La atracción de lo desconocido, la ruptura de lo rutinario,
el misterio que se esconde detrás de un nuevo rostro. El acceso a un nuevo universo, desconocido,
fascinante como todo aquello que ignoramos, eso supone conocer a una nueva persona.
Llevamos la pesada carga de estar siempre con nosotros, prisioneros constantes de nuestra mente, nuestras
alegrías y nuestras miserias, a base de repetirse, se nos vuelven
insoportables. Al igual que los sentimientos, manoseados groseramente en
nuestro día a día, han dejado de tener el más mínimo interés.
La cotidianeidad destruye todo lo que toca; el hogar, el refugio
confortable de nuestro ser, sólo es válido para los instantes que dura una
tormenta, pero una vez que está se ha ido, con el sol ya en lo alto del
horizonte, se nos torna en cruel prisión que nos impide disfrutar de los
colores que la naturaleza nos ofrece.
Maduramos dicen, preferimos vivir en nuestra conocida isla,
que arrojarnos a un mar traicionero en el que las posibilidades de acabar en
sus profundidades desincentivarían hasta la promesa de arribar a las costas de
la mismísima Atlántida.
Así, nos convertimos en pequeñas prisiones andantes, lo
exterior se nos ha convertido en indiferente, como si fuéramos completamente
autosufientes, ignorando que necesitamos que la lluvia nos moje con frecuencia.
La ciudad, ese agujero infame para la propia vida, mantiene
a sus habitantes distantes, lejanos, desconfiados, desinteresados y, lo que es
peor, desapasionados.
El nefasto utilitarismo ha ocupado todo nuestro ser, hasta
las propias relaciones humanas destilan esta pestilencia infecta. El reloj y el
dinero han contribuido a ello y campan por las calles impunemente asesinando
todo lo que tocan.
Hemos conseguido vivir en palacio, pero el palacio solo
tiene mármol y soledad, desde nuestro trono sólo vemos vacío, pero estamos en
palacio, eso creemos que es lo importante porque hemos dirigido nuestra vida hacia
ese fin.
Quiero hablar contigo, compartir nuestro tiempo, un minuto o
una vida, eso es lo de menos, mi tiempo quizá sea infinito. No busco ningún
fin, compréndelo. No persigo una relación romántica, ni sexo, ni un compañero
de pádel ni que me ayudes a poner una lámpara, deja esos menesteres para el
lunes.
Me conformo con que me mires, me hables sin prisa de lo que
verdad anhelas, tus verdaderos deseos, no los que has adquirido a través de la
publicidad. Deja lo cotidiano, trata de llegar al centro de lo que eres, ya que
a base de ocultarlo corres el riesgo de no ser nada, una hormiga más en este
hormiguero delirante.
Desnudarse de todos nuestros ropajes, no necesitamos patria,
ni trabajo, ni siquiera familia para este viaje. Prometo que después, te
permitiré regresar a tu casa, a tu confortable sofá, aunque quizá ya no te
interese tanto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario