miércoles, 27 de febrero de 2013

Catarsis. Primera parte.


La tarde era aburrida. Aquella red social, no me convencía. Siempre he tenido ciertos recelos acerca de conocer gente por Internet por todos los problemas que este medio puede suponer y que no explicaré ahora. Me apetecía hablar con alguien, quizá conocer a una persona especial o simplemente matar el rato y en aquella página no era posible hablar más que con gente que previamente ya conocías. No obstante seguí enredando, y apliqué uno de los filtros que permitía establecer los criterios de búsqueda. Y así introduje el nombre de mi colegio, de mi instituto y de mi universidad, intentando buscar personas con las que tener algo en común, un motivo con el que entablar una conversación, que fuera más allá del “hola que tal?” . El resultado fue positivo y así me aparecieron unas cuantas chicas, todas ellas con el perfil bloqueado a extraños que cumplían estas características.

Así, movido por la curiosidad mandé un mensaje breve a dos o tres de ellas, intentado obtener alguna respuesta. De estas chicas en concreto, había una que me llamó especialmente la atención por su mirada. Los ojos claros tienen la virtud de transmitir sentimientos con esa claridad deslumbrante de un cielo azul de primavera, que a veces puede no presagiar la tormenta de minutos después. De los tres mensajes que mandé solo la chica de la intensa mirada fue la que me contestó. Su mensaje fue breve, lacónico, incluso desconfiado. Me hizo amiga suya, y me dijo que apenas entraba por allí, que ella era más de usar otra red social pero no mostró un entusiasmo especial, como era de esperar frente a un desconocido que la hablaba.

Al día siguiente entablamos una breve conversación. Recuerdo que uno de los primeros temas que tratamos era acerca de un profesor de gimnasia que tuvimos los dos en el colegio, uno de los profesores más carismáticos que he tenido en mi experiencia escolar. Me gustó el cariño con el que se refirió hacia él, porque yo también se lo tenía. Y así a los pocos días, uno de los fines de semana que regresé de mi exilio extremeño, quedé con ella.

Quedamos muy cerca de mi casa, con lo cual pude ir dando un paseo tranquilamente. Cuando llegue, ella estaba allí. Vestía de oscuro. Pantalón de camuflaje, chaqueta negra y pequeño bolso en bandolera. No venía pintada, pero la verdad que su cara me cautivo desde un primer momento. Me gustó la naturalidad que me mostró. La noche era fría, propia de un otoño que ya empezaba a abrir la puerta al invierno. La propuse ir a tomar algo pero ella se negó, y me dijo que prefería dar un paseo.

Así comenzamos a caminar por aquellas calles que tan bien conocía y que ahora, a su lado, cobraban una luz diferente, era como si cambiaran, si tuvieran otro aroma. Durante el paseo, atisbé un poco su personalidad. Se veía que era una chica franca, directa, que contestaba a todo lo que se la requería pero que no preguntaba mucho acerca de mí persona. Hablamos de cosas más o menos banales, como es menester en la primera cita, y todo discurrió con normalidad. Después de unas dos horas caminando, volví a insistirla en ir a tomar algo, pero ella volvió a negarse explicándome que no le gustaban demasiado los bares, aspecto que me gustó, porque con mis respetos para los amantes de las tabernas, prefiero estar en otros sitios. Así que me propuso ir a su casa, descubriendo de esta forma, que pese a su corta  edad, ella vivía solo en un pequeño piso.

Subí a su casa, la verdad que una vez dentro no pude evitar ponerme algo nervioso. Nos conocíamos hacía unas horas y ya me encontraba en su hogar, de alguna forma estaba invadiendo su intimidad, y llegue a temer que ella estuviera incomoda por algún motivo, aunque yo trataba de mostrarme lo más agradable posible al objeto de no hacerla sentir mal.

Mi nerviosismo era notable. Empecé a hablar demasiado, apenas la dejaba meter baza en la conversación, y lo peor de todo es que yo era consciente de ello pero no podía hacer mucho por evitarlo. Era una conversación algo intrusiva por mi parte, defecto que se me acrecienta con personas con no demasiada conversación, como era su caso. Nos encontrábamos sentados en el sofá. Un sofá que ahora me trae demasiados recuerdos. Así, sin pensarlo más la besé, y ella me respondió “favorablemente”. Puede parecer algo quizá estúpido pero su aliento me pareció muy agradable, con lo cual aquellos besos fueron altamente placenteros. Sus labios carnosos ofrecían un contacto muy sensual y rápidamente encendieron mi libido.

El ascenso en el placer fue rápido, ella se desenvolvía muy bien, yo algo más torpe. Estaba claro que por aquel entonces, ella me ganaba en experiencia en esos terrenos, pese a que yo le sacaba 6 años. Y digamos que no fue el típico contacto rápido y monótono a que me tenía acostumbrado mi anterior novia. Era contundente, conocía bien los centros de placer del hombre y pese a hacerlo con un total desconocido, se mostró muy, muy cálida. Y lo mejor de todo fue el final sin duda, uno de esos finales que no se olvidan fácilmente.

¿Qué pasó por mi cabeza? Que aquella chica era una bomba. ¿Sería mi novia? En aquel momento si soy sincero creí que no. Como amiga especial desde luego no tenía precio, y aquella noche volví a casa a dormir con una sensación altamente agradable, pese al cansancio de un día largo, que comenzó en Extremadura y finalizó en un pequeño pueblo perdido de Castilla, con una chica que desde un primer momento me mostró que era especial.

Digamos que su rapidez en el contacto personal movió un poco mi idea sobre lo que debe ocurrir en las primeras citas, pero al fin y al cabo fui yo quien se lanzó y la besó. Si me hubiera estado quieto, quizá habría vuelto a mi casa con otra idea. Ya sabemos que dos no se pelean si uno no quiere. En el pasado, se esperaba de la mujer que fuera “guardiana” de las buenas formas y de la virtud. Hoy día, en una evolución de los sexos, puede esperarse que los dos lo sean o ninguno, como ocurre en la actualidad. Pero este punto no es ahora relevante, y si lo traje a colación fue porque en su momento si que llegué a pensar sobre ello. En aquel  día necesitaba besarla y esa es la única verdad.

Pero lo mejor y lo peor estaba por llegar.

Continuará….


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