De nuevo en la cima de esta montaña que el tiempo y las inclemencias no han conseguido erosionar, quiero de nuevo sentirte cerca de mí. No es fácil escribir sentimientos, muchos otros lo intentaron con mayor o menor éxito en tiempos pretéritos, grandes poetas, de plumas sutiles y lírica exquisita y otros tantos lo intentaran en un futuro movidos por el palpitar de sus corazones ardientes.
El anhelo de tu amor es algo que transciende las reglas elementales de la lógica. La razón y el corazón se bifurcan tomando veredas distintas y enfrentadas, invadiendo uno el terreno del otro, y arrasando con fuego su terreno delimitado. En esta noche cálida, antesala de un otoño que ya se deja sentir en el aroma del viento, te siento tan lejos, que necesito escribir unas torpes líneas para ahogar de alguna forma el pesar de tu ausencia, la incomprensión de tu amor generoso pero intransigente, como el niño que ama a su madre pero la desobedece movido por ocultos resortes de la torpe naturaleza humana.
Me da igual que no me entiendas o que yo no te entienda a ti, se que la comprensión de los humanos es un pequeño candil en un océano neblinoso, capaz solo de alumbrar unos pocos metros al frente de la proa de esta barquita vacilante. En estos instantes, en el silencio cómplice de la noche extremeña, te veo dibujada en mi mente, y no quiero preguntarme el por qué de todo, solo quiero sentir ese calor, esas suaves manos rozando de nuevo mi piel, una piel fría, acostumbrada a la soledad de un cuarto vacío, de colchón viejo y sábanas arrugadas. Tu mirada, si, de esos ojos tristes, que en toda su claridad estaban condenados quizá a contemplar oscuridad y sombras mentirosas, me contempla ahora, como antes lo hicieron muchas veces. Hoy ya no derraman lágrimas, hasta los manantiales mas generosos acaban secándose si el sol inclemente y la ausencia de lluvia así lo provocan.
No me preguntes, no quiero que te esfuerces en darme argumentos de tu vida. Eso lo dejamos ya por imposible, sólo Dios en su infinita sabiduría es capaz de entenderte. Ahora sólo quiero tu calor, el calor de ese braserito, un calor que me mantenga vivo, no podemos vivir siempre en nuestra mansión de hielo.
La fortaleza del guerrero se esfuma cuando este retira la armadura de su cuerpo al llegar a su hogar. Desnudo de metales, deja que las manos de ella, atraviesen sus sentidos, como quizá alguna flecha atravesará su corazón en el campo de batalla. El calor se vuelve familiar, un sentimiento de paz hace descansar un corazón atormentado. No quiero excesos hoy, no quiero consumirme rápido...Quiero detener el tiempo, quiero dejar que la gota vaya llenando poco a poco esta copa nuestra. Traspasar el umbral que a mi tanto me gusta, de una razón intrusiva, que domina nuestra existencia en la carne pero que se ve desbordada para dominar el espíritu...Ojala fuéramos sólo esencia.
Nuestra alma muestra a veces su hastío y trata de abandonar un cuerpo esclavizador, que intenta limitar la fuerza de lo que no se ve, de lo que no se toca...A medida que pasa el tiempo, voy perdiendo peso y ganando volumen en el otro universo. Y en tu presencia eso es más fácil lograrlo. Y en la nada, o en el todo, que más da eso ahora, nos conectamos, nos entendemos, nos sublimamos, en ausencia de ruidos o imágenes desagradables. Aquí todo es distinto, no me persiguen los fantasmas que habitan en esas profundidades a las que a veces caemos, ni me incordian ni me violentan fantoches de caras abotargadas. Sólo delicadeza, bendita delicadeza, en un mundo acostumbrado a pisotear como ovejas sin control, esas pequeñas flores de invierno. Siento en nosotros ese estado de vulnerabilidad, como una pompa que flota en el aire y que en cualquier momento dejará de existir. Existir o no es una cuestión intrascendente, ahora estas aquí, y por eso, esta noche sentiré que todo mereció la pena. Mañana el martilleo del despertador anunciará el devenir de un nuevo día, de un nuevo sol, que infatigable e impasible ante las pequeñeces humanas despuntará radiante al Alba.
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