Una minúscula hoja seca fue arrastrada por el
viento hasta quedar atrapada en aquella espectacular melena. Molesta por aquel
atrevimiento, rápidamente deslizó sus delicados dedos entre el pelo para
retirar la mota que, caprichosa, quedó adherida al abrigo de su delicado perfume.
Pese al movimiento de la
cabeza, su precioso pelo volvió a colocarse de manera natural, cayendo generoso
sobre unos hombros que, aquella tarde, lucían descubiertos debido al intenso calor
estival y que adelantaban la presencia de un sugerente cuerpo de mujer. El incidente
no alteró para nada aquella entretenida conversación que mantenía con aquel
chico que le acompañaba, en el cual podría apreciarse cierta turbación por tratarse,
quizá, de un primer encuentro.
Sus ojos iban y venían no queriendo fijar lo que pudiera resultar
una mirada incómoda, aunque al igual que un reloj, regresaban al mismo sitio
tras realizar una rotación completa volviendo a empezar un curioso peregrinaje
sin destino fijado. Siempre he creído que los ojos son la entrada al interior
de las personas, por eso los tímidos bajan la mirada, los arrogantes se cubren
con gafas de sol, y los simples miran sin mirar. Reconozco que me provocaba cierto
vértigo sostenerlos, sobre todo en aquella mirada que poseía el fuego encendido,
sometiendo a mi mente a una rara dicotomía al tratar de seguir la conversación,
por un lado de su boca, y por otro, de sus pupilas de gata.
Y es que en ese
caso no era fácil encontrar el final de su mirar por más que observaba curioso,
como un niño que se asoma, intrigado, al brocal de un pozo. La piel era tersa,
y sin marcas visibles, lo cual la delataba como una veinteañera recién
estrenada en esa fabulosa década que, por capricho del tiempo cruel, pasa
rápida, y en muchas ocasiones de manera insustancial.
Aunque lo que desde un
primer momento más me sorprendió fue su sonrisa. En un mundo dominado por
la tristeza latente, aquella sonrisa me traía aire fresco, era imposible no
quedar prendado de ella, como si el alma, acostumbrada al color gris del día a día,
necesitara de esa paleta infinita de colores que irradiaba de aquellos bellos pliegues
de su cara, reviviendo mi espíritu, como el moribundo revive milagrosamente al
inhalar el oxigeno puro que emana de una botella.
Y así, el tiempo transcurría
entremezclado entre esos bellos compases que regalaban su bello rostro. Todo lo
que decía cobraba un sentido especial, todas sus palabras vibraban al tempo que
marcaba su boca, intensificados por la profundidad de su mirar, lo cual
delataba una mente inquieta, deseosa de volar más allá de los convencionalismos
diarios, queriendo viajar lejos de lo que el paisaje de aquel pueblo era capaz
de ofrecerla.
Porque no existe belleza sin
inteligencia, o mejor dicho, si existe, pero es tan vacía que rápidamente
pierde el interés del que la contempla. En este caso, estaba seguro, que aunque
los rigores del tiempo castigasen su ardorosa piel, su luz continuaría
alumbrando a aquellos que tengan la suerte de permanecer a su lado.
APH
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