lunes, 1 de octubre de 2012

Sábado

Me retorcí tratando de buscar el móvil en el bolsillo de aquel traje. La butaca protestó ante aquel brusco movimiento con un sonoro crujido, que pasó desapercibido debido al ruido que provocaba en la sala la gente que intentaba acomodarse. Pulsé el botón de apagado de aquel móvil para evitar alguna llamada inoportuna. Al volver a depositarlo en el bolsillo de la chaqueta, recordé, con cierta nostalgia, cómo Clara criticaba aquel aparatito por considerarlo un artilugio poco adaptado a los tiempos modernos. Ahora después de todo lo ocurrido, aquella queja me resultó graciosa. En el fondo, ella tenía razón. La manía por no adaptarse a las nuevas tecnologías sólo era una resistencia fútil ante la que, años más tarde, todas las personas “civilizadas” acabábamos rindiendo pleitesía, y entre los que, como no podía ser de otro modo, se encontraba este beduino.

La imagen de Clara me recordó el motivo por el cual estaba allí. Era un sábado cualquiera, uno de esos anhelados días por los que mataría cuando los lunes suena el despertador a las 6.30 de la mañana; sin embargo luego al llegar la fecha, esos maravillosos planes que rondaban mi cabeza durante la semana , se me iban al traste, generalmente a causa de una soledad que difícilmente conseguía romper con agradables compañías. Pero aquel sábado era distinto, no quería empezar con mi letanía de quejas y decidí salir sólo de casa. Me apetecía ponerme un traje, estaba un poco cansado de mi atuendo “sport” y embutido en aquella prenda de color azul marino, salí a la calle aquella tarde otoñal, de la mano de aquella tímida tristeza.


Reconozco que la música clásica a veces se me hacía excesivamente aburrida. No tenía problema en reconocerlo pesé a ser tachado de Dios sabe qué, por los amantes del género, aquellos que lo mismo escuchan cantatas barrocas, piezas románticas o música clásica contemporánea disfrutando con todos los géneros y compositores posibles. Pero el cartel que proponía aquel auditorio para ese día, realmente me pareció interesante. Entre las piezas de la actuación, se incluía la presencia de un coro, que interpretaría varias obras.

 En un momento de tormento espiritual, un conjunto coral podía servir para elevar el alma del fango al que normalmente le conduce la vida cotidiana. Con orden cuasi militar los integrantes del coro hicieron su aparición en el escenario, con esa solemnidad propia de los grandes momentos. La verdad que con aquellos ropajes monótonos, que anulan la individualidad, era realmente difícil reparar en un rostro en concreto. No obstante, aquella tarde me encontraba muy cerca del escenario, y gracias a ello pude contemplar todo con suficiente precisión. Como si se tratara de una señal divina, el foco que alumbraba la escena fue a pararse durante unos segundos en aquella cara. Mis ojos, al igual que las mariposas que quedan cautivadas por la luz de una lámpara en la noche, no pudieron resistir y se clavaron en ella. Un escalofrio me recorrió todo el cuerpo notando una presión insoportable en el cráneo, como si fuera a explotar. Aquel rostro me atrapó. Se trataba de una chica joven, no sabría precisar la edad, pero claramente no alcanzaba todavía la treintena. La piel era clara, sin rasgos crueles del paso del tiempo. Los ojos claros, se perdían en el fondo del auditorio sin perseguir un objetivo, denotaban una fuerza especial. Pese a su serenidad, unas gotas de tristeza purgaban por salir de ellos, pero, quizá debido a la emoción del momento, conseguían mantener una serenidad sensual. Las pestañas eran largas, y en cada pestañeo acentuaban la belleza de los ojos, como un complemento maravilloso. Si algo consigue cautivarme en una mujer son sus labios. La boca, ese órgano que nos mantiene con vida, gracias a los alimentos del cuerpo, los que comemos a diario, y los del alma, los besos, era simplemente perfecta. La carnosidad y su precioso color rosado hacia despertar una necesidad imperiosa de besarlos. Era una boca generosa, llena de vida, afortunado aquel que hubiera podido sentirla cerca. Los demás rasgos faciales eran matemáticamente armoniosos, como si la nariz o las orejas, tuvieran miedo de romper aquella obra perfecta.


Como consecuencia de un gesto del director del coro, esbozó una sonrisa que acabó de turbarme y acelerar el pulso hasta niveles cercanos a la taquicardia. A partir de ese momento, mi exterior, como si un agujero espacial lo hubiera absorbido todo, quedo limitado a su imagen. Comenzó la actuación, las voces surgieron con fuerza, levantando al cielo las notas de la partitura. Como consecuencia del notable esfuerzo que requería aquella pieza, que hoy día no soy capaz de recordar su nombre, ella sufrió un momentáneo enrojecimiento que realzó aún más su atractivo, como si la sangre que recorría su cuerpo, la presentara como un ser pleno de vida. Fruto quizá de mi turbación, por un momento quise percibir que sus ojos se detenían por un momento en mi figura, en un gesto momentáneo de humanidad que le hacía descender de los altares a los que aquellas maravillosas voces le habían ascendido.


 Después todo ocurrió rápido. La obra llegó a su fin, y los aplausos comenzaron a atronar el auditorio. Como consecuencia del palmeo, la señora que ocupaba el asiento contiguo, dejó caer uno de los pendientes de perlas que llevaba. En un gesto de cortesía comencé a buscarlo debajo de las butacas, palpando cada rincón de aquel suelo enmoquetado. Al poco, conseguí encontrarlo entre las bisagras de uno de aquellos arcaicos butacones. No sé cuánto tiempo transcurrió, pero fue el suficiente para que me perdiera la ordenada salida del escenario de los miembros del coro.

 Como aquel que es despertado por un ruido súbito de un sueño agradable, perdiendo la esencia del mismo, traté de hacer que mi mente volviera a verse inundado por el calor de su imagen. Pero, como un enfermo adicto a su medicación, necesité más que un leve recuerdo, y corrí presuroso hacia la salida, tratando de colocarme en una posición desde donde comprobar todas y cada una de las personas que abandonaban aquel lugar. Pero mi pretensión fue infructuosa. Uno a uno fueron abandonando el auditorio, algunos solitarios, otros con familiares, novios, maridos…Luchando por no reconocer lo evidente, aproximadamente tras una hora que se me hizo interminable, se cerraron de forma definitiva las puertas y mi esperanza de volver a verla, se diluyó de forma definitiva, al igual que un hielo en una copa de wisky.

Me incorporé de aquel frio banco de piedra, y abrazando de nuevo la tristeza, caminé sin dirección hacia ningún lugar, perdiéndome entra la solitaria muchedumbre que a esas horas colmaba el metro de Madrid.


El Nexo Épico 11 Worldwide Corporation. Todos los derechos reservados.

No hay comentarios: