ya la mayoría de las marcas montaban 5 velocidades (los famosos Renault 5, 9 y 11 que lo destacaban como un avance con una chapita en el maletero). Asi que durante mucho tiempo fue un extra que había que pagar.
  • Calefacción programable. (Permitía que la calefacción se encendiese a una hora programada, para entrar al coche caliente).
  • Climatizador bizona (en un coche de 1980).
  • Extintor.
  • Sistema 4MATIC ( sistema de tracción a las 4 ruedas).



Mi W124, 260E

Se trataba de una versión “rebajada” del 300E, por motivo de impuestos. Era el acceso a los 6 cilindros (ya que el modelo inferior, el 230E era un 4 cilindros). La potencia entregada era de unos 170 cv (variaba unos cv arriba, en función de si la versión venía con catalizador o sin él). El mío venía sin catalizar. Este motor era una delicia de suavidad. El sonido era muy fino. En bajas rpm, era muy perezoso, pero en altas rugía como una fiera. Era un prodigio de elasticidad, podías meter la tercera velocidad a 40 por hora y estirarla hasta un máximo  (según manual) de 160 km/h!!!!
Montaba la famosa inyección electrónica Bosch KE- JETRONIC (que con los años podía dar problemas, como en mi caso).
Una de las cosas más destacadas de estos modelos era su suave rodar, su aplomo. Esta sensación se conseguía gracias a un magnifico chasis, un excelente aislamiento, y un elaborado conjunto de suspensiones. Montaba un eje trasero multibrazo, un avance que hoy día se destaca como una virtud en muchos modelos actuales (recuérdese el famoso Ford Focus y su fama de estabilidad), en un coche de hace 30 años!!!


En el interior contaba con tapicería de cuero, que pese a la edad estaba, impoluta, 4 elevalunas eléctricos, calefacción bizona y ABS, entre otros. 
El maletero era impresionante, rondando los 500 litros de carga.
Ahora pequeños detalles que me encantaban:
  • El coche se entregaba con 5 llaves. Una de ellas, venía sin montura, envuelta en una fundita de plástico, para que se pudiese llevar por ejemplo en la cartera, para caso de emergencia.
  • El botiquín. Con gasas, tijeras de calidad, y pastillas.
  • Las ópticas traseras tenían forma escalonada. Esto era una firma de identidad de los mercedes hasta la década de los 90. Ello conseguía que las luces fueran visibles en todas las condiciones, impidiendo que barro o nieve las cubriese totalmente.
  • Las salidas de agua del parabrisas, tenían unos cables que mandaban calor, para impedir que cuando helase, pudiera salir agua igualmente.
  • El limpiaparabrisas. Un prodigio de la técnica. Se trataba de un unibrazo, que realizaba un movimiento lateral y ascendente que barría la práctica totalidad del parabrisas con una suavidad de funcionamiento que nunca he vuelto a ver en un coche. (Otra de las cosas  que abandonó Mercedes en la actualidad).
  • La capacidad de giro. Gracias a un sistema de dirección especial, era capaz de maniobrar en muy poco espacio, facilitando enormemente el aparcado.
  • La comodidad de los asientos (se decía que eran diseñados bajo criterios médicos).
  • Avisador luminoso del cinturón de seguridad (adelantado a la época).
  • Testigo de bombillas fundidas.
  • Por los aireadores centrales nunca salía aire caliente, para evitar el sopor en el conductor.
  • Tracción trasera, con sus “sensaciones”
  • Una sensación de seguridad y clase al volante especiales.


Cada vez que veo una máquina de estas ir al desgüace, siento un nudo en el estómago, y me invade una tristeza al pensar, el cuidado y la pasión que fueron empleadas en estos vehículos excepcionales y yo diría que irrepetibles.


Todas las marcas mencionadas son propiedad se sus respectivos  dueños.


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lunes, 15 de octubre de 2012

New York


¿Carla me estas escuchando?
Si, si, perdona, quizá es que me he levantado un poco cansada hoy, o puede que no haya calentado bien las cuerdas…


Carla, se sentó y suspiró profundamente, mientras su tutor, buscaba algo entre los papeles que se amontonaban sobre aquel viejo “Steinway & Sons”. Ella, agradeció aquella pausa, porque realmente aquel día no se encontraba bien.  Notaba una opresión en el pecho, una falta de energía y motivación, que la incapacitaba para la clase de ese día. Hacía 3 años ya que Clara había obtenido una beca para estudiar canto en Nueva York, gracias a la relación sentimental que mantenía con el director del Coro de Jóvenes Promesas, y que le posibilitó dejar su trabajo en Madrid y abordar un futuro prometedor en el mundo del canto lírico.


Durante este tiempo, lejos de su casa, no había tenido excesiva nostalgia, más allá del recuerdo de aquellas cremitas de verduras tan ricas que hacía su madre. Tras muchos años de depresión, era una mujer capaz de mantener sus pensamientos en orden, y evitaba, a toda costa, almacenar pensamientos negativos en su cabeza. Pero, aquella mañana, quizá la copiosa lluvia que caía sobre la mega urbe, había mojado algún rincón, que ella pensaba que estaba a cubierto, y se notó dudar. Su relación marchaba bien, su novio, pesé a la diferencia de edad, era capaz de darle lo que ella necesitaba. Había alguna faceta en concreto, que él no era capaz de cubrir, pero Carla, era muy autosuficiente en muchas cosas, y en esa, también.


De repente, su tutor, le hizo salir de estas reflexiones.

-Sé que estas “Cantatas” son duras, el alemán antiguo está claro que no es tu fuerte-  añadió Peter, que así se llamaba su tutor. Tenemos que evitar esa palatización inglesa o la actuación del sábado será un desastre.

-Sabes que mi alemán ha mejorado muchísimo, y además, ¿crees que el público va a distinguir estos pequeños matices?- añadió Clara, en una defensa pueril, puesto que ella era la primera que buscaba la perfección en cada nota que salía de su laringe.

Y tras este diálogo, volvió a sentir, que su corazón se ralentizaba.  Recordó lo mucho que le gustaba el alemán a Alfredo. Pensó en lo mucho que habría mejorado en estos tres últimos años. Y por un momento la nostalgia abrazó su pecho. La relación se había roto de forma definitiva poco antes de volar a Estados Unidos, pero aquella ruptura nunca tuvo ninguna credibilidad. Simplemente fue un paso adelante, una reacción a un inmovilismo que a Carla, en aquel momento de juventud, la exasperaba.


Peter, descontento, pesé a notarla lejos de allí, siguió con la lista de mejoras que esperaba de una cantante, en su opinión, con tanto futuro.

-Otra cosa que debes poner especial atención es al “vibrato”-comentó.

-No me acaba de convencer como lo ejecutas. En mi ya amplia experiencia puedo decirte que, una de las cosas que hacer sobresalir a una cantante lírica es dominarlo. Como sabes,  los pulsos de flujo de aire emitidos desde la glotis y su modulación es la variación de la frecuencia fundamental y la amplitud a lo largo de varios ciclos, La regularidad de la frecuencia entre un ciclo y otro es un signo de destreza vocal- explicó con un dogmatismo propio de docente universitario.

Clara odiaba los tecnicismos, y si bien entendía donde residía el problema, puso cara de aburrimiento. Peter, trató de hacer la explicación menos áspera,

-El “vibrato” hace que la voz suene agradable, viva, excitante, cálida, menos mecánica que un tono plano, da naturalidad al sonido vocal. La mayoría de los cantantes lo consideran un elemento deseable, un ornamento o una característica de sus voces- puntualizó y acto seguido le hizo una demostración, acompañado del piano.


Aquellas breves notas, la turbaron de nuevo. Estaba irreconocible, aquel corazón era lo que ahora vibraba, y como despertado de un sueño, se rebelaba contra aquel destino. Por un momento, se notó extraña. En un lugar lejano, con gente gris programados como robots, que no tenían tiempo ni para comer, y se subalimentaban con aquella basura gastronómica que vendían esos puestos callejeros tan típicos de esta ciudad.  Había despertado de un coma y reclamaba calor. ¿Y su novio no podía dárselo? Ahora lo veía como un padre, o un protector, pero nunca como un novio. Los 15 años de diferencia de edad, le pesaron como 15 toneladas.  La pasión enterrada, rompiendo el ataúd, le abofeteó su bello rostro y le reclamó lo que era suyo.


De repente tuvo necesidad de gritar, el aire se hacía irrespirable, se notaba como un animal encerrado en una jaula. Cogió el móvil y quiso llamar. Su fino dedo recorrió rápido aquella pantalla táctil, pero no encontró lo que estaba buscando. Necesitaba hablar con él, ninguna otra cosa le preocupaba ahora.


Peter, preocupado, trato de tranquilizarla. Pensó que aquella turbación se debía a un exceso de trabajo. Le trajo un vaso de agua, que Carla bebió de un solo trago. Ante la falta de mejora, decidió que lo mejor sería llevarla a casa. Allí la dejó. Ella, como un zombie se arrastró hacia la cama, y como pudo, sin desvestirse, se arropo fuertemente. Tiritaba, su cuidada mandíbula, sólo era capaz de pronunciar un nombre…


De repente, una llamada hizo vibrar su móvil… 



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jueves, 11 de octubre de 2012

30/2


Clara cerró el cajón de golpe. Aquella camiseta que se acababa de probar no le quedaba nada bien, y pese haber sido una de sus favoritas, la metió arrugada de nuevo en el cajón. Inmersa en la soledad de su habitación, volvió a mirarse en el espejo. Últimamente era capaz de pasarse horas observándose,  eclipsada por aquel nuevo cuerpo que  intentaba reconocer hasta en sus más íntimos rincones.


Le gustaba peinarse su larga melena. La tendencia de aquella generosa cabellera morena era rizarse, cosa que a Clara le irritaba profundamente. Y por eso, se pasaba las horas con su cepillo, recorriéndola de arriba abajo hasta que sus delgados brazos no podían ya más. En ese momento, su pelo negro mostraba ya un atractivo brillo azabache. Pese a todo este esfuerzo, las puntas describían una ligera ondulación en la parte más baja, y ella se las agarraba tratando de conseguir, a base de tirones, una rectitud germánica en aquel precioso pelo.


Una vez acabó aquella tortura capilar, sus pequeñas y estilizadas manos, con unas uñas cortas pintadas clandestinamente de rojo (ya que su madre le tenía prohibido todo tipo de maquillaje o pintura)  se detuvieron en su pecho. Quizá era la parte de su cuerpo que más había cambiado. Todavía se acordaba cuando poco tiempo atrás jugaba con su primo en la piscina, con todo él descubierto. Un buen día, su madre, decidió que era mejor que empezara a taparse la parte de arriba, sin que ella en aquel momento entendiese el motivo que le hacía diferente a su primo. Ahora sus pechos habían crecido considerablemente, muy por encima de la media de las compañeras de su clase. Cansada de aquel sujetador infantil, lleno de colorines y ositos, soltó el enganche, y liberó sus voluptuosos senos. Su forma era armoniosa, le gustaba acariciárselos ya que la piel era más suave que la propia seda. A veces se los apretaba suavemente, y notaba como sus rosados pezones, sufrían un engrosamiento considerable, sin que Clara supiera muy bien el motivo.


A su edad, había perdido parte de su inocencia. Los chicos de su clase, hacían chistes sobre pechos, y comprobó con cierto desagrado, cómo su profesor de tecnología, detenía sus ojos un tiempo excesivo sobre el escote de su uniforme, cuando se sentaba en las primeras filas del aula. Pablo, no obstante, solo era capaz de dirigirla miradas clandestinas, cuando pensaba que ella estaba distraída o salía a la pizarra a resolver aquellos problemas  matemáticos.


Segura en aquel cuarto en semipenumbra, Clara se quitó la parte de debajo de su pijama. Aquella parte de su cuerpo, le provocaba cierto rechazo. La increíble suavidad de todo su cuerpo, se rompía por aquella franja coronada por una línea de un pelo de un grosor distinto, que a ella le parecía demasiado fuerte. Una de sus amigas ,en una charla a través del chat del Tuenti, le comentó que ella eliminaba aquellos desordenados pelos, dejando una continuidad de suavidad por todo el cuerpo. Pero Clara no se atrevía a dar aquel paso. Cogió unas tijeras del bote de lápices, aquellas tijeras de colores usados para trabajos en el colegio y que todavía conservaba, y se las acercó. No obstante, no se atrevió a cortar. Volvió a guardar las tijeras y acaricio tímidamente toda la zona. No le gustaba hacerlo, porque notaba una incómoda humedad que la hacía sentirse sucia, sobre todo cuando en clase, sin saber muy bien por qué motivo, notaba ese calor.


Pero ahora después de la ducha que acaba de darse, detuvo rápido aquella exploración y rápidamente colocó su ropa interior. Además su madre estaría a punto de llegar a casa del trabajo y como siempre, entraría sin permiso en la habitación para preguntarla que tal iba con los exámenes. Por eso, acabó de vestirse. Se puso una camiseta rosa, con partes de pedrería, y unos pantalones vaqueros oscuros, que debido a su excesivo ajuste, remarcaban un trasero firme y demasiado generoso para una chica de su edad. Con cierto complejo por su altura, (sacaba casi una cabeza a Pablo), evitaba cualquier posible tacón y por eso se colocó sus Converse negras. Su madre odiaba aquellas zapatillas, que además había adornado con unos cordones de colores brillantes, porque en su opinión estaban ya para tirarlas.


De un rincón a tras mano del armario sacó una cajita. Allí guardaba todo su pequeño arsenal de maquillaje. Sabía que si su madre lo descubría, se lo tiraría a la basura sin miramientos. Cogió el lápiz de ojos, y con un pulso firme, se pinto la raya, haciendo que sus bonitos ojos verdes destacasen aún más. Acto seguido agarró aquel tubito que contenía el rímel, pero descartó aplicarlo sobre las pestañas. Estas eran largas y curvadas, no necesitaba cargarlas de ese unte pegajoso. A lo que no quiso renunciar fue a la sombra de ojos. Abrió un estuche que contenía 4 colores, y sin pensarlo, mancho su dedo índice de aquel pigmento de color indefinido. Cerró uno de sus ojos y lo aplicó sobre el párpado, repitiendo el mismo proceso con el otro ojo. Pestañeo, una par de veces, y quedó medianamente convencida de su obra. Lo cierto es, que tenía una mirada cautivadora, mezcla de una belleza innata,  juventud y una atractiva inocencia. Con la brocha manchada de color, dudó si aplicarse colorete, pero de inmediato, cambió de opinión dejando aquella suave brocha. Su piel era inmaculada. Presentaba algún pequeño granito, contra los que ella luchaba día y noche, explotando su blanco contenido. Pero la piel de su rostro era tersa, fina, y con un color rosado, lleno de vida. Sus labios eran rojo intenso, a ella le parecían algo exagerados, sobre todo el superior, con una anchura y carnosidad exuberante. Por eso, Clara prefería no hacerlos destacar, y se limitaba a aplicar un cacao o vaselina de una cajita rosa. Con ese ligero brillo la boca se hacía realmente irresistible, sobre todo cuando sonriendo tímidamente mostraba aquella dentadura de nieve.


Una vez concluido el proceso, guardó todo en la caja, escondiéndola en su armario de nuevo. Sobre la mesita de noche, reposaban varios frascos de cristal de formas curiosas e irregulares. Escogió uno en forma de balón de futbol y se aplicó dos pulverizaciones sobre el pecho y sobre aquel estilizado cuello que todavía nadie había recorrido.

Así, lanzando un beso al espejo de su habitación, agarró su cazadora, y salió a la calle. No sabía si Pablo la esperaba ya...




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miércoles, 3 de octubre de 2012

Octubre del 2010


El viento volvió a hacer crujir aquella ventana de madera. Una ráfaga curiosa, se coló entre alguno de los muchos resquicios que esta dejaba haciéndome sentir un ligero escalofrio. En un acto reflejo me acurruque en su regazo. Mi oído fue a parar cerca de su pecho. Sólo los latidos de aquel joven corazón rompían el silencio de la estancia. Su rítmico compás me producía una tranquilidad difícilmente descriptible. Cuánta paz, que inmensa calma sentía a su lado. Ella, sin abrir sus preciosos ojos, movió su mano acariciando mi cabeza, limpiando mi mente de cualquier temor o negatividad que pudiera albergar. Los problemas que antaño me atormentaban volaban lejos con aquel contacto, como si se tratara de una curación milagrosa.
Su olor me era ya familiar, que suave esencia emanaban los poros de su piel. Era un aroma que quedaba impregnado en mi ropa y que luego, horas después cuando ya no disfrutaba de su presencia, era capaz de recordarme a mi amada. El tiempo a su lado parecía detenerse. Era como entrar en otra realidad en donde el cruel minutero era anulado; podía estar horas así, callado, sin hablar, o simplemente murmurando algo al oído en un estado de ataraxia.
Me sentía afortunado. Ella era un alma sensible capaz de entenderme. 

Su corta edad, no era impedimento para que nuestras visiones del mundo fueran similares. Ella, paciente como sólo una persona verdaderamente enamorada es capaz de ser, entendió mis circunstancias y subordinó todo lo demás a nuestro amor. Nuestra inicial lejanía al vivir en distintas ciudades, y unas experiencias muy distintas fueron anuladas por nuestro verdadero cariño. Yo iniciaba una nueva vida a su lado, ahora todo aquello quedaba lejos, y poco a poco iniciamos un proceso de engranaje. Nuestros respectivos defectos fueron expuestos con calma, sin malsana pasión y comenzamos a corregirlos convencidos de que aquello era lo mejor para ambos.


Su gran inteligencia emocional, la dotaba de aptitudes envidiables. Era igualmente capaz de apagar mi a veces temperamental carácter de Tauro, como de agitar mi ánimo cuando este alguna vez se encontraba bajo. Sabía que así me hacía casi invencible. Fuera de esas pequeñas discordancias, ella sabía que mi dedicación hacia ella era total. Por su parte, y fruto de esa gran inteligencia con que la dotó la naturaleza, era dócil cuando debía serlo. Yo trataba de enseñarla, le hice entender que sin saber, que sin conocimiento, sólo seriamos animales o, peor aún, cosas. Sé que algunos temas le aburrían o no entendía del todo, pero no se revelaba como una niña, se limitaba a ponerme una mirada especial con la que yo entendía que debía cesar en mi empeño. Nunca fui una persona impositiva. Además, con ella no era necesario. Sabia negociar, así nunca teníamos la sensación de que uno se salía siempre con la suya.

Cierto es, que ella alguna vez tendía a la tristeza, pero esta siempre se curaba con un abrazo, un paseo, o simplemente hablando. Respetaba su espacio vital, las almas a veces necesitan recargarse en una soledad necesaria, que sin llegar a ser patológica, forma parte de la misma esencia humana.


Los años, la experiencia nos enseña que en esta vida tendremos siempre la sensación, no sé si cierta o no, de dar más que recibir. En nuestra relación no nos rebajábamos a esas pequeñeces. Había meses en los que uno estaba a tope y regalaba su energía a la otra persona y viceversa. No llevábamos un libro de cuentas.


Éramos francos el uno con el otro, pero siempre con delicadeza, las cosas se decían con consideración y en su momento oportuno. No como ataques o reproches. No obstante asumíamos nuestros errores y pasábamos a corregirlos, dándole la importancia que merecían. Nunca nos enfadamos por un comentario de este tipo. Ya que existe gente que te piden franqueza y luego se sienten gravemente ofendidos cuando se la das.
Pero lo cierto es que en nuestro vínculo las discusiones eran mínimas. Los dos gozábamos de un sentido del humor parecido y eso limaba muchas asperezas. Si bien el mío tendía a ser más negro y nihilista, ambos nos reíamos con las tonterías que, como bálsamo, aparecían en el día a día.


Ella se quería y así era capaz de querer a otra persona. Los dos nos sentíamos valorados y eso hacía muy fuerte el vínculo. Creíamos que éramos los mejores, el mundo exterior nos importaba lo justo.


P.D. :Ayer viendo la tele, en un programa, que por vergüenza no citaré, llevaron a unas parejitas de ancianos que llevaban más de 50 años casados y no sé cuantos de novios. Los contertulios trataron de hacer mofa de ellos, ridiculizando aquella fidelidad, aquellos besos que tardaban meses en llegar, haciendo apología encubierta de los amores actuales. Fueron vistos como una especie de imbéciles sacados de una película del tiempo del blanco y negro. Sólo quiero decir que, con el paso del tiempo, que pone todo en su lugar, se demostrará quienes han sido los verdaderos imbéciles.

El tiempo que gran justiciero de los justos…

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lunes, 1 de octubre de 2012

Sábado

Me retorcí tratando de buscar el móvil en el bolsillo de aquel traje. La butaca protestó ante aquel brusco movimiento con un sonoro crujido, que pasó desapercibido debido al ruido que provocaba en la sala la gente que intentaba acomodarse. Pulsé el botón de apagado de aquel móvil para evitar alguna llamada inoportuna. Al volver a depositarlo en el bolsillo de la chaqueta, recordé, con cierta nostalgia, cómo Clara criticaba aquel aparatito por considerarlo un artilugio poco adaptado a los tiempos modernos. Ahora después de todo lo ocurrido, aquella queja me resultó graciosa. En el fondo, ella tenía razón. La manía por no adaptarse a las nuevas tecnologías sólo era una resistencia fútil ante la que, años más tarde, todas las personas “civilizadas” acabábamos rindiendo pleitesía, y entre los que, como no podía ser de otro modo, se encontraba este beduino.

La imagen de Clara me recordó el motivo por el cual estaba allí. Era un sábado cualquiera, uno de esos anhelados días por los que mataría cuando los lunes suena el despertador a las 6.30 de la mañana; sin embargo luego al llegar la fecha, esos maravillosos planes que rondaban mi cabeza durante la semana , se me iban al traste, generalmente a causa de una soledad que difícilmente conseguía romper con agradables compañías. Pero aquel sábado era distinto, no quería empezar con mi letanía de quejas y decidí salir sólo de casa. Me apetecía ponerme un traje, estaba un poco cansado de mi atuendo “sport” y embutido en aquella prenda de color azul marino, salí a la calle aquella tarde otoñal, de la mano de aquella tímida tristeza.


Reconozco que la música clásica a veces se me hacía excesivamente aburrida. No tenía problema en reconocerlo pesé a ser tachado de Dios sabe qué, por los amantes del género, aquellos que lo mismo escuchan cantatas barrocas, piezas románticas o música clásica contemporánea disfrutando con todos los géneros y compositores posibles. Pero el cartel que proponía aquel auditorio para ese día, realmente me pareció interesante. Entre las piezas de la actuación, se incluía la presencia de un coro, que interpretaría varias obras.

 En un momento de tormento espiritual, un conjunto coral podía servir para elevar el alma del fango al que normalmente le conduce la vida cotidiana. Con orden cuasi militar los integrantes del coro hicieron su aparición en el escenario, con esa solemnidad propia de los grandes momentos. La verdad que con aquellos ropajes monótonos, que anulan la individualidad, era realmente difícil reparar en un rostro en concreto. No obstante, aquella tarde me encontraba muy cerca del escenario, y gracias a ello pude contemplar todo con suficiente precisión. Como si se tratara de una señal divina, el foco que alumbraba la escena fue a pararse durante unos segundos en aquella cara. Mis ojos, al igual que las mariposas que quedan cautivadas por la luz de una lámpara en la noche, no pudieron resistir y se clavaron en ella. Un escalofrio me recorrió todo el cuerpo notando una presión insoportable en el cráneo, como si fuera a explotar. Aquel rostro me atrapó. Se trataba de una chica joven, no sabría precisar la edad, pero claramente no alcanzaba todavía la treintena. La piel era clara, sin rasgos crueles del paso del tiempo. Los ojos claros, se perdían en el fondo del auditorio sin perseguir un objetivo, denotaban una fuerza especial. Pese a su serenidad, unas gotas de tristeza purgaban por salir de ellos, pero, quizá debido a la emoción del momento, conseguían mantener una serenidad sensual. Las pestañas eran largas, y en cada pestañeo acentuaban la belleza de los ojos, como un complemento maravilloso. Si algo consigue cautivarme en una mujer son sus labios. La boca, ese órgano que nos mantiene con vida, gracias a los alimentos del cuerpo, los que comemos a diario, y los del alma, los besos, era simplemente perfecta. La carnosidad y su precioso color rosado hacia despertar una necesidad imperiosa de besarlos. Era una boca generosa, llena de vida, afortunado aquel que hubiera podido sentirla cerca. Los demás rasgos faciales eran matemáticamente armoniosos, como si la nariz o las orejas, tuvieran miedo de romper aquella obra perfecta.


Como consecuencia de un gesto del director del coro, esbozó una sonrisa que acabó de turbarme y acelerar el pulso hasta niveles cercanos a la taquicardia. A partir de ese momento, mi exterior, como si un agujero espacial lo hubiera absorbido todo, quedo limitado a su imagen. Comenzó la actuación, las voces surgieron con fuerza, levantando al cielo las notas de la partitura. Como consecuencia del notable esfuerzo que requería aquella pieza, que hoy día no soy capaz de recordar su nombre, ella sufrió un momentáneo enrojecimiento que realzó aún más su atractivo, como si la sangre que recorría su cuerpo, la presentara como un ser pleno de vida. Fruto quizá de mi turbación, por un momento quise percibir que sus ojos se detenían por un momento en mi figura, en un gesto momentáneo de humanidad que le hacía descender de los altares a los que aquellas maravillosas voces le habían ascendido.


 Después todo ocurrió rápido. La obra llegó a su fin, y los aplausos comenzaron a atronar el auditorio. Como consecuencia del palmeo, la señora que ocupaba el asiento contiguo, dejó caer uno de los pendientes de perlas que llevaba. En un gesto de cortesía comencé a buscarlo debajo de las butacas, palpando cada rincón de aquel suelo enmoquetado. Al poco, conseguí encontrarlo entre las bisagras de uno de aquellos arcaicos butacones. No sé cuánto tiempo transcurrió, pero fue el suficiente para que me perdiera la ordenada salida del escenario de los miembros del coro.

 Como aquel que es despertado por un ruido súbito de un sueño agradable, perdiendo la esencia del mismo, traté de hacer que mi mente volviera a verse inundado por el calor de su imagen. Pero, como un enfermo adicto a su medicación, necesité más que un leve recuerdo, y corrí presuroso hacia la salida, tratando de colocarme en una posición desde donde comprobar todas y cada una de las personas que abandonaban aquel lugar. Pero mi pretensión fue infructuosa. Uno a uno fueron abandonando el auditorio, algunos solitarios, otros con familiares, novios, maridos…Luchando por no reconocer lo evidente, aproximadamente tras una hora que se me hizo interminable, se cerraron de forma definitiva las puertas y mi esperanza de volver a verla, se diluyó de forma definitiva, al igual que un hielo en una copa de wisky.

Me incorporé de aquel frio banco de piedra, y abrazando de nuevo la tristeza, caminé sin dirección hacia ningún lugar, perdiéndome entra la solitaria muchedumbre que a esas horas colmaba el metro de Madrid.


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