jueves, 7 de agosto de 2014

Una tarde de verano

Una minúscula hoja seca fue arrastrada por el viento hasta quedar atrapada en aquella espectacular melena. Molesta por aquel atrevimiento, rápidamente deslizó sus delicados dedos entre el pelo para retirar la mota que, caprichosa, quedó adherida al abrigo de su delicado perfume.

Pese al movimiento de la cabeza, su precioso pelo volvió a colocarse de manera natural, cayendo generoso sobre unos hombros que, aquella tarde, lucían descubiertos debido al intenso calor estival y que adelantaban la presencia de un sugerente cuerpo de mujer. El incidente no alteró para nada aquella entretenida conversación que mantenía con aquel chico que le acompañaba, en el cual podría apreciarse cierta turbación por tratarse, quizá, de un primer encuentro.

Sus ojos iban y venían no queriendo fijar lo que pudiera resultar una mirada incómoda, aunque al igual que un reloj, regresaban al mismo sitio tras realizar una rotación completa volviendo a empezar un curioso peregrinaje sin destino fijado. Siempre he creído que los ojos son la entrada al interior de las personas, por eso los tímidos bajan la mirada, los arrogantes se cubren con gafas de sol, y los simples miran sin mirar. Reconozco que me provocaba cierto vértigo sostenerlos, sobre todo en aquella mirada que poseía el fuego encendido, sometiendo a mi mente a una rara dicotomía al tratar de seguir la conversación, por un lado de su boca, y por otro, de sus pupilas de gata. 

Y es que en ese caso no era fácil encontrar el final de su mirar por más que observaba curioso, como un niño que se asoma, intrigado, al brocal de un pozo. La piel era tersa, y sin marcas visibles, lo cual la delataba como una veinteañera recién estrenada en esa fabulosa década que, por capricho del tiempo cruel, pasa rápida, y en muchas ocasiones de manera insustancial.

Aunque lo que desde un primer momento más me sorprendió fue su sonrisa. En un mundo dominado por la tristeza latente, aquella sonrisa me traía aire fresco, era imposible no quedar prendado de ella, como si el alma, acostumbrada al color gris del día a día, necesitara de esa paleta infinita de colores que irradiaba de aquellos bellos pliegues de su cara, reviviendo mi espíritu, como el moribundo revive milagrosamente al inhalar el oxigeno puro que emana de una botella.

Y así, el tiempo transcurría entremezclado entre esos bellos compases que regalaban su bello rostro. Todo lo que decía cobraba un sentido especial, todas sus palabras vibraban al tempo que marcaba su boca, intensificados por la profundidad de su mirar, lo cual delataba una mente inquieta, deseosa de volar más allá de los convencionalismos diarios, queriendo viajar lejos de lo que el paisaje de aquel pueblo era capaz de ofrecerla.

Porque no existe belleza sin inteligencia, o mejor dicho, si existe, pero es tan vacía que rápidamente pierde el interés del que la contempla. En este caso, estaba seguro, que aunque los rigores del tiempo castigasen su ardorosa piel, su luz continuaría alumbrando a aquellos que tengan la suerte de permanecer a su lado.

APH


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