viernes, 22 de mayo de 2015

Ternura

Retomamos la vuelta a la escritura la cual he tenido bastante tiempo olvidada, no por falta de ideas, sino más bien por la falta de motivación por dejarlas escritas. Cada vez siento más pudor a la hora de escribir mis pensamientos, quizá por pura timidez o por lo chocante que resulta, a veces, leer mis propias ideas cuando pasado el tiempo, se olvida el motivo que dio lugar a tales disquisiciones, el cuál quizá se escapó una noche mientras dormía y la puerta se encontraba sin vigilancia.

Hace poco, en una casa de un pueblo de Toledo, una mujer de mediana edad me enseñaba con orgullo antiguos retales de costura con los que tanto ella, como su abuela, habían aprendido a coser (una actividad de esas que antaño realizaban las mujeres desde que eran una niñas). Se trataba de unos trapitos, unas humildes telas, amarilleadas por el paso del tiempo que recogían distintas técnicas y cenefas de vivos colores.

Al contemplar aquellas figuras despertó en mí una profunda sensación de ternura y melancolía. En aquel mundo rural, pobre hasta cotas que hoy días cuesta entender, aquellas mujeres habían regalado parte de su sensibilidad en esos hilos de colores, los cuales, con una paciencia infinita, habían sido capaces de entretejer.

Poco importaba que su cotidianiedad fuera “arrasada” por una vida sin ningún tipo de comodidad y estuviera llena de momentos precarios en donde el dolor y el sufrimiento tenían permiso para entrar en las almas sin pedir ningún tipo de permiso.

Me imagino aquellas manos, ya sean blancas y suaves en el caso de las niñas, o llenas de manchas y venas abultadas en las mujeres más mayores, centrando su atención y su creatividad, en una labor, que, si bien tenía un claro enfoque práctico (remendar calcetines, coser botones y arreglar camisas), era todo un arte.

En su vida gris, esos hilos de colores era algo maravilloso, propio casi de la magia en un mundo donde el único color existente lo proporcionaban los elementos naturales (el blanco amarillento del sol castellano, el verde puro del trigal, el ocre del polvo…) pero que, en la mayor parte de las ocasiones, se presentaba como una agresión al propio cuerpo (a través del penoso trabajo agrícola) y al espíritu (el miedo por la propia supervivencia).

Ante aquel medio hostil, que ha sido el medio en que la humanidad se ha desenvuelto desde sus orígenes, ni la dura rutina, ni los abusos del poder contra los más desfavorecidos, ni la miseria y el hambre, ni la enfermedad y la muerte habían podido cercenar la sensibilidad, el gusto por el color, la esperanza y en definitiva la ternura de aquellas mujeres.

Ternura, algo que hoy en día en un entorno infinitamente más confortable, es algo que muchas personas no han tenido la suerte de sentir en su piel. Algunos habrán sentido un dulzor empalagoso propio del que proporcionan los actuales edulcorantes, los cuales endulzan de más pero sin dejar esa sensación auténtica que proporciona el azúcar.

Se habrán emocionado en un cine viendo una historia romántica donde se nos ofrece un amor impostado, falso y rápido, que sólo se queda en las capas más superficiales. Eso no es ternura, la ternura son como las raíces de los robles, profundas y muy ramificadas, contamina nuestro pensamiento a diario, y en mi caso, ocasiona un terrible espanto, cuando noto la ausencia de ella en las miradas, en los gestos, incluso cuando yo mismo, en algunas ocasiones, actúo dejándola al margen.

Rápidamente me arrepiento y trato de buscarla de nuevo, igual que un osezno busca a su madre en cuando siente la soledad. Miro a todas partes agobiado y recibo el consuelo cuando algo, de nuevo, la trae a mi mente, como puede ser el regalo de un amigo, el dibujo de un niño, esa mascota que pasea por el parque o la mirada de una chica.

Y es que me parece increíble que en un mundo tan frío y asustado, la ternura no haya sido erradicada al igual que se erradicaron algunas enfermedades. Es sorprendente que todavía siga entre nosotros, que nos consuele, que nos caliente y nos deje llorar sin necesidad de un motivo.


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