El viento volvió a hacer crujir aquella ventana de
madera. Una ráfaga curiosa, se coló entre alguno de los muchos resquicios que
esta dejaba haciéndome sentir un ligero escalofrio. En un acto reflejo me
acurruque en su regazo. Mi oído fue a parar cerca de su pecho. Sólo los latidos
de aquel joven corazón rompían el silencio de la estancia. Su rítmico compás me
producía una tranquilidad difícilmente descriptible. Cuánta paz, que inmensa
calma sentía a su lado. Ella, sin abrir sus preciosos ojos, movió su mano
acariciando mi cabeza, limpiando mi mente de cualquier temor o negatividad que
pudiera albergar. Los problemas que antaño me atormentaban volaban lejos con
aquel contacto, como si se tratara de una curación milagrosa.
Su olor me era ya familiar, que suave esencia emanaban los
poros de su piel. Era un aroma que quedaba impregnado en mi ropa y que luego,
horas después cuando ya no disfrutaba de su presencia, era capaz de recordarme
a mi amada. El tiempo a su lado parecía detenerse. Era como entrar en otra
realidad en donde el cruel minutero era anulado; podía estar horas así, callado,
sin hablar, o simplemente murmurando algo al oído en un estado de ataraxia.
Me sentía afortunado. Ella era un alma sensible capaz de
entenderme.
Su corta edad, no era impedimento para que nuestras visiones del
mundo fueran similares. Ella, paciente
como sólo una persona verdaderamente enamorada es capaz de ser, entendió mis
circunstancias y subordinó todo lo demás a nuestro amor. Nuestra inicial lejanía
al vivir en distintas ciudades, y unas experiencias muy distintas fueron
anuladas por nuestro verdadero cariño. Yo iniciaba una nueva vida a su lado,
ahora todo aquello quedaba lejos, y poco a poco iniciamos un proceso de
engranaje. Nuestros respectivos defectos fueron expuestos con calma, sin malsana
pasión y comenzamos a corregirlos convencidos de que aquello era lo mejor para
ambos.
Su gran inteligencia emocional, la dotaba de aptitudes
envidiables. Era igualmente capaz de apagar mi a veces temperamental carácter
de Tauro, como de agitar mi ánimo cuando este alguna vez se encontraba bajo.
Sabía que así me hacía casi invencible. Fuera de esas pequeñas discordancias,
ella sabía que mi dedicación hacia ella era total. Por su parte, y fruto de esa
gran inteligencia con que la dotó la naturaleza, era dócil cuando debía serlo.
Yo trataba de enseñarla, le hice entender que sin saber, que sin conocimiento,
sólo seriamos animales o, peor aún, cosas. Sé que algunos temas le aburrían o
no entendía del todo, pero no se revelaba como una niña, se limitaba a ponerme
una mirada especial con la que yo entendía que debía cesar en mi empeño. Nunca
fui una persona impositiva. Además, con ella no era necesario. Sabia negociar, así
nunca teníamos la sensación de que uno se salía siempre con la suya.
Cierto es, que ella alguna vez tendía a la tristeza, pero
esta siempre se curaba con un abrazo, un paseo, o simplemente hablando.
Respetaba su espacio vital, las almas a veces necesitan recargarse en una
soledad necesaria, que sin llegar a ser patológica, forma parte de la misma
esencia humana.
Los años, la experiencia nos enseña que en esta vida
tendremos siempre la sensación, no sé si cierta o no, de dar más que recibir. En
nuestra relación no nos rebajábamos a esas pequeñeces. Había meses en los que
uno estaba a tope y regalaba su energía a la otra persona y viceversa. No llevábamos
un libro de cuentas.
Éramos francos el uno con el otro, pero siempre con
delicadeza, las cosas se decían con consideración y en su momento oportuno. No
como ataques o reproches. No obstante asumíamos nuestros errores y pasábamos a
corregirlos, dándole la importancia que merecían. Nunca nos enfadamos por un
comentario de este tipo. Ya que existe gente que te piden franqueza y luego se
sienten gravemente ofendidos cuando se la das.
Pero lo cierto es que en nuestro vínculo las discusiones eran
mínimas. Los dos gozábamos de un sentido del humor parecido y eso limaba muchas
asperezas. Si bien el mío tendía a ser más negro y nihilista, ambos nos reíamos
con las tonterías que, como bálsamo, aparecían en el día a día.
Ella se quería y así era capaz de querer a otra persona. Los
dos nos sentíamos valorados y eso hacía muy fuerte el vínculo. Creíamos que éramos
los mejores, el mundo exterior nos importaba lo justo.
P.D. :Ayer viendo la tele, en un programa, que por vergüenza no
citaré, llevaron a unas parejitas de ancianos que llevaban más de 50 años
casados y no sé cuantos de novios. Los contertulios trataron de hacer mofa de
ellos, ridiculizando aquella fidelidad, aquellos besos que tardaban meses en
llegar, haciendo apología encubierta de los amores actuales. Fueron vistos
como una especie de imbéciles sacados de una película del tiempo del blanco y
negro. Sólo quiero decir que, con el paso del tiempo, que pone todo en su
lugar, se demostrará quienes han sido los verdaderos imbéciles.
El tiempo que gran justiciero de los justos…
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2 comentarios:
¿Te sentías afortunado? yo diría más bien afortunados....una conexión así con una persona no se encuentra muchas veces en toda una vida, por muy larga que sea ésta...si lo has vivido, felicidades!!! :) preciosas palabras nexo, preciosas!!!!
Fdo:Una extremeña... :p
Ohh comentarios desde Extremadura!! No se quien podrá ser con este cuidado gramatical...
Se agradece el comentario ;)
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