Somos seres finitos.
Si
finitos, como una pequeña estrella que está condenada a apagarse, con una pérdida
progresiva de energía e ilusión. Nuestra naturaleza biológica nos configura
como seres llenos de limitaciones. No podemos volar autónomamente, ni atravesar
el ancho mar, una irrisoria variación de grados en la temperatura ambiente
provoca nuestro malestar, altera nuestros ritmos, incluso provoca nuestra
muerte.
Así nuestra limitada mente,
asume este rol, y nos hace este trance vital más liviano, y como si nos inyectara
un narcótico, nos proporciona placer, añadiendo nuevas cadenas y lastres, a
nuestra pequeña mochila.
En un sistema enemigo de la
inteligencia, (pero Inteligencia con mayúscula) nos aborregan y nos dejamos
aborregar. Nos niegan la luz, y no somos capaces ni siquiera de percibirla
desde las alcantarillas en la que vivimos. Así vemos enemigos donde no los hay,
balando como ovejas, y dejamos que nos nieguen el pan, entendido como alimento
del alma.
Salgo a la calle y el aire
es irrespirable. Sólo veo gris, nieva ceniza en la ciudad desierta.
¿Para que os movéis si no
vais a ninguna parte? No podéis avanzar porque ni pisáis el suelo ni percibís
el cielo. Así dais vueltas en la rueda del hámster, configurada como una rutina
semanal programada como las actividades diarias de un penal.
¿Para qué vais acompañados
si estáis solos? Esa mano que das es una unión tan débil que no durará más que
lo que tarda en sudar y hacer desagradable el contacto, soltándola entre falsas
lágrimas de una tristeza fingida.
¿Para qué reís si vuestra
risa suena como el cacarear de una gallina? Si no sale del alma, la risa es
sólo una mueca que arruga nuestra cara.
Así en esta dinámica en la
que vivís, ofrecéis toda una suerte de rasgos que desprecian el propio regalo
que es la vida. Os hacéis desconfiados hacia los demás, juzgáis sin saber. Hacer
de juez desde una naturaleza imperfecta como la nuestra, es, en todo caso, un
sinsentido, pero además, hacerlo desde la perspectiva de aquel que vive en el
subsuelo es aberrante. De este modo, el tonto pasa por listo, el vago por
inteligente, el inmaduro por sensible, el inconstante por estresado y
viceversa, el sabio es tachado de prepotente, el inteligente es tratado como un
inadaptado, el que es capaz de mantener una conversación profunda por pedante,
y demás juicios vomitados desde un estomago en el que se mezclan a partes
iguales ignorancia y envidia.
Los conceptos puros de amor,
libertad, amistad, alegría, nunca estuvieron más lejos.
Aquellos que dinamitan los
muros y cortan las cadenas, sobrevuelan los límites culturales con el que nos
adoctrinaron. Esto es peligroso, sólo los valientes, los decididos, o los
temerarios, dan alguna vez este paso. Desde esta altura el vértigo es
constante. Pero una vez superados los primeros mareos, la sensación es increíble.
Eres capaz de conectar con
las almas, ellas te hablan directamente, el amor no se limita al amor de
alcantarilla del que “disfrutan” muchos, en los que sólo hay interés económico,
emocional, vital, o peor aún, una rutina alienante. Amas en el sentido amplio,
y eso es maravilloso. Es un amor omnicomprensivo. Esto no quiere decir que nos
hagamos unos libidinosos, ni que nos comportemos compulsivamente. Sentimos el
amor pleno, y nuestra alma se inflama como el queroseno. Amor inteligente, amor
de muchos quilates, aderezada por una pasión en la que nos calamos hasta los
huesos.
En este estado no tienes prejuicios
de ninguna clase, porque los factores que manejamos son producto de la
inteligencia. Los otros, pues otros son. Nos movemos en realidades paralelas,
no nos mezclamos.
Y la alegría aparece sin
forzarla, no la impostamos, no la atraemos con regalos, somos felices sin
querer.
Los de la “caverna” de nuevo
nos tacharan de soñadores, idealistas, frikis o en el mejor de los casos, de
locos. No nos entenderán al igual que no son capaces de entender como el
universo se expande día a día. No todo el mundo es tan valiente, su
materialismo les ha destruido y lo peor de todo, es que no lo saben. De nuevo
desperdician el regalo de la vida, al igual que el estomago lleno de comida
basura, desprecia la mayor de las delicias culinarias.
Y desde esta altura, la vida en color ofrece paisajes de postal,
olores de París, sensaciones intensas, calores del alma, disfrute pleno de los
sentidos…
Pero tranquilos niños, la
tapa de la alcantarilla no queda sellada, y siempre estará encantada de
recibirnos de nuevo, si algún día los mareos nos hacen insoportable la
existencia.
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