Clara cerró el cajón de golpe. Aquella camiseta que se
acababa de probar no le quedaba nada bien, y pese haber sido una de sus
favoritas, la metió arrugada de nuevo en el cajón. Inmersa en la soledad de su habitación,
volvió a mirarse en el espejo. Últimamente era capaz de pasarse horas observándose,
eclipsada por aquel nuevo cuerpo
que intentaba reconocer hasta en sus más
íntimos rincones.
Le gustaba peinarse su larga melena. La tendencia de
aquella generosa cabellera morena era rizarse, cosa que a Clara le irritaba
profundamente. Y por eso, se pasaba las horas con su cepillo, recorriéndola de
arriba abajo hasta que sus delgados brazos no podían ya más. En ese momento, su
pelo negro mostraba ya un atractivo brillo azabache. Pese a todo este esfuerzo,
las puntas describían una ligera ondulación en la parte más baja, y ella se las
agarraba tratando de conseguir, a base de tirones, una rectitud germánica en
aquel precioso pelo.
Una vez acabó aquella tortura capilar, sus pequeñas y estilizadas
manos, con unas uñas cortas pintadas clandestinamente de rojo (ya que su madre
le tenía prohibido todo tipo de maquillaje o pintura) se detuvieron en su pecho. Quizá era la parte
de su cuerpo que más había cambiado. Todavía se acordaba cuando poco tiempo
atrás jugaba con su primo en la piscina, con todo él descubierto. Un buen día,
su madre, decidió que era mejor que empezara a taparse la parte de arriba, sin
que ella en aquel momento entendiese el motivo que le hacía diferente a su
primo. Ahora sus pechos habían crecido considerablemente, muy por encima de la
media de las compañeras de su clase. Cansada de aquel sujetador infantil, lleno
de colorines y ositos, soltó el enganche, y liberó sus voluptuosos senos. Su
forma era armoniosa, le gustaba acariciárselos ya que la piel era más suave que
la propia seda. A veces se los apretaba suavemente, y notaba como sus rosados
pezones, sufrían un engrosamiento considerable, sin que Clara supiera muy bien
el motivo.
A su edad, había perdido parte de su inocencia. Los
chicos de su clase, hacían chistes sobre pechos, y comprobó con cierto
desagrado, cómo su profesor de tecnología, detenía sus ojos un tiempo excesivo
sobre el escote de su uniforme, cuando se sentaba en las primeras filas del
aula. Pablo, no obstante, solo era capaz de dirigirla miradas clandestinas,
cuando pensaba que ella estaba distraída o salía a la pizarra a resolver
aquellos problemas matemáticos.
Segura en aquel cuarto en semipenumbra, Clara se quitó la
parte de debajo de su pijama. Aquella parte de su cuerpo, le provocaba cierto
rechazo. La increíble suavidad de todo su cuerpo, se rompía por aquella franja coronada
por una línea de un pelo de un grosor distinto, que a ella le parecía demasiado
fuerte. Una de sus amigas ,en una charla a través del chat del Tuenti, le
comentó que ella eliminaba aquellos desordenados pelos, dejando una continuidad
de suavidad por todo el cuerpo. Pero Clara no se atrevía a dar aquel paso. Cogió
unas tijeras del bote de lápices, aquellas tijeras de colores usados para
trabajos en el colegio y que todavía conservaba, y se las acercó. No obstante,
no se atrevió a cortar. Volvió a guardar las tijeras y acaricio tímidamente toda
la zona. No le gustaba hacerlo, porque notaba una incómoda humedad que la hacía
sentirse sucia, sobre todo cuando en clase, sin saber muy bien por qué motivo,
notaba ese calor.
Pero ahora después de la ducha que acaba de darse, detuvo
rápido aquella exploración y rápidamente colocó su ropa interior. Además su
madre estaría a punto de llegar a casa del trabajo y como siempre, entraría sin
permiso en la habitación para preguntarla que tal iba con los exámenes. Por
eso, acabó de vestirse. Se puso una camiseta rosa, con partes de pedrería, y
unos pantalones vaqueros oscuros, que debido a su excesivo ajuste, remarcaban
un trasero firme y demasiado generoso para una chica de su edad. Con cierto
complejo por su altura, (sacaba casi una cabeza a Pablo), evitaba cualquier posible
tacón y por eso se colocó sus Converse negras. Su madre odiaba aquellas
zapatillas, que además había adornado con unos cordones de colores brillantes,
porque en su opinión estaban ya para tirarlas.
De un rincón a tras mano del armario sacó una cajita. Allí
guardaba todo su pequeño arsenal de maquillaje. Sabía que si su madre lo descubría,
se lo tiraría a la basura sin miramientos. Cogió el lápiz de ojos, y con un
pulso firme, se pinto la raya, haciendo que sus bonitos ojos verdes destacasen
aún más. Acto seguido agarró aquel tubito que contenía el rímel, pero descartó
aplicarlo sobre las pestañas. Estas eran largas y curvadas, no necesitaba
cargarlas de ese unte pegajoso. A lo que no quiso renunciar fue a la sombra de
ojos. Abrió un estuche que contenía 4 colores, y sin pensarlo, mancho su dedo
índice de aquel pigmento de color indefinido. Cerró uno de sus ojos y lo aplicó
sobre el párpado, repitiendo el mismo proceso con el otro ojo. Pestañeo, una
par de veces, y quedó medianamente convencida de su obra. Lo cierto es, que tenía
una mirada cautivadora, mezcla de una belleza innata, juventud y una atractiva inocencia. Con la
brocha manchada de color, dudó si aplicarse colorete, pero de inmediato, cambió
de opinión dejando aquella suave brocha. Su piel era inmaculada. Presentaba
algún pequeño granito, contra los que ella luchaba día y noche, explotando su
blanco contenido. Pero la piel de su rostro era tersa, fina, y con un color
rosado, lleno de vida. Sus labios eran rojo intenso, a ella le parecían algo
exagerados, sobre todo el superior, con una anchura y carnosidad exuberante. Por
eso, Clara prefería no hacerlos destacar, y se limitaba a aplicar un cacao o
vaselina de una cajita rosa. Con ese ligero brillo la boca se hacía realmente
irresistible, sobre todo cuando sonriendo tímidamente mostraba aquella
dentadura de nieve.
Una vez concluido el proceso, guardó todo en la
caja, escondiéndola en su armario de nuevo. Sobre la mesita de noche, reposaban
varios frascos de cristal de formas curiosas e irregulares. Escogió uno en
forma de balón de futbol y se aplicó dos pulverizaciones sobre el pecho y sobre
aquel estilizado cuello que todavía nadie había recorrido.
Así, lanzando un beso al espejo de su habitación, agarró
su cazadora, y salió a la calle. No sabía si Pablo la esperaba ya...
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