¿Carla me estas escuchando?
Si, si, perdona, quizá es que me he levantado un poco
cansada hoy, o puede que no haya calentado bien las cuerdas…
Carla, se sentó y suspiró profundamente, mientras su
tutor, buscaba algo entre los papeles que se amontonaban sobre aquel viejo “Steinway
& Sons”. Ella, agradeció aquella pausa, porque realmente aquel día no se
encontraba bien. Notaba una opresión en
el pecho, una falta de energía y motivación, que la incapacitaba para la clase
de ese día. Hacía 3 años ya que Clara había obtenido una beca para estudiar canto
en Nueva York, gracias a la relación sentimental que mantenía con el director
del Coro de Jóvenes Promesas, y que le posibilitó dejar su trabajo en Madrid y
abordar un futuro prometedor en el mundo del canto lírico.
Durante este tiempo, lejos de su casa, no había tenido
excesiva nostalgia, más allá del recuerdo de aquellas cremitas de verduras tan
ricas que hacía su madre. Tras muchos años de depresión, era una mujer capaz de
mantener sus pensamientos en orden, y evitaba, a toda costa, almacenar
pensamientos negativos en su cabeza. Pero, aquella mañana, quizá la copiosa
lluvia que caía sobre la mega urbe, había mojado algún rincón, que ella pensaba
que estaba a cubierto, y se notó dudar. Su relación marchaba bien, su novio, pesé
a la diferencia de edad, era capaz de darle lo que ella necesitaba. Había
alguna faceta en concreto, que él no era capaz de cubrir, pero Carla, era muy autosuficiente
en muchas cosas, y en esa, también.
De repente, su tutor, le hizo salir de estas reflexiones.
-Sé que estas “Cantatas” son duras, el alemán antiguo está
claro que no es tu fuerte- añadió Peter,
que así se llamaba su tutor. Tenemos que evitar esa palatización inglesa o la
actuación del sábado será un desastre.
-Sabes que mi alemán ha mejorado muchísimo, y además, ¿crees
que el público va a distinguir estos pequeños matices?- añadió Clara, en una
defensa pueril, puesto que ella era la primera que buscaba la perfección en
cada nota que salía de su laringe.
Y tras este diálogo, volvió a sentir, que su corazón se ralentizaba.
Recordó lo mucho que le gustaba el
alemán a Alfredo. Pensó en lo mucho que habría mejorado en estos tres últimos
años. Y por un momento la nostalgia abrazó su pecho. La relación se había roto
de forma definitiva poco antes de volar a Estados Unidos, pero aquella ruptura
nunca tuvo ninguna credibilidad. Simplemente fue un paso adelante, una reacción
a un inmovilismo que a Carla, en aquel momento de juventud, la exasperaba.
Peter, descontento, pesé a notarla lejos de allí, siguió
con la lista de mejoras que esperaba de una cantante, en su opinión, con tanto
futuro.
-Otra cosa que debes poner especial atención es al “vibrato”-comentó.
-No me acaba de convencer como lo ejecutas. En mi ya
amplia experiencia puedo decirte que, una de las cosas que hacer sobresalir a
una cantante lírica es dominarlo. Como sabes, los pulsos de flujo de aire emitidos desde la
glotis y su modulación es la variación de la frecuencia fundamental y la
amplitud a lo largo de varios ciclos, La regularidad de la frecuencia entre un
ciclo y otro es un signo de destreza vocal- explicó con un dogmatismo propio de
docente universitario.
Clara odiaba los tecnicismos, y si bien entendía donde
residía el problema, puso cara de aburrimiento. Peter, trató de hacer la
explicación menos áspera,
-El “vibrato” hace que la voz suene agradable, viva,
excitante, cálida, menos mecánica que un tono plano, da naturalidad al sonido
vocal. La mayoría de los cantantes lo consideran un elemento deseable, un
ornamento o una característica de sus voces- puntualizó y acto seguido le hizo
una demostración, acompañado del piano.
Aquellas breves notas, la turbaron de nuevo. Estaba irreconocible,
aquel corazón era lo que ahora vibraba, y como despertado de un sueño, se
rebelaba contra aquel destino. Por un momento, se notó extraña. En un lugar
lejano, con gente gris programados como robots, que no tenían tiempo ni para
comer, y se subalimentaban con aquella basura gastronómica que vendían esos
puestos callejeros tan típicos de esta ciudad. Había despertado de un coma y reclamaba calor.
¿Y su novio no podía dárselo? Ahora lo veía como un padre, o un protector, pero
nunca como un novio. Los 15 años de diferencia de edad, le pesaron como 15
toneladas. La pasión enterrada,
rompiendo el ataúd, le abofeteó su bello rostro y le reclamó lo que era suyo.
De repente tuvo necesidad de gritar, el aire se hacía
irrespirable, se notaba como un animal encerrado en una jaula. Cogió el móvil y
quiso llamar. Su fino dedo recorrió rápido aquella pantalla táctil, pero no
encontró lo que estaba buscando. Necesitaba hablar con él, ninguna otra cosa le
preocupaba ahora.
Peter, preocupado, trato de tranquilizarla. Pensó que
aquella turbación se debía a un exceso de trabajo. Le trajo un vaso de agua, que
Carla bebió de un solo trago. Ante la falta de mejora, decidió que lo mejor
sería llevarla a casa. Allí la dejó. Ella, como un zombie se arrastró hacia la
cama, y como pudo, sin desvestirse, se arropo fuertemente. Tiritaba, su cuidada
mandíbula, sólo era capaz de pronunciar un nombre…
De repente, una llamada hizo vibrar su móvil…
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1 comentario:
Me ha gustado mucho! Desde luego, hay gente tonta por el mundo jeje! Yo en esta historia conozco a dos :P
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