La historia de hoy va por todos vosotros.
Por los perdedores, si por los perdedores aquellos que en un intento de llegar a algún lugar no pudieron por sus propias limitaciones físicas o psíquicas, por ser sacados del camino por otro más fuerte, por ser objeto de la maldad humana o simplemente pisoteados por esto a lo que llamamos vida.
Los que no alcanzaron el buen puerto, aquel que desde la popa del barco intentaban divisar los días claros y con el que soñaban llegar y dejar por fin de moverse al son de mareas caprichosas y vientos implacables. La tormenta hundió su frágil barco y arrastro todas las esperanzas a unos abismos de oscuridad desconocidos.
Los que no llegaron a besar a su amada. Nunca se tuvo valor para dar ese paso, se desperdició el tiempo y este, como buen dios vengativo, se la llevó para siempre. Ahora ella no existe, y aunque tratas inútilmente de buscar su cara en la superficie de la luna, esta sólo te devuelve una desoladora palidez y su brillante claridad quema en esa herida que nunca deja de sangrar.
Los que no quisieron seguir el camino marcado, los que tenían algo que decir distinto, los que se enfrentaron a su realidad, los que no plegaron la rodilla ni besaron su mano. Fueron perseguidos con igual dosis de miedo y odio y valiéndose de una estúpida superioridad numérica, se les segó la vida, al igual que pisamos a las hormigas al creerlas molestos insectos.
Los que la vida les escupió en este mundo de robots de piel y hueso. Y por no llevar reloj, se sintieron perdidos en el ritmo y quedaron fuera del baile. Al igual, que a los menos guapos del pueblo, nadie les sacó a bailar y fueron incapaces por si mismos de animarse en esta macabra fiesta.
Los que nacieron con el viento en contra. Animosos empezaron esta empresa y trataron con gran esfuerzo de subir cumbres a pie mientras otros lo hacían a caballo, tratando de avanzar siempre en lucha contra los elementos. Un día, una ráfaga más fuerte de lo normal, les partió el cuello y cayeron desplomados dejando en el camino la vida.
Por todos, un segundo de gloria os bastó, presentíais el final pero no había otra salida y si la había, no era para vosotros.
Desde el lugar en el que os encontráis, descansando el apaleado cuerpo nos miráis con el mismo desprecio que la vida os ofreció.
Paz
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