miércoles, 3 de octubre de 2012

Octubre del 2010


El viento volvió a hacer crujir aquella ventana de madera. Una ráfaga curiosa, se coló entre alguno de los muchos resquicios que esta dejaba haciéndome sentir un ligero escalofrio. En un acto reflejo me acurruque en su regazo. Mi oído fue a parar cerca de su pecho. Sólo los latidos de aquel joven corazón rompían el silencio de la estancia. Su rítmico compás me producía una tranquilidad difícilmente descriptible. Cuánta paz, que inmensa calma sentía a su lado. Ella, sin abrir sus preciosos ojos, movió su mano acariciando mi cabeza, limpiando mi mente de cualquier temor o negatividad que pudiera albergar. Los problemas que antaño me atormentaban volaban lejos con aquel contacto, como si se tratara de una curación milagrosa.
Su olor me era ya familiar, que suave esencia emanaban los poros de su piel. Era un aroma que quedaba impregnado en mi ropa y que luego, horas después cuando ya no disfrutaba de su presencia, era capaz de recordarme a mi amada. El tiempo a su lado parecía detenerse. Era como entrar en otra realidad en donde el cruel minutero era anulado; podía estar horas así, callado, sin hablar, o simplemente murmurando algo al oído en un estado de ataraxia.
Me sentía afortunado. Ella era un alma sensible capaz de entenderme. 

Su corta edad, no era impedimento para que nuestras visiones del mundo fueran similares. Ella, paciente como sólo una persona verdaderamente enamorada es capaz de ser, entendió mis circunstancias y subordinó todo lo demás a nuestro amor. Nuestra inicial lejanía al vivir en distintas ciudades, y unas experiencias muy distintas fueron anuladas por nuestro verdadero cariño. Yo iniciaba una nueva vida a su lado, ahora todo aquello quedaba lejos, y poco a poco iniciamos un proceso de engranaje. Nuestros respectivos defectos fueron expuestos con calma, sin malsana pasión y comenzamos a corregirlos convencidos de que aquello era lo mejor para ambos.


Su gran inteligencia emocional, la dotaba de aptitudes envidiables. Era igualmente capaz de apagar mi a veces temperamental carácter de Tauro, como de agitar mi ánimo cuando este alguna vez se encontraba bajo. Sabía que así me hacía casi invencible. Fuera de esas pequeñas discordancias, ella sabía que mi dedicación hacia ella era total. Por su parte, y fruto de esa gran inteligencia con que la dotó la naturaleza, era dócil cuando debía serlo. Yo trataba de enseñarla, le hice entender que sin saber, que sin conocimiento, sólo seriamos animales o, peor aún, cosas. Sé que algunos temas le aburrían o no entendía del todo, pero no se revelaba como una niña, se limitaba a ponerme una mirada especial con la que yo entendía que debía cesar en mi empeño. Nunca fui una persona impositiva. Además, con ella no era necesario. Sabia negociar, así nunca teníamos la sensación de que uno se salía siempre con la suya.

Cierto es, que ella alguna vez tendía a la tristeza, pero esta siempre se curaba con un abrazo, un paseo, o simplemente hablando. Respetaba su espacio vital, las almas a veces necesitan recargarse en una soledad necesaria, que sin llegar a ser patológica, forma parte de la misma esencia humana.


Los años, la experiencia nos enseña que en esta vida tendremos siempre la sensación, no sé si cierta o no, de dar más que recibir. En nuestra relación no nos rebajábamos a esas pequeñeces. Había meses en los que uno estaba a tope y regalaba su energía a la otra persona y viceversa. No llevábamos un libro de cuentas.


Éramos francos el uno con el otro, pero siempre con delicadeza, las cosas se decían con consideración y en su momento oportuno. No como ataques o reproches. No obstante asumíamos nuestros errores y pasábamos a corregirlos, dándole la importancia que merecían. Nunca nos enfadamos por un comentario de este tipo. Ya que existe gente que te piden franqueza y luego se sienten gravemente ofendidos cuando se la das.
Pero lo cierto es que en nuestro vínculo las discusiones eran mínimas. Los dos gozábamos de un sentido del humor parecido y eso limaba muchas asperezas. Si bien el mío tendía a ser más negro y nihilista, ambos nos reíamos con las tonterías que, como bálsamo, aparecían en el día a día.


Ella se quería y así era capaz de querer a otra persona. Los dos nos sentíamos valorados y eso hacía muy fuerte el vínculo. Creíamos que éramos los mejores, el mundo exterior nos importaba lo justo.


P.D. :Ayer viendo la tele, en un programa, que por vergüenza no citaré, llevaron a unas parejitas de ancianos que llevaban más de 50 años casados y no sé cuantos de novios. Los contertulios trataron de hacer mofa de ellos, ridiculizando aquella fidelidad, aquellos besos que tardaban meses en llegar, haciendo apología encubierta de los amores actuales. Fueron vistos como una especie de imbéciles sacados de una película del tiempo del blanco y negro. Sólo quiero decir que, con el paso del tiempo, que pone todo en su lugar, se demostrará quienes han sido los verdaderos imbéciles.

El tiempo que gran justiciero de los justos…

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2 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Te sentías afortunado? yo diría más bien afortunados....una conexión así con una persona no se encuentra muchas veces en toda una vida, por muy larga que sea ésta...si lo has vivido, felicidades!!! :) preciosas palabras nexo, preciosas!!!!

Fdo:Una extremeña... :p

Nexo dijo...

Ohh comentarios desde Extremadura!! No se quien podrá ser con este cuidado gramatical...

Se agradece el comentario ;)